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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando la pileta se convierte en consultorio: la terapia acuática gana terreno como aliada de la rehabilitación

Flotabilidad, resistencia y temperatura se combinan en sesiones guiadas que alivian articulaciones, recuperan movimientos y acompañan tratamientos neurológicos, siempre bajo supervisión médica

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 1 h
Cuando la pileta se convierte en consultorio: la terapia acuática gana terreno como aliada de la rehabilitación

El agua quieta, apenas movida por el cuerpo de quien se apoya en el borde, cuenta una historia que va mucho más allá de un chapuzón recreativo. En esas piletas de poca profundidad, donde un fisioterapeuta marca el ritmo y la dirección de cada ejercicio, se libra una pulseada silenciosa contra el dolor, la rigidez y la pérdida de movilidad que muchas personas arrastran hace años. Yo lo vi de cerca la semana pasada, en un centro de rehabilitación de Belgrano, cuando Marcela Ferreyra, de cuarenta y siete años, ingresó al agua tibia con dos muletas y salió, cuarenta minutos después, caminando sola hasta el vestuario, con una sonrisa enorme y los ojos húmedos. El día estaba gris, con una llovizna fina que persistía desde la madrugada y un viento suave del Río de la Plata que se colaba por los ventanales, y sin embargo adentro de la pileta el ambiente era otra cosa: cálido, calmo, casi íntimo.

Por qué el agua cambia todo

Para entender de qué se habla cuando se menciona terapia acuática conviene repasar las cuatro propiedades que los especialistas suelen citar como cimientos del método: la flotabilidad, que recorta a la mitad la sensación de peso cuando el agua llega a la cintura y libera a las articulaciones del rigor de la gravedad; la resistencia, que puede ser hasta setecientas veces mayor que la del aire y permite fortalecer la musculatura sin necesidad de pesas ni máquinas; la presión hidrostática, que ayuda a desinflar tejidos blandos y disminuye la hinchazón; y la temperatura, que cuando se mantiene en rangos cálidos relaja la musculatura y prepara el cuerpo para el movimiento. Esa combinación es la que diferencia a la hidroterapia de una clase de gimnasia acuática o de un programa deportivo en pileta: cada sesión se diseña a partir de una evaluación clínica individual y se ajusta al diagnóstico, a la condición física y a los objetivos de cada paciente.

“Es fisioterapia con el aporte de la ingravidez: el trabajo en pileta permite fortalecer el tronco y mejorar el equilibrio antes de avanzar hacia los ejercicios en tierra”Jenea Smith, fisioterapeuta de la Universidad de Missouri
  • Artritis, dolor crónico y fibromialgia, donde el agua tibia disminuye la rigidez y mejora la tolerancia al movimiento.
  • Lesiones de rodilla, cadera, tobillo, hombro, cuello y zona lumbar, en sus etapas agudas o como parte de la recuperación.
  • Pre y posoperatorio de cirugías ortopédicas, donde la descarga de peso facilita ganar rango articular antes de volver a caminar firme.
  • Hernias discales, estenosis espinal y osteoartritis, con programas que priorizan la movilidad y la disminución del dolor.
  • Condiciones neurológicas como Parkinson, esclerosis múltiple y secuelas de accidente cerebrovascular, donde el sostén del agua reduce el riesgo de caídas durante la práctica de marcha y coordinación.

Una sesión paso a paso

Lo más frecuente es que el programa se organice en ciclos de entre dos y ocho sesiones, aunque los plazos se extienden cuando el cuadro lo requiere. Cada encuentro suele arrancar con ejercicios de movilidad articular, sigue con trabajos de fuerza para piernas y brazos aprovechando la resistencia del agua, incorpora instancias de equilibrio estático y dinámico, y cierra con práctica de marcha en distintas direcciones, a veces con elementos como flotadores, tablas o bandas elásticas. No hace falta saber nadar ni tener experiencia previa en pileta: la profundidad se adapta, el terapeuta acompaña dentro del agua y las indicaciones se dan cara a cara, en español, con paciencia. La recomendación, siempre, es que este tipo de terapia se indique y se supervise dentro de un plan médico mayor, como complemento de un tratamiento kinesiológico, traumatológico o neurológico, y no como reemplazo de ellos.

Cuando salí del centro de rehabilitación en Belgrano todavía chispeaba, y el asfalto de la calle Juramento reflejaba las luces de los locales recién abiertos. Me quedó dando vueltas la imagen de Marcela Ferreyra, vecina del barrio de Núñez, apoyada en el borde de la pileta mientras esperaba que le bajara el cansancio: no era un retrato de derrota, sino de alguien que estaba aprendiendo de nuevo a confiar en su propio cuerpo, flotando en un metro y medio de agua tibia bajo la mirada atenta de quien sostenía el otro extremo de la tabla. Ahí, en ese pedacito de natación asistida, la rehabilitación dejaba de ser un trámite y se parecía bastante a una segunda oportunidad.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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