El niño interior que inventó un mundo de fieltro y complicidad
A más de tres décadas de su muerte, Jim Henson sigue siendo una referencia ineludible para entender cómo el humor, el absurdo y la ternura pueden convivir en la pantalla. Un repaso por la filosofía del hombre detrás de la rana Gustavo, la Cerdita Peggy y todo un universo que sigue vigente.
Me imagino la sala, o más bien el set, como un lugar luminoso donde los colores primarios se codean con el verde aceituna de un personaje que ya en los años setenta se había vuelto icónico. La rana Gustavo aparece en mi cabeza con suéter y corbata, sentado en un sillón como si fuera un conductor de talk show de toda la vida, y uno entiende rápido por qué Jim Henson insistía tanto en esa idea de que los mejores personajes son los que conservan algo infantil. Yo también lo creo, y lo vengo pensando desde que me crucé por primera vez con un capítulo de Barrio Sésamo siendo ya una persona grande.
Un titiritero que empezó a los 17 y terminó creando un lenguaje
Jim Henson no apareció en el mapa de la televisión ya hecho. Su debut como titiritero fue a los 17 años, en un programa infantil que duró apenas tres semanas, una experiencia que él mismo no consideró un fracaso sino un aprendizaje concreto: ahí entendió qué funcionaba, qué no, y qué había que ajustar. Con Jane Nebel, que después sería su esposa, construyó poco después Sam and Friends, un show que funcionó como banco de pruebas de todo lo que vendría después: un humor físico, basado en el gag y el absurdo, pensado tanto para chicos como para adultos que todavía se reían con un chiste bien construido.
- Los Muppets, que se convirtieron en un fenómeno de alcance internacional.
- Barrio Sésamo, la apuesta educativa que redefinió cómo se enseña a través de la pantalla.
- Fraggle Rock, un mundo de personajes que mezclaba humor, música y una mirada casi ecológica sobre la convivencia.
- Y un puñado de producciones que siguen siendo material de referencia cuando se habla de títeres en televisión.
El absurdo como manera de mirar lo real
“Absurdo es tomar lo que es realmente la vida y llevarlo a una abstracción que la gente reconozca.”Jim Henson
Esa frase resume, para mí, todo el método. Henson nunca entendió el disparate como un recurso para esquivar la realidad, sino al revés: como una manera de acercarse a ella, de ponerla en perspectiva, de hacerla más tolerable y a la vez más lúcida. Lo decía él con una fórmula que repetía seguido, casi como un mantra: en lo que exagerás se vuelve divertido, y la gente ve ese rasgo en sí misma. Esa lógica está detrás de un personaje como la Cerdita Peggy, tan exageradamente dulce que termina siendo graciosa, o de la rana Gustavo, tan pagado de sí mismo que uno termina reconociendo a más de un conocido en su escritorio.
El legado, después de la muerte
Henson murió en mayo de 1990, a los 53 años, a causa de un choque tóxico originado por una infección bacteriana. Estaba en plena actividad, con proyectos abiertos y una tropa de colaboradores que había formado durante décadas. Después llegarían los acuerdos con Disney, la incorporación de los Muppets al catálogo más grande del entretenimiento infantil y familiar, y la continuidad de un universo que sus hijos y sus equipos creativos se ocuparon de mantener vivo. Lo que queda, más allá de las cifras y los rankings, es una pregunta que a mí, particularmente, me sigue dando vueltas: hasta qué punto el humor absurdo y la ternura, esa combinación improbable que Henson manejó como nadie, siguen siendo una opción viable en la televisión actual, o si aquel formato ya no tiene un equivalente real. Lo dejo planteado, porque no tengo una respuesta cerrada, y porque sospecho que la mayoría de los que crecimos con la rana y la cerdita tampoco la tienen.
