Cuidar a un familiar en la Argentina: una encuesta revela que el 60 por ciento de los cuidadores principales carga algún grado de sobrecarga
Son las ocho de la mañana en un edificio de Gineses y la señora Rosa, vecina del barrio, me cuenta con la taza de café todavía humeando entre las manos que esta semana no pudo dormir más de cuatro horas seguidas porque a su mamá se le descompensa la presión a la madrugada y es ella quien se levanta, le mide la tensión, le prepara el té y después intenta volver a conciliar el sueño sin éxito. Esa escena, que podría parecer una más de las miles que se viven en los departamentos de esta ciudad, es exactamente la que describe una encuesta reciente de la Universidad Austral sobre cómo el cuidado familiar impacta en la vida cotidiana de los argentinos y de las argentinas, y que dejó a la vista cifras que, por lo menos a mí, me dejaron pensando un rato largo sobre algo que muchas veces damos por naturalizado y que en el fondo, cuando uno lo mira de cerca, tiene una carga enorme.
El relevamiento se hizo por internet entre marzo y julio de este año y reunió a 1.028 personas mayores de 18 años que contestaron a participar en el estudio, de las cuales el 20,4 por ciento dijo que cuidaba a un familiar. Dentro de ese universo de cuidadores, el 60,6 por ciento de las mujeres asumió el rol principal, mientras que entre los varones lo hizo el 44,4 por ciento, un dato que de entrada ya marca una de las líneas más fuertes de todo el informe, porque vuelve a poner sobre la mesa que el peso de los cuidados en los hogares argentinos sigue recayendo principalmente sobre las mujeres, incluso cuando en el papel las familias tienden a repartirlo de manera más equitativa.
Descanso, proyectos y empleo: lo que la encuesta midió
Para dimensionar el desgaste la investigación evaluó a 120 cuidadores principales mediante la escala de Zarit, que es un cuestionario de 22 ítems que se usa en el mundo entero para medir la sobrecarga de quien tiene a su cargo el cuidado de otra persona. Seis de cada diez de esos cuidadores principales presentaron algún grado de sobrecarga y el 40,8 por ciento alcanzó el nivel intenso, que es el que el estudio definió como aquel que requiere intervención porque ya compromete de lleno la salud y el bienestar de quien cuida.
- El 46% de las mujeres dijo que cuidar le impedía descansar lo suficiente, frente al 30% de los varones.
- El 44% de las mujeres señaló que esa responsabilidad limitaba sus proyectos personales, contra el 10% de los varones.
- El 75% de los cuidadores principales realizaba además trabajo remunerado, lo que muestra que compatibilizar ambas tareas era la regla y no la excepción.
- El acceso promedio a licencias y prestaciones fue de 3 de cada 10 entre trabajadores formales, del 17% entre informales y apenas del 9,5% entre independientes.
Entre las cuidadoras mujeres, el 46 por ciento reconoció que esa tarea le impedía descansar lo suficiente y el 44 por ciento dijo que le limitaba sus proyectos personales, ya sea estudiar, hacer un curso, retomar una vocación postergada o simplemente disponer de tiempo para una misma. Entre los varones cuidadores esas proporciones bajaron al 30 y al 10 por ciento respectivamente, una diferencia que no es menor y que confirma que cuando el cuidado recae sobre una mujer el impacto sobre el descanso y sobre la vida propia tiende a ser bastante más profundo.
Cuando alcanza y cuando no
Uno de los puntos que más me llamó la atención del informe es que tener ayuda no siempre alcanza. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento tanto entre quienes dijeron recibir apoyo como entre quienes dijeron no tenerlo, lo que llevó al equipo de la Universidad Austral a sostener con mucha razón, a mi entender, que importa la calidad del acompañamiento y no solamente que alguien colabore, porque muchas veces la ayuda llega pero no en el momento justo, o llega en una dimensión que no es la que la persona cuidadora necesita en ese momento puntual.
“Importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia.”Informe de la Universidad Austral sobre sobrecarga del cuidador
Para analizar esa calidad el estudio contempló tres dimensiones del apoyo, que son la afectiva, la informacional y la operativa, y que en criollo significan algo tan sencillo como que a veces lo que falta no es alguien que vaya a hacer la cama o a comprar los remedios sino alguien que se siente a charlar un rato, que sepa orientar sobre un trámite o que esté cuando la rutina se vuelve insostenible. Esa parte del informe, a mi modo de ver, es la que más interpela porque nos obliga a pensar cómo acompañamos a quien cuida, porque muchas veces tendemos a medir el cuidado en distintos sistemas y a quedarnos tranquilos con que alguien colabore, sin preguntarnos si esa colaboración alivia o simplemente suma otra tarea más.
Trabajo, licencias y lo que falta
El trabajo remunerado también formaba parte de la vida del 75 por ciento de quienes cuidaban, lo que quiere decir que compatibilizar el empleo con la asistencia a un familiar era algo habitual y no una excepción. Sin embargo, las herramientas disponibles para hacerlo variaban muchísimo de acuerdo al tipo de contratación, porque mientras el acceso promedio a licencias y prestaciones, entre las que se incluyeron maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería, fue del 53,7 por ciento entre los trabajadores formales, entre los informales esa cifra cayó al 17,1 por ciento y entre los independientes, que suelen ser quienes más flexibilidad horaria tener, apenas alcanzó al 9,5 por ciento.
Lo que muestra ese dato es que la posibilidad real de compatibilizar el cuidado con el trabajo depende en buena medida del tipo de inserción laboral que cada uno tenga, lo que termina configurando un escenario bastante injusto porque quienes más necesitan herramientas de ese tipo suelen ser quienes menos acceso tienen, ya sea porque trabajan en la informalidad que ya no las contempla o porque son quienes más expuestos están a perder el ingreso si dejan de trabajar.
A pesar de todo eso, la encuesta también recogió experiencias positivas, porque el 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de su tarea, y entre los más mencionados estuvieron el afecto recíproco, los momentos vividos y los cambios que la persona cuidada iba alcanzando con el paso del tiempo, una convivencia de luces y sombras que la señora Rosa del principio me resumió con una frase que se me quedó dando vueltas, cuando le pregunté cómo hacía para seguir adelante con todo eso encima y me dijo, mientras miraba por la ventana del living donde ya se empezaba a filtrar algo de sol, que mientras su mamá la siga reconociendo cuando la ve entrar, la casa es otra cosa, y que por eso no se queja, aunque a veces, claro, el cuerpo del sueño sí se queja, y mucho.
