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Viernes, 16 de octubre de 2026
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El sueño sueco que Miyazaki nunca pudo filmar: cuando Astrid Lindgren le cerró la puerta

A principios de los setenta, el futuro creador de "Mi vecino Totoro" viajó a la isla de Gotland para quedarse con los derechos de Pippi Calzaslargas y se volvió con las manos vacías y una valija llena de croquis que, con el tiempo, terminarían dentro de algunas de sus películas más queridas.

Por Florencia CabralCultura y espectáculos · · hace 4 d
El sueño sueco que Miyazaki nunca pudo filmar: cuando Astrid Lindgren le cerró la puerta

Imaginen la escena: un joven dibujante japonés, todavía sin el bigote blanco ni la fama mundial que vendría después, sentado en un escritorio prestado de un estudio chico de Tokio, hojeando libros en sueco y haciendo bocetos de una nena pelirroja con coletas que es más fuerte que un toro y duerme con los pies sobre la almohada. Ese dibujante se llamaba Hayao Miyazaki y la nena era Pippi Calzaslargas, el personaje que Astrid Lindgren había creado en 1945 y que, para entonces, ya era un fenómeno en Europa. La historia de cómo ese casting imaginario nunca llegó a la pantalla y cómo, sin embargo, terminó filtrándose igual en la obra del director japonés es una de esas rarezas lindas que merece la pena contar despacio.

Un punto de partida inesperado

Para entender la apuesta hay que retroceder hasta 1971. Miyazaki y su socio Isao Takahata acababan de pegar el portazo en Toei Animation, dolidos por el fracaso comercial de "Las aventuras de Hols, el príncipe del sol", una película que hoy se considera una obra maestra del dibujo animado pero que en su momento fue un papelón de taquilla. Los dos quedaron a la deriva hasta que el productor Yasuo Otsuka los juntó en un estudio modesto llamado, con la imaginación justa, A-Pro. La idea era hacer algo distinto del ruido televisivo que dominaba la animación japonesa de la época, y el proyecto soñado fue, justamente, adaptar las aventuras de Pippi.

Por qué Pippi era distinta

Miyazaki lo explicó muchos años después con una frase que deja ver la envergadura que le daba al asunto: "Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión". Takahata, más cerebral, le encontraba otra vuelta de tuerca: le fascinaba que los libros de Lindgren subvirtieran la tradición de la literatura infantil europea, esa costumbre de mostrar a los chicos como seres a los que hay que corregir, educar y enderezar. Pippi, en cambio, era una nena que vivía sola, mandaba a los policías a hacer el ridículo y levantaba un caballo con una mano. Para dos animadores que venían de pelearse con sus propios jefes, el personaje tenía una lógica casi política.

El viaje a Suecia y la negativa

Miyazaki se tomó el trabajo en serio y viajó él mismo hasta Suecia para negociar los derechos. Pasó por Visby, esa ciudad amurallada de la isla de Gotland que parece sacada de un cuento medieval, y quedó tan marcado por el paisaje que, según cuentan los que conocen la historia, cambió para siempre su idea de cómo se veía Europa. Pero la reunión con Lindgren fue un muro. La autora tenía un mal recuerdo fresco: una adaptación cinematográfica de Pippi rodada en 1949, en blanco y negro, que ella misma había despreciado. Y, para colmo, desconfiaba de la animación japonesa, a la que asociaba con una violencia que no tenía nada que ver con la ternura salvaje de su personaje. Así, con una mezcla de decepción y prudencia, le dijo que no.

Miyazaki volvió a Tokio con una valija llena de bocetos, apuntes de viaje y carpetas de investigación que no servían para nada. Pero no los tiró. Gran parte de ese material se recicló, apenas un año después, en "Las aventuras de Panda y sus amigos" (1972), un mediometraje dirigido por Takahata y escrito por el propio Miyazaki. La protagonista, Mimiko, es una niña traviesa, pelirroja y de carácter bastante pipilargo que vive aventuras sin pedir permiso a nadie. El parecido con Pippi no es casual: es la prueba de que, cuando te niegan una historia, a veces lo mejor que podés hacer es construir una parecida y dedicársela en silencio a la que no te dejaron filmar. El filme tuvo una secuela en 1973 y fue, en la práctica, el primer ladrillo delStudio Ghibli que vendría después.

La huella sueca que llegó hasta Kiki

La influencia del viaje, sin embargo, no se agotó ahí. Dieciséis años después, cuando Miyazaki se sentó a diseñar los paisajes de "Nicky, la aprendiz de bruja" (1989), la película que en Japón se conoce como "Majo no Takkyubin" y que adapta la novela de la escritora británica Diana Wynne Jones, varias de las tomas iniciales de la ciudad costera donde vive la protagonista tienen ese aire de pueblo del norte de Europa que el director había visto por primera vez durante aquella negociación fallida con Lindgren. El mar, los techos rojos, las calles empedradas: todo eso que hoy asociamos con Kiki volando sobre su escoba nació, en parte, del rencor dulce de un proyecto que se frustró.

Mirado en perspectiva, el episodio dice algo que a mí, como espectadora adulta, me sigue conmoviendo: a veces las puertas cerradas empujan a los artistas hacia los lugares donde realmente tenían que estar. Si Lindgren hubiera dicho que sí, tal vez habríamos visto una Pippi animada notable, pero también quizá no habríamos tenido a Kiki volando sobre Koriko, ni a Totoro esperando bajo la lluvia con su paraguas de hojas, ni a San y Chihiro cruzando un mundo de espíritus. Me gusta pensar que la Pippi que Miyazaki no pudo dibujar terminó viviendo, disfrazada de otras nenas, en cada película que amamos de él.

FC
Florencia CabralCultura y espectáculos

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