Mirar el plato antes que el diván: la propuesta de una psicóloga que une nutrición y salud mental
La especialista británica Kimberley Wilson sostiene que la fatiga constante, la falta de concentración y el ánimo bajo merecen una evaluación que contemple también lo que se come y cómo se descansa, sin reemplazar la psicoterapia ni la medicación cuando hace falta.
El consultorio está tranquilo esta tarde de viernes, con esa luz gris de julio que se cuña por la ventana y deja el escritorio a media luz. Atiendo el teléfono y del otro lado aparece Carolina, vecina de Villa del Parque, que me cuenta que lleva meses arrastrando un cansancio que no se va, una especie de neblina que le nubla la cabeza y la deja sin ganas de nada. No quiere medicarse todavía, me dice, y pregunta si será un problema de anemia, de vitaminas o simplemente de la cabeza. Le digo que esa pregunta que parece tan simple es justo la que una psicóloga británica puso en el centro del debate en las últimas semanas, y que vale la pena repasar con cuidado.
Una historia clínica que empieza por la cocina
La psicóloga Kimberley Wilson viene planteando hace tiempo que cuando alguien llega a la consulta con fatiga persistente, irritabilidad, apatía o dificultad para concentrarse, la evaluación no puede quedarse en los antecedentes personales, los traumas y el estrés laboral. Hay que abrir la puerta de la heladera, dice, y preguntar qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve, porque esos factores pueden estar haciendo su parte del problema o, al menos, agrandándolo.
Wilson aclara un punto clave para no, como se dice en estos tiempos de información rápida: una carencia de nutrientes por sí sola no produce un trastorno mental, así como tampoco una buena alimentación lo cura. Pero cuando alguien arrastra meses con el ánimo por el suelo, revisar el estado nutricional puede ser una herramienta más, integrada a la psicoterapia y, si corresponde, a la medicación.
Qué mirar y por qué
Entre los nutrientes que la especialista pone bajo la lupa aparecen las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los omega-3, todos con un papel reconocido en el funcionamiento cerebral. Su déficit puede sumar cansancio, irritabilidad y bajo estado de ánimo, aunque nunca reemplaza un diagnóstico psiquiátrico. Wilson también insiste en que la historia clínica complete el cuadro con sueño, sedentarismo, consumo de sustancias, conflictos personales y presión en el trabajo, porque la salud mental no se cocina en una sola olla.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, al menos una vez por semana, por su aporte de omega-3.
- Frutos secos y semillas, fuentes de zinc, selenio y vitamina B3 dentro de una alimentación variada.
- Huevos, lácteos y carnes magras, que aportan vitamina B12 y proteínas de buena calidad.
- Legumbres y cereales integrales, que suman fibra y micronutrientes en el plato de todos los días.
- Para dietas vegetarianas o veganas, la consulta con un profesional de salud sobre suplementación de B12, omega-3 y zinc.
El recorrido de Wilson por esta mirada arrancó en un lugar singular: la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde trabajó como psicóloga y observó cómo la desregulación emocional de muchas internas parecía asociada a carencias alimentarias que arrastraban de antes. Esa experiencia la empujó a mirar la comida como una pieza más del rompecabezas, y la llevó a recordar ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles donde la administración de ciertos micronutrientes se vinculó con una baja de los episodios violentos, aunque la especialista advierte que la conducta humana nunca se explica solo con lo que se sirve en el plato.
Vuelvo a la escena del principio, a la luz de julio y al teléfono con Carolina en la línea. Le cuento que la propuesta de Wilson no le va a sacar el cansancio de un día para el otro, porque los cambios de hábitos tardan meses en notarse en el cuerpo y en el ánimo, y que ninguna dieta reemplaza a un profesional cuando hace falta. Pero también le digo algo que parece obvio y a veces se olvida: antes de mirar el diván conviene mirar la mesa, y si entre las dos cosas se puede armar un plan a medida, mejor. La consulta médica, los análisis de sangre y, si corresponde, el acompañamiento psicológico siguen siendo el camino principal; la alimentación, el descanso y el movimiento, herramientas para que ese camino se recorra un poco mejor.
