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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La cámara como trinchera: «La batalla de Chile» y el pulso de un país en tres actos

El documental de Patricio Guzmán recorre las tensiones que atravesaron el gobierno de Salvador Allende hasta el golpe de Pinochet, con una mirada heredera del Tercer Cine y un montaje que alterna el Parlamento y las asambleas obreras.

Por Florencia CabralCultura y espectáculos · · hace 29 d
La cámara como trinchera: «La batalla de Chile» y el pulso de un país en tres actos

Me imagino la sala a oscuras, con ese silencio espeso que solo se arma cuando la pantalla empieza a mostrar lo que fue y ya no es. Así empieza, para mí, cualquierVISION de «La batalla de Chile»: con la certeza de que lo que viene no es una película para mirar de pasada, sino un documento que respira y que duele. Patricio Guzmán, el documentalista chileno que ya había pasado por la historia con «La memoria obstinada» y por el océano con «El botón de nácar», vuelve aquí a su propio país, a esa herida abierta de 1973, y lo hace con la paciencia de quien sabe que filmar lo que está pasando es, en algunos casos, un acto de sobrevivencia.

Tres partes para entender un proceso

  • «La insurrección de la burguesía»: el primer tramo, donde se ve cómo los sectores de poder empiezan a organizarse contra el gobierno de Salvador Allende.
  • «El golpe de estado»: la segunda parte, centrada en el día en que la irrupción militar cambió para siempre la historia chilena.
  • «El poder popular»: el cierre, donde la cámara baja a las fábricas, a los barrios, a las asambleas obreras para mostrar cómo los trabajadores discutían, en el mismo momento en que todo se caía, qué hacer con lo que tenían en la mano.

Lo que me fascina de esta trilogía es el pulso doble que propone. Por un lado, está el ojo puesto en la actividad parlamentaria: los debates, las intervenciones, los forcejeos institucionales que muestran cómo se tejía, y se destejía, una democracia desde adentro. Por el otro, la cámara se escapa del Congreso y se mete en las asambleas obreras, en esos plenarios donde la política dejaba de ser discurso y pasaba a ser pan, turnos, organización. Esa combinación le da al documental una respiración muy particular: lo macro y lo micro, la palabra oficial y la palabra callejera, conviviendo en un mismo montaje sin que ninguna le robe lugar a la otra.

Y acá aparece algo que me parece clave para entender por qué «La batalla de Chile» no es un documental más sobre un golpe de Estado lejano. Guzmán filma mientras los hechos ocurren. No reconstruye, no recrea: registra. Eso le pone al material una verdad incómoda, esa sensación de que lo que estamos viendo estuvo a punto de no ser visto nunca, porque el mismo día que la cámara rodaba, el país se podía haber terminado. Las discusiones dentro de la propia izquierda, las dudas, los debates sobre cómo responder a la escalada, todo queda ahí, en crudo, sin la muletilla fácil del comentario posterior que ordena la historia en blanco y negro.

Un cine heredero del Tercer Cine

Hay un dato de contexto que a mí, personalmente, me ayuda a leer la película con otra llave. Guzmán se inscribe en lo que se llamó Tercer Cine, esa corriente que en América Latina, durante los años sesenta y setenta, se plantó frente a la pantalla grande de Hollywood y dijo: acá hay otra manera de contar. No se trataba solo de un cine con contenido político, sino de un cine pensado como herramienta: equipos chicos, bajos, una idea de que la cámara podía ser, como decía Fernando Solanas, un arma cargada de futuro. En «La batalla de Chile», eso se nota en la elección de los espacios, en la cercanía con los cuerpos, en la voluntad de que el documental sirva, primero, para entender y, después, para no olvidar.

Volviendo a la sala imaginaria del principio: uno sale de esta trilogía con la cabeza llena de imágenes que no se borran, pero también con una pregunta que me parece unavoidable. ¿Qué buscamos cuando nos sentamos a ver un documental sobre un proceso histórico? ¿Buscamos una versión cerrada, con villanos y héroes, que nos devuelva la seguridad de que el pasado ya pasó? ¿O buscamos, como parece proponer Guzmán, un espejo en el que mirarnos de reojo, un modo de entender que las disputas que vemos hoy, en otros escenarios y con otros nombres, ya tuvieron un ensayo general, y que ese ensayo se filmó en una sala que después fue allanada y en unas cintas que, de no ser por la obstinación de su autor, se hubieran perdido para siempre? Yo me quedo con la segunda opción. Y la recomiendo sin dudarlo.

FC
Florencia CabralCultura y espectáculos

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