Torrente, el villano que la saga convirtió en héroe: la discusión que Guillermo Toledo volvió a abrir sobre el humor español
El actor repuso una vieja discusión sobre el lugar que ocupa el personaje creado por Santiago Segura y planteó que el humor puede funcionar como espejo incómodo o como simple celebración de estereotipos. Una mirada sobre la saga, sobre el trabajo de Toledo en Animalario y sobre la frontera, siempre movediza, entre la risa crítica y la carcajada cómplice.
Imaginate la sala de un teatro a oscuras, apenas iluminada por un haz lateral, y a Guillermo Toledo tomando el micrófono con esa mezcla de ironía y seriedad que lo viene caracterizando desde sus temporadas con Animalario. El actor volvió a poner el dedo en una llaga que muchos prefieren mirar de costado: el lugar que ocupa Torrente dentro de la saga que Santiago Segura filmó, película tras película, a lo largo de más de dos décadas. Y no lo hizo con un análisis académico ni con una declaración solemne: lo hizo hablando de un trozo de carne en el suelo, de tres personas negras peleándose por ese pedazo, y de una sala llena que se reía sin preguntarse de qué se estaba riendo.
Para Toledo, Torrente concentra lo que él llama "todo lo peor de la España más oscura": fascismo, racismo, homofobia y machismo. El personaje es, en su lectura, un villano en potencia que la industria del entretenimiento terminó transformando en protagonista festejado. Y ahí, en ese desplazamiento, está el nudo de la cuestión: cuando un personaje repugnante termina siendo el héroe de la historia que lo contiene, el humor deja de funcionar como bisturí y empieza a funcionar como espejo que devuelve una imagen amable de lo que debería incomodar.
La frase que incomoda a Segura
“Se enfada mucho cuando yo le digo que haría de un fascista feliz como Torrente, pero no en una película como Torrente. Tendría que ser el malo de la película, no el héroe.”Guillermo Toledo
Esa es la idea que Toledo viene repitiendo hace años y que, según él mismo cuenta, saca de las casillas a Santiago Segura cada vez que aparece. No se trata, aclaremos, de un reproche personal entre actores que se conocen desde hace tiempo: la última vez que compartieron pantalla fue en La reina de España, en 2016, y antes habían coincidido en El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, en 2004. Es una diferencia de concepción sobre lo que el humor debería hacer cuando se cruza con ciertos temas.
El trozo de carne en el suelo
El ejemplo que Toledo eligió para sostener su argumento es una escena puntual de la saga: Torrente tira un pedazo de carne al piso y tres personas negras se trenzan por agarrarlo. La sala, recuerda, se reía. Y ahí aparece lo que para él resulta "peligrosísimo": "El humor es un arma política muy poderosa", sostuvo, y agregó que el problema no es reírse, sino no detenerse a pensar de qué se está riendo. La carcajada, en ese marco, puede ser una forma de asentimiento silencioso.
La receta de Animalario: incomodar con la risa
- Para Toledo, la experiencia con Animalario fue formativa: ahí aprendió a usar el humor como herramienta de incomodidad deliberada.
- La idea central: "Tienes que aprovechar esa risa para que el público diga: ¿de qué me estoy riendo?".
- Esa incomodidad, sostiene, pone al espectador "frente a un espejo".
- Es la frontera que traza entre un humor que cuestiona y un humor que simplemente confirma lo que dice querer cuestionar.
¿Tiene razón Toledo?
Mirado en frío, el planteo de Toledo abre una pregunta que no tiene respuesta cerrada: ¿el humor pierde filo cuando el personaje repugnante termina siendo el héroe que el público aplaude? O, puesto del otro lado: ¿la ambigüedad es parte del juego y cada espectador resuelve, con su propia carcajada, qué se lleva a la calle? Los defensores de Torrente suelen responder que el personaje es tan exagerado que se lee como sátira; los críticos, entre los que se cuenta Toledo, responden que la sátira necesita al menos un marco que la señale como tal, y que cuando ese marco se diluye durante cinco entregas y casi veinte años, lo que queda es otra cosa.
Yo me quedo con la imagen de Toledo en el teatro, esa imagen inicial que imaginamos al empezar esta nota, porque me parece que condensa bien el dilema: cuando el escenario está a oscuras y alguien enciende una luz sobre lo que nos hacemos reír, la incomodidad aparece. Y aparece, sobre todo, porque nos gusta reírnos. El debate, más allá de Torrente y de Santiago Segura, pasa por decidir qué clase de espejo queremos delante cuando prendemos la tele o compramos una entrada. Si uno que nos devuelve la cara tal cual somos, o uno que nos la devuelve editada, con los bordes pulidos, para que la risa no duela. Y eso, creo, no lo decide un guionista ni un director: lo decidimos cada vez que elegimos qué nos hace gracia.
