Anamá Ferreira se cruzó con los Cinco Grandes y volvió con el corazón lleno de polvo africano
La modelo y conductora recorrió Kenia y Tanzania durante varias semanas, pasó por el centro de jirafas de Nairobi, se emocionó en la casa de Karen Blixen, bailó con los masái y avistó leones, leopardos, elefantes, rinocerontes y búfalos en el Serengueti y el cráter del Ngorongoro. Acá te cuento, en primera persona, lo que se sabe de esa aventura.
Les soy honesta: cada vez que me topo con una nota sobre un safari africano me dan unas ganas insoportables de armar la valija y desaparecer. Por eso, cuando me senté a escribir sobre el viaje que Anamá Ferreira acaba de terminar por Kenia y Tanzania, no pude evitar imaginarla ahí, parada en medio de la sabana con esa mezcla de vértigo y asombro que solo da África. La conductora y modelo volvió con la libreta llena de imágenes y con esa sensación que uno describe cuando todavía no terminó de procesar lo que vio, esa especie de embrujo del que vuelven todos los que se animan a cruzar el continente.
Nairobi, primer capítulo: jirafas a besos y una casa con fantasmas literarios
El recorrido arrancó en Nairobi, y no de cualquier manera. Ferreira fue directo al Giraffe Centre, ese centro que desde hace décadas se ocupa de proteger a la jirafa de Rothschild, una subespecie que está en peligro crítico de extinción. La conductora no se quedó en la vereda: bajó de la plataforma, alimentó a los animales y hasta se sacó una selfie con la nariz a centímetros de las suyas. "Hoy viví uno de esos momentos que quedan para siempre en el corazón. Estar tan cerca de ellos, darles de comer y hasta poder sacarme una selfie fue simplemente inolvidable", escribió al compartir las fotos.
Después se cruzó hasta el Museo Karen Blixen, la casa donde vivió la escritora danesa que después inmortalizaría en su novela Memorias de África. Ahí están los muebles, los libros, la máquina de escribir, la vista hacia las colinas de Ngong. Ferreira lo contó con la voz todavía un poco en bajísima: "Caminar por su casa y pensar que acá transcurrió parte de esa historia es bastante mágico", dijo. Y uno la entiende, porque estar parado en el living donde alguien escribió algunas de las páginas más recordadas de la literatura del siglo XX no es cualquier cosa, por más turistada que suene.
El Masái Mara: shuka roja, cuentas al cuello y saltos que desafían la gravedad
El plato fuerte del viaje, al menos en lo humano, fue el paso por la comunidad masái en pleno Masái Mara. Ahí Ferreira se metió de lleno en la vida cotidiana del pueblo: se puso la shuka, esa tela roja que identifica a los masái y que los varones llevan como una suerte de capa, y se dejó explicar el significado de los collares de cuentas, que no son un adorno caprichoso sino un lenguaje en sí mismo, una forma de mostrar la etapa de la vida, el estado civil y hasta el linaje. También participó de la danza adumu, esa coreografía de saltos verticales que ejecutan los jóvenes guerreros y que parece un concurso silencioso de quién llega más alto. Hay algo en esa ceremonia, con el polvo levantándose a los pies y el canto de las mujeres de fondo, que a mí siempre me pareció la postal más verdadera de África.
Del lado tanzano: el Serengueti, el cráter del Ngorongoro y los Cinco Grandes cara a cara
Cruzar la frontera hacia Tanzania fue entrar en otra escala de viaje. El Serengueti y el cráter del Ngorongoro son dos de esos paisajes que parecen pintados por alguien con muy mala intención de hacer sentir insignificante al visitante. Ahí Ferreira cumplió con el sueño de cualquier amante de la fauna: avistar en libertad a los Cinco Grandes, esa categoría que inventaron los guías locales y que incluye al león, al leopardo, al elefante, al rinoceronte y al búfalo cafre. La conductora había dicho antes de partir que ver a esos animales en su hábitat natural era uno de los objetivos centrales del viaje, y por lo que contó lo logró.
Entre safari y safari, todavía le quedó tiempo para sentarse a mirar atardeceres sobre los lagos de la zona y para cruzarse con familias y chicos de comunidades locales, a los que describió como una experiencia "profundamente enriquecedora". Lo dijo, sí, pero también lo mostró: en sus redes hay imágenes de nenes corriendo entre las casas, de mujeres preparando el té, de cielos que se prenden fuego a la hora en que el sol se esconde detrás del horizonte.
Si me dejan opinar, y me dejan, creo que este viaje tiene una cosa que muchos periplos por África no tienen: no se quedó solo en el lodge de lujo con vista al bebedero. Ferreira se metió en un centro de conservación, se sentó en el living de Karen Blixen, se puso la shuka, saltó con los masái, miró a los ojos a los Cinco Grandes y se tomó un rato para jugar con los pibes del lugar. Esa mezcla, esa decisión de no saltearse ninguna capa del destino, es la que vuelve a una viajera distinta cuando vuelve a casa. Y yo, mientras escribo esto, ya estoy googleando precios de pasajes.
