La panza no avisa dos veces: por qué la rutina de todos los días puede estar arruinando tu intestino sin que lo sepas
Gases, hinchazón y digestiones pesadas suelen quedar escondidos debajo de la alfombra de la vida cotidiana. Especialistas consultados coinciden en que la variedad en el plato, el uso responsable de los antibióticos y el manejo del estrés son los tres pilares para cuidar la microbiota, pero remarcan que ningún cambio de hábitos reemplaza la consulta al médico cuando las molestias se repiten en el tiempo.
Son las siete y veinte de la tarde en el barrio de Once y todavía se nota el calor espeso del día, esa humedad que se pega a la piel y que parece no aflojar ni siquiera cuando el sol empieza a caer detrás de los edificios de la avenida Rivadavia. En la puerta de un kiosco, don Roberto, vecino de toda la vida por estas cuadras, me cuenta mientras se seca la frente con un pañuelo que hace rato viene peleándose con la panza: que si la hinchazón de la noche, que si un reflujo que no lo deja dormir, que si unas idas al baño que ya ni le cuento. Y lo dice con esa resignación tan nuestra, esa de «será la edad», esa de «algo habrá que comí mal», como si los malestares digestivos fueran una especie de compañero de ruta con el que hay que aprender a convivir sin chistar. Pero lo cierto, según me explico a continuación con el material que reuní para esta nota, es que conviviendo se puede terminar conviviendo con algo que necesita atención profesional hace rato.
Cuando la molestia deja de ser pasajera y empieza a ser costumbre
La especialista en nutrición clínica Marcie Vaske lo dice con una claridad que a mí me parece la mejor forma de arrancar: gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no deberían naturalizarse, y cuando se prolongan en el tiempo requieren una evaluación profesional en serio, porque pueden estar ligados a intolerancias, a enfermedades digestivas o a alteraciones de la microbiota, entre otras causas que ninguna recomendación de manual ni de vecino bien intencionado alcanza a resolver.
“Convivir con gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no debería convertirse en una costumbre.”Marcie Vaske, especialista en nutrición clínica
La fibra como base, pero sobre todo la variedad en el plato
Para el cuidado de todos los días, una de las claves más importantes pasa por la diversidad de lo que comemos, porque la fibra alimenta a parte de los microorganismos que viven en nuestro intestino y se consigue en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, esos grupos de alimentos que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda incluir de manera habitual y que en cantidades sugeridas deberían sumar al menos 400 gramos diarios entre frutas y verduras. Y acá viene el punto que a mí me parece central de toda esta conversación, porque esa diversidad se pierde cuando uno se queda atado a pocas comidas y termina dejando que los ultraprocesados se adueñen de la semana.
La dietista Jenna Volpe advierte justamente eso, que sostener en el tiempo un patrón con poca variedad y mucho ultraprocesado puede modificar la microbiota y abrir la puerta a procesos inflamatorios, mientras que los alimentos fermentados pueden formar parte de una dieta variada pero de ninguna manera incorporan solos una solución cuando las molestias vuelven a aparecer. En resumen y para que se entienda bien: fermentar puede ayudar, pero no cura.
- Variedad en el plato: incluir frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales como fuente de fibra para alimentar a los microorganismos intestinales.
- Consumo diario recomendado: alcanzar al menos 400 gramos diarios entre frutas y verduras, según la guía de la Organización Mundial de la Salud.
- Antibióticos con responsabilidad: usarlos solo con prescripción médica y completar el tratamiento indicado, porque su uso innecesario puede afectar microorganismos beneficiosos.
- Actividad física regular: la OMS sugiere entre 150 y 300 minutos semanales de actividad moderada para adultos, como parte del cuidado integral del aparato digestivo.
- Atención al estrés: reconocer que puede alterar los movimientos del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, por lo que conviene trabajarlo con herramientas concretas.
- Consulta profesional sin demora: frente a síntomas digestivos que se repiten o se extienden en el tiempo, la evaluación médica siempre va antes que cualquier cambio de hábito.
El intestino como ecosistema y el estrés como factor subestimado
El intestino es mucho más que un tubo largo por el que pasa lo que comemos: en él conviven bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que intervienen en la digestión, en las defensas del cuerpo y hasta en la forma en que obtenemos energía a partir de los alimentos, según señala el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos, que identifica a la alimentación y a los medicamentos como dos de los factores que pueden modificar esa composición a lo largo del tiempo. Y a esa lista hay que sumarle un factor que muchas veces queda afuera de la conversación, que es el estrés, porque la gastroenteróloga Asma Khapra explica que puede alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, algo que en la vida cotidiana se traduce en esas digestiones pesadas y en esa panza que parece reaccionar a todo. En esa cuadra de Once, con la noche por fin empezando a refrescar, don Roberto me despide con una promesa que espero que cumpla, que es la de pedir turno al médico la semana que viene, y yo me quedo pensando que la mejor forma de cuidar el intestino es, en el fondo, la misma que sirve para casi todo: no naturalizar lo que molesta, no postergar la consulta y entender que la variedad en la mesa, el movimiento del cuerpo y el manejo del estrés son tres pilares que se cuidan todos los días.
