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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Sandra y Eleanor, dos amigas de 85 años que le hacen honor a la vuelta al mundo

Una médica y una fotógrafa de Texas llevan visitados cerca de 50 países juntas y ya planean su próxima aventura por Asia, con la convicción de que la edad no es un límite cuando hay proyectos compartidos y familias que acompañan.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 6 d
Sandra y Eleanor, dos amigas de 85 años que le hacen honor a la vuelta al mundo

En un pueblo de Texas donde el calor del mediodía se pega al asfalto y las ventanas de las casas permanecen entreabiertas para que corra un poco de aire, dos mujeres de 85 años, Sandra Hazelip y Eleanor Hamby, terminan de armar las valijas una vez más, como si fueran dos amigas de veinte planeando la última escapada del verano, y lo cierto es que, si uno las mira con atención, sigue siendo exactamente eso, una amistad que arrancó hace ya muchos años en un lugar muy distinto a este, cuando las dos todavía no se imaginaban que iban a terminar recorriendo juntas casi cincuenta países y cruzando continentes como quien cruza la calle.

Un encuentro en Zambia que se volvió un proyecto de vida

Sandra, médica, y Eleanor, fotógrafa documental, se conocieron durante una misión humanitaria en Zambia y, después de enviudar, fueron transformando los viajes en el eje central de una vida compartida que hoy incluye a hijos, nietos y bisnietos, pero que también, y esto es lo que ellas remarcan con una sonrisa, conserva ese aire de aventura que tuvieron al principio, cuando todavía no sospechaban que iban a terminar viviendo a menos de cien kilómetros de distancia en Texas y organizando recorridos por el mundo con la misma seriedad con la que otras parejas de su edad organizan una cena de fin de semana.

La decisión más resonante la tomaron a los 81 años, cuando sus hijos ya eran independientes y se decidieron a emprender una vuelta al mundo inspirada, ni más ni menos, en la famosa novela de Julio Verne, y esa gira arrancó después de varios viajes compartidos, entre ellos un recorrido por el legendario ferrocarril Transiberiano, lo que dice bastante del estado de ánimo de unas señoras que, a esa altura de la vida, todavía estaban dispuestas a pasarse días y noches en un tren que atraviesa Rusia de punta a punta, con el paisaje cambiando afuera de la ventanilla como si fuera una película que no termina nunca.

Lo que llama la atención, y que las propias protagonistas subrayan cada vez que cuentan su historia, es el papel que jugaron sus familias en todo esto, porque no se trata de dos mujeres que hayan decidido salir a recorrer el planeta a espaldas de los suyos, sino de un grupo de hijos, nietos y bisnietos que, con distintos grados de entusiasmo, las acompañó, las aconsejó y, sobre todo, las bancó, y en esa línea ellas mismas reconocen que algunas decisiones, claro está, despiertan alguna que otra duda entre sus seres queridos, algo lógico si se piensa que se trata de dos señoras de más de ochenta años planeando vuelos largos, caminatas por ruinas milenarias y navegaciones por ríos caudalosos en lugares remotos del planeta.

  • Pirámides de Egipto, una postal que las dos guardan como una de las imágenes más fuertes de sus recorridos.
  • La Gran Barrera de Coral, en Australia, donde se animaron a hacer snorkel pese a la edad.
  • Un vuelo sobre el Everest, con esa mezcla de vértigo y asombro que solo se siente a esa altura.
  • La aurora boreal en Finlandia, un espectáculo de luz que define, dicen, la palabra magia.
  • La isla de Pascua, con sus moáis silenciosos mirando hacia el océano Pacífico.
  • El Amazonas y las cataratas Victoria, dos extremos de la naturaleza que conocen de primera mano.
  • La Argentina, que visitaron en 2023 y donde conocieron las Cataratas del Iguazú, disfrutaron del tango, participaron de actividades rurales y recorrieron el Cementerio de Recoleta.

Sin embargo, cuando uno les pregunta por el recuerdo más fuerte, Sandra y Eleanor coinciden en algo que no aparece en ninguna postal ni en ninguna guía turística, y es el encuentro con personas locales, esas conversaciones improvisadas en mercados, en casas de familia o en paradas de colectivo donde, según cuentan, aparece la parte más humana de cada país que visitan, y esa es también, explican, la parte que más las sigue motivando a la hora de armar la próxima valija, porque un mapa sin templo no les alcanza, y eso lo dicen con la convicción tranquila de quien ya vio mucho mundo y sabe que lo mejor siempre está en la gente.

El ritmo se adapta, el deseo no se negocia

Consultadas sobre cómo hacen para sostener este ritmo a los 85 años, las dos son tajantes y usan una frase que, de tan simple, parece pensada para repetirse en las escuelas, y es que quizás avancen más despacio, pero no quieren que un número decida lo que pueden o no pueden hacer, y esa lógica, la de no entregarle a la edad el poder de veto sobre los proyectos, es la misma que las lleva a seguir subiendo escaleras, navegando, practicando snorkel y sumándose a excursiones que a cualquiera le exigirían un buen estado físico, lo que no significa que se expongan de manera innecesaria, sino que aprendieron a negociar con el cuerpo, a leerlo, a escucharlo, y a pedirle, con buen humor, que aguante un poco más.

Lo que se viene, cuentan mientras en Texas el termómetro sigue marcando una tarde pesada, es una nueva incursión por Asia, con destinos como Bután, Brunéi, Laos, Timor Oriental y Filipinas en carpeta, y también un anhelo más cercano, que es conocer Chichén Itzá, en México, ruinas que tienen pendientes desde hace años y que, por una razón o por otra, siempre se les fueron corriendo en el calendario, algo que, vistas las antecedentes, parece cuestión de tiempo y nada más, porque cuando una escucha la historia de Sandra y Eleanor, y mira la manera en que todavía hojean mapas y comparan precios de pasajes con la misma dedicación con la que otras personas de su edad miran el cupón de la farmacia, uno termina pensando que lo que tienen estas dos amigas no es solo una lista de países visitados, sino una manera de habitar la vejez que se parece mucho a una forma de insumisión, porque se trata, en definitiva, de decidir a qué edad se deja de empezar algo nuevo, y la respuesta que dan con sus valijas es bastante clara.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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