Un Malbec de Gualtallary destronó a Francia y se coronó como el mejor tinto del mundo
El Huentala Calizo Albar Block 06 2023, elaborado en un viñedo único de 130 hectáreas del Valle de Uco, obtuvo el Champion Red Wine en el International Wine Challenge de Londres. Es la primera vez que una etiqueta argentina alcanza ese reconocimiento, que durante cinco ediciones consecutivas quedó en manos de bodegas francesas.
Un Malbec nacido en Gualtallary acaba de escribir una página sin precedentes para la vitivinicultura argentina: el Huentala Calizo Albar Block 06 2023 fue distinguido como Champion Red Wine 2026 en el International Wine Challenge, el concurso celebrado en Londres que año tras año somete a cata a ciegas a miles de etiquetas de todo el planeta. La consagración lo ubica, según el paladar de los jurados del certamen, como el mejor vino tinto del mundo en la presente edición.
El dato no es menor ni decorativo: hasta ahora, ninguna botella argentina había trepado a esa categoría en el International Wine Challenge. En las cinco ediciones anteriores, el podio más alto del rubro tinto había quedado en poder de productores franceses, un dominio casi monárquico que esta etiqueta mendocina vino a interrumpir con una cepa emblemática del país y con una parcela específica del Valle de Uco.
Una finca única, 130 hectáreas que no se repiten
La bodega opera sobre un único viñedo de 130 hectáreas enclavado en Gualtallary, una zona que desde hace años se ganó el rótulo de cuna de los Malbecs de alta gama. Las primeras plantas se colocaron en octubre de 2010, la primera cosecha se levantó en 2013 y la comercialización arrancó recién en 2016: apenas diez años en el mercado cuando llegó la consagración londinense. Aun así, el proyecto ya exporta a 24 países, una escala notable para una operación tan acotada en superficie y volumen.
Mantener una finca de estas características no es un dato menor. El cuidado del viñedo ronda los 5.000 dólares anuales por hectárea, una cifra que da cuenta del nivel de inversión requerido para sostener calidad en zonas altas y suelos calcáreos como los de Gualtallary. Desde el inicio del emprendimiento, la suma destinada a finca, bodega, equipamiento y restaurante acumula alrededor de 15 millones de dólares, una apuesta de largo plazo que hoy encuentra su principal respaldo simbólico en este reconocimiento internacional.
El origen del proyecto: El Algarrobal, Las Heras, y la crisis del 2001
Detrás del Calizo Albar hay una historia familiar que empieza mucho antes de Gualtallary. La bodega fue fundada por Julio Camsen, un empresario mendocino que estudió sommelier en la década del 90 y que en 2002, en plena crisis económica, adquirió el campo donde hoy se erige el viñedo. Décadas antes, su familia cosechaba uvas en El Algarrobal, en el departamento de Las Heras, y las vendía a otros productores, un pasado productivo que el propio fundador suele recordar como la raíz del proyecto.
Una línea más accesible y dos restaurantes en Mendoza
Además de la etiqueta premiada, la bodega ofrece una línea de mayor acceso bautizada Sombrero y Gran Sombrero, elaborada con uvas de Gualtallary y de otras zonas del Valle de Uco, disponible en góndola de supermercados. Precisamente el Gran Sombrero alcanzó 96 puntos en el mismo International Wine Challenge, una marca que confirma que la calidad de la casa no se agota en el Block 06 sino que se sostiene en toda la propuesta. La bodega también cuenta con presencia gastronómica en Mendoza a través de los restaurantes La Cabrera y El Rastro, donde la cocina y el vino funcionan como vidriera adicional del trabajo enológico.
Lo que falta hacer
Que un Malbec argentino destrone a Francia en uno de los concursos más exigentes del mundo debería obligar a una discusión de fondo que, hasta ahora, el sector ha evitado con demasiada facilidad. La Corte Suprema de Justicia de la Nación ya fijó en 2020, con la histórica sentencia por el río Atuel, que los recursos hídricos compartidos no pueden seguir siendo moneda de cambio de la desidia política ni del negocio privado: ese precedente, pensado para Mendoza y La Pampa, marca el camino que la vitivinicultura mendocina debería recorrer también en su propio patio trasero. Mientras miles de hectáreas de viñedos en el oeste dependen de una oferta hídrica cada vez más ajustada y los puesteros del secano mendocino miran cómo el agua se reparte sin reglas claras, los flashes internacionales se concentran en Gualtallary. Falta que el reconocimiento a un terroir excepcional se traduzca, de una vez, en políticas públicas que cuiden el agua, que ordenen el uso del suelo y que eviten que un éxito como el del Block 06 quede como una excepción aislada y no como el inicio de un modelo verdaderamente sostenible.
