Ni analistas ni creativos: el mito del cerebro izquierdo y cerebro derecho no se sostiene en la evidencia
Una investigación con más de mil participantes y la voz de una especialista de Cleveland Clinic derriban la idea de que el lado dominante del cerebro determine la personalidad. La coordinación entre ambos hemisferios, claves para entender cómo aprendemos y nos vinculamos.
Son las siete y pico de la mañana en el barrio de Palermo y, mientras bajo la persiana del kiosco de la esquina, escucho a un cliente repetir, casi como un mantra, que él es "de cerebro derecho" porque se dedica a la publicidad. A los pocos minutos, otro vecino, Mariano, me dice exactamente lo contrario: "Yo soy de izquierda pura, por eso me banco los números". La escena, que se repite en oficinas, aulas y grupos de whatsapp de todo el país, es el punto de partida perfecto para hablar de un mito que lleva décadas instalado en la cultura popular y que, según la ciencia más reciente, no tiene el menor sustento empírico. La idea de que cada persona es predominantemente analítica o creativa según el hemisferio que domine su cerebro forma parte de cuestionarios virales, capacitaciones empresariales y hasta propuestas pedagógicas, pero los estudios de neuroimagen más amplios desmontan esa clasificación de raíz y dejan en evidencia que se trata de una simplificación que conviene revisar con cuidado para no condicionar la manera en que nos miramos a nosotros mismos y a los demás, sobre todo en la edad escolar, cuando todavía se está formando la identidad y la confianza en las propias capacidades.
Lo que la neurociencia sí sabe y lo que la cultura popular exageró
La licenciada Grace Tworek, psicóloga de Cleveland Clinic, lo resumió con una frase que vale la pena repetir: las fortalezas individuales no prueban que una mitad del cerebro gobierne la personalidad. Y tiene razón, porque lo que sí está demostrado es otra cosa bastante más modesta: existen ciertas redes neuronales con mayor lateralización, o sea con preferencia por uno u otro hemisferio, pero eso no quiere decir que alguien sea "de cerebro izquierdo" o "de cerebro derecho" como si fuera un rasgo global de su carácter. En concreto, el hemisferio izquierdo interviene de manera destacada en el lenguaje y en el control del lado derecho del cuerpo, mientras que el derecho participa más en el procesamiento visual y espacial y maneja el lado izquierdo. Esa distribución existe y se puede medir, pero de ahí a sostener que define si una persona es racional o intuitiva hay una distancia enorme que la evidencia no autoriza a recorrer, y vale la pena tenerlo presente cada vez que alguien intente encasillarnos en una de esas dos categorías tan atractivas como inexactas.
El trabajo que más ruido hizo en los últimos años fue el publicado en PLOS ONE, donde se analizó la conectividad cerebral en reposo de 1.011 personas de entre 7 y 29 años, un rango etario enorme que permitió observar el fenómeno en pleno desarrollo. Los autores identificaron regiones con lateralización, entre ellas áreas vinculadas al lenguaje en el hemisferio izquierdo y redes de atención en el derecho, lo que confirma que la especialización hemisférica es una propiedad local de ciertos circuitos y no un patrón que abrace la totalidad de la mente. En otras palabras, no apareció ese "perfil global" de izquierda o derecha que los cuestionarios populares prometen descubrir, y esa ausencia es justamente la que echa por tierra la clasificación binaria que tanta gente da por cierta cuando se define o cuando define a los demás en una reunión de trabajo.
El origen histórico del mito y por qué se difundió tanto
Para entender cómo se instaló esta creencia conviene remontarse a los estudios con pacientes a los que se les seccionó el cuerpo calloso como recurso extremo para controlar crisis epilépticas graves, una cirugía poco frecuente y reservada a casos muy severos. En esas condiciones excepcionales, los investigadores observaron diferencias entre hemisferios, y a partir de allí se construyó una extrapolación gigantesca hacia el resto de la población. El problema es que esos cerebros no representan el funcionamiento normal de una persona sin lesiones, así que tomar esas conclusiones como si fueran universales fue un salto enorme que los medios, la autoayuda y hasta algunos libros de divulgación repitieron sin chequear con demasiado rigor, y eso explica por qué el mito sobrevivió tanto tiempo en conversaciones de café y hasta en propuestas escolares que se vendieron como innovadoras.
Por qué importa en la vida cotidiana y en las aulas
La Unesco advirtió que trasladar estas ideas al aula puede condicionar las expectativas sobre los alumnos, y la advertencia no es menor en un país donde la discusión educativa está siempre sobre la mesa. Definirse como "poco creativo" por considerarse analítico, o como "desorganizado" por asumirse artístico, puede desincentivar la práctica de habilidades que se desarrollan con entrenamiento, esfuerzo y un entorno que las estimule, y eso termina funcionando como una profecía autocumplida que limita a los chicos mucho más que cualquier supuesta dominancia cerebral. Por eso la recomendación de los especialistas es clara: en lugar de etiquetar a los alumnos según el hemisferio, conviene ofrecerles experiencias variadas que activen distintas redes, desde la lectura y la escritura hasta la música, el dibujo, el deporte y el trabajo en equipo, porque el cerebro es un sistema integrado, no dos mitades que compiten entre sí.
La comunicación entre hemisferios: la clave que el mito olvida
Lo que el relato de "cerebro izquierdo vs. derecho" deja afuera es justamente lo más importante para la vida diaria: ambos hemisferios se comunican de manera permanente a través del cuerpo calloso, un conjunto de fibras nerviosas que intercambia información entre las dos mitades con una velocidad y una precisión notables. Esa coordinación constante es la que hace posible tareas tan cotidianas como mantener una conversación con un amigo, donde al mismo tiempo hay que procesar palabras, leer el tono de voz, interpretar gestos, manejar el contexto emocional y anticipar la respuesta del otro, y eso ocurre gracias al trabajo conjunto de redes distribuidas en los dos lados, no gracias al predominio excluyente de uno. Por eso, cada vez que alguien le diga "yo soy de cerebro derecho", vale la pena recordar que la creatividad y el análisis no viven en hemisferios opuestos sino en circuitos que colaboran todo el tiempo, y que la mejor manera de potenciarlos es usarlos juntos en lugar de encerrarnos en una etiqueta que la propia neurociencia ya dejó de usar hace rato.
Vuelvo al kiosco de Palermo y a la escena con la que abrí esta nota. Cuando le cuento a Mariano lo que dicen los estudios y la psicóloga de Cleveland Clinic, se queda pensando un instante y después se ríe: "Entonces soy las dos cosas a la vez, como casi todos". Tiene razón, y esa es, quizás, la conclusión más honesta que se puede sacar del tema: dejamos de lado la etiqueta y empezamos a mirarnos como personas completas, con capacidades que se entrenan y se combinan, en lugar de encasillarnos en mitades que nunca existieron más allá de un malentendido que ya lleva varias décadas dando vueltas y que, con información de calidad y un poco de sentido común, podemos empezar a dejar atrás de una vez por todas.
