Pergolini rearmó el living musical de su sótano: vinilos en soporte propio y una colección que promete ir mutando
El conductor contó que fabricó las repisas con una impresora 3D y exhibe desde Spinetta hasta Prince en una edición japonesa. La selección se renueva emisión a emisión.
Me crucé con la imagen y, por un rato, me sentí como si estuviera espiando el cuarto de un coleccionista de toda la vida: filas y filas de tapas alineadas al fondo del estudio, una guitarra colgada ahí nomás, una lámpara de pie filtrando una luz tibia y ese sillón que ya es parte del paisaje de No preguntes por Rusia. Mario Pergolini le dio una vuelta de tuerca a la escenografía de su programa y convirtió el fondo en una pequeña discoteca a la vista, con discos en vinilo que van rotando y con un detalle que a mí, particularmente, me arrancó una sonrisa: los soportes los hizo él mismo, en su casa, con una impresora 3D.
La movida la contó el propio conductor en el aire, después de que su columnista Nico Etevenaux reparara en los cambios y preguntara por el sector cercano a la figura de un Stormtrooper de Star Wars que sigue custodiando el rincón. En ese ida y vuelta, Pergolini asumió la autoría del trabajo, describió la mecánica del sistema y confirmó la idea de mantenerlo vivo: "Los vamos a ir cambiando", dijo, en relación a las tapas que se exhiben detrás de él.
Una selección que cruza generaciones y fronteras
- Peluson of milk, de Luis Alberto Spinetta, y Fore!, de Huey Lewis & The News, dos de los discos que el propio Pergolini señaló durante la charla.
- Pink Floyd, Manu Chao y Babasónicos, en una mezcla que va del rock sinfónico al groove callejero.
- Un laserdisc de Prince y una edición japonesa de Nirvana, las piezas que más llamaron la atención por su rareza.
- Catupecu Machu, The Velvet Underground, The Rolling Stones, Los Tipitos y Barry Manilow, en las filas inferiores.
- Los Piojos, AC/DC, Daniel Melingo, La Renga, Foo Fighters, Viejas Locas, Ataque 77 y Fito Páez, completando un mapa sonoro bien argentino.
Lo interesante, más allá de la lista, es el armado: el conductor eligió discos que cuentan algo de su propio recorrido, porque cuando uno mira esos nombres juntos aparece la historia de alguien que mamó rock nacional, que se cruzó con el britpop, que se detuvo en la música negra y que nunca renegó de un hitazo pop si la canción lo valía. Esa es, al menos, la lectura que yo hago cada vez que alguien pega una pared con vinilos: no es decoración, es autobiografía.
La estructura funciona como un sistema modular. Pergolini explicó que los soportes salieron de su impresora 3D y que eso le permite reemplazar los discos sin tener que desarmar nada: se saca una pieza, se coloca otra y listo, el fondo cambia de una emisión a la siguiente. Es un detalle práctico pero también simbólico, porque habla de un programa que se piensa en movimiento, que no quiere quedar congelado en una sola imagen.
El resto de la ambientación se mantiene: las paredes oscuras, las luces azuladas que ya son marca registrada del ciclo, la guitarra colgada, la mesa auxiliar, el sillón donde suelen caer las charlas más descontracturadas y un mueble con equipos y objetos de colección. En otra pared sigue firme la estantería con discos compactos, esa que muchos de nosotros tenemos en casa y que, de a poco, va volviendo a la conversación.
El lugar es el mismo sótano que Pergolini viene usando desde el arranque de la temporada 2026 y que él mismo había presentado, en su momento, como un "sótano prestado" con limitaciones para recibir invitados. Con el correr de las emisiones, ese espacio fue ganhando identidad propia y hoy, con la colección de vinilos a la vista, parece menos prestado y más propio: casi un living compartido entre el conductor y su audiencia.
Si me preguntan a mí, que me formé escuchando radio de noche y mirando estantes de disquerías, esta vuelta de Pergolini me reconcilia con esa idea de que la música también se muestra, no sólo se escucha. Ver una tapa de Spinetta al lado de un disco japonés de Nirvana no es un capricho estético: es una manera de decir que la música es, ante todo, un objeto que nos acompaña. Y Pergolini, otra vez, lo entendió antes que muchos.
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