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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una pausa a tiempo: el pequeño respiro que la rutina muchas veces nos niega

Cuando el agobio se acumula y la cabeza no da más, cortar la jornada por unos minutos puede ser la diferencia entre seguir o colapsar. Especialistas consultados explican qué funciona, hasta dónde llega y cuándo conviene pedir ayuda.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 26 d
Una pausa a tiempo: el pequeño respiro que la rutina muchas veces nos niega

Son las tres de la tarde en una oficina del microcentro porteño y el calor de febrero se pega a la piel como una segunda camisa. El ventilador gira sin prisa y, del otro lado del pasillo, Adriana, que trabaja en administración y vive en Boedo, se levanta de su silla con un gesto que ya es costumbre: deja el teclado, se acomoda los anteojos y camina hasta la ventana para mirar un rato la calle, aunque sea sin decir nada. Lo hace, me cuenta, porque aprendió que si no frena un poco a esa hora, la tarde se le vuelve un trámite y la cabeza le termina pesando como si llevara piedras adentro. Adriana no lo dice con palabras técnicas, pero su intuición coincide con lo que hoy sostienen varios especialistas: intercalar pausas breves en medio de una jornada exigente puede ayudar a recuperar la concentración cuando el estrés cotidiano empieza a pasar factura, aunque estas prácticas tienen alcances limitados y de ningún modo resuelven por sí solas las causas profundas del malestar, de modo que si la angustia se vuelve persistente, altera el sueño, el trabajo o los vínculos, lo más sensato es buscar acompañamiento profesional en lugar de seguir aguantando en silencio.

Cuando la atención se escapa y el cansancio pesa

A mí, cada vez que tengo que escribir una nota larga, me pasa lo mismo: siento que las palabras se me empastan y los párrafos empiezan a dar vueltas como si los hubiera escrito otro. Es en ese momento cuando aparece la necesidad genuina de cortar, de hacer algo distinto, y la experiencia más cotidiana coincide con lo que describe la literatura especializada: cuando cuesta sostener la atención y el cuerpo empieza a mandar señales de agotamiento, una pausa breve puede ofrecer un respiro dentro de la jornada sin necesidad de tener una duración fija ni de convertirse en una obligación más, porque alcanza con apartarse unos minutos de las notificaciones del celular, permanecer en silencio o simplemente cambiar de ambiente, y la elección, como me decía la propia Adriana mientras mirábamos el tráfico desde el ventanal, depende del tiempo que cada uno tenga y, sobre todo, de las preferencias de cada persona.

Anclarse en los sentidos para salir del loop mental

Para quienes quedan atrapados en pensamientos repetitivos, como me confesaba días atrás Roberto, vecino de San Telmo que atraviesa un momento laboral complicado, orientar la atención hacia el entorno puede ser una alternativa concreta y hasta sorprendente, porque existe una técnica sencilla, conocida como 5-4-3-2-1, que propone reconocer en un orden determinado cinco elementos visibles, cuatro sensaciones de contacto contra el cuerpo, tres sonidos del ambiente, dos aromas que aparezcan en el momento y, por último, un sabor, y antes de comenzar suele recomendarse hacer una respiración pausada, sin forzar la entrada de aire ni intentar llenar los pulmones como si fueran un globo. La psicóloga clínica Sari Chait explicó que concentrarse en esos estímulos puede dar cierta distancia respecto de las preocupaciones, aunque insistió en remarcar que este ejercicio no elimina la causa que las origina, y eso me parece clave decirlo con todas las letras, porque a veces uno tiene la ilusión de que con respirar un rato el problema se va, y no, lo que se va es la rigidez con la que lo estamos sosteniendo, no el problema en sí.

A esa idea me aferro cada vez que siento que el agobio me gana, y me parece una de las cosas más honestas que se pueden decir desde el consultorio: la pausa no borra lo que duele, solo nos devuelve un poco de aire para seguir.

Caminar, estirarse y conversar como formas válidas de cortar

  • Caminar unos minutos, idealmente por un espacio verde. Una investigación evaluó a trabajadores que pasearon por un parque durante quince minutos en el horario del almuerzo, a lo largo de diez días laborales consecutivos, y en esas jornadas reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde, aunque los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos.
  • Realizar ejercicios de relajación o de respiración, que también mostraron mejoras frente a las pausas habituales en el mismo estudio.
  • Mover el cuerpo dentro de casa o del trabajo: estirar las piernas, hacer ejercicios de movilidad o bailar una sola canción, porque el movimiento, por mínimo que sea, ayuda a interrumpir el sedentarismo de la jornada.
  • Compartir el momento con alguien, ya sea en persona o por teléfono, porque una llamada o un intercambio con una persona de confianza puede sumar conversación y una desconexión genuina de las obligaciones, algo que, en lo personal, compruebo cada vez que una amiga me llama para contarme cualquier cosa y termino la charla respirando distinto.
  • Descansar con los ojos cerrados entre diez y quince minutos, tal como recomendó la neurocientífica Heidi Hanna, aclarando que ese intervalo debe ajustarse a las necesidades personales y de ninguna manera reemplaza un sueño adecuado ni compensa noches mal dormidas.

Hasta dónde llega el alivio y cuándo pedir ayuda

El límite de estas prácticas aparece, y esto es algo que no quiero dejar de señalar porque me parece central en un tema como este, cuando el malestar continúa, aumenta o empieza a dificultar la vida cotidiana en sus aspectos más básicos, porque la terapeuta Tyana Tavakol fue muy clara al recomendar considerar una consulta profesional si los intentos personales no alcanzan, y me parece que en un país donde todavía cuesta pedir ayuda hablarlo con naturalidad es un acto de coraje cotidiano, porque nadie tiene por qué resolver solo lo que lo desborda, y ni las pausas ni los estiramientos ni las caminatas por el parque van a sustituir el acompañamiento de alguien que pueda escuchar de verdad lo que nos está pasando, de modo que si el agobio se vuelve persistente, si las noches se vuelven un calvario o si los vínculos empiezan a deteriorarse, lo más prudente y humano es pedir turno y sentarse frente a un profesional, y punto.

Vuelvo a la escena con la que abrí esta nota: la oficina del microcentro, el calor de febrero, el ventilador girando, y Adriana regresando a su silla con un café en la mano y una expresión distinta a la de antes de la pausa. Me mira y me dice, con esa mezcla de cansancio y humor que tenemos los argentinos cuando queremos quitarnos dramatismo, que no es magia, que el mundo afuera sigue igual de complicado, pero que ahora, al menos, tiene la cabeza un poco más ordenada para volver a empezar. Y la verdad, querido lector, es que a mí esa confesión tan simple me parece la mejor definición de lo que es tomarse un respiro honesto en medio de una jornada que no afloja, ni más ni menos que eso: un pequeño acto de cuidado para seguir adelante con un poco más de aire en los pulmones y un poco más de claridad en la mirada.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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