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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una pareja, dos sueldos y una chacra: la apuesta de revivir la tierra que les dejó el viejo Ricardo

Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron en la puerta de un colegio y descubrieron que los dos habían crecido entre acequias y gallinas. Hoy, en las tres hectáreas que Silvana heredó de su padre, mantienen animales, siembran alfalfa y construyen a fuego lento lo que quieren dejar a sus hijos: un pedazo de campo que se sostenga con su propio esfuerzo.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 4 d
Una pareja, dos sueldos y una chacra: la apuesta de revivir la tierra que les dejó el viejo Ricardo

La mañana en Centenario se presenta con ese cielo patagónico que no termina de decidirse: una claridad pálida sobre el calle 9, casi en el límite mismo donde el ejido de Centenario se toca con el de Vista Alegre, y un aire todavía fresco que invita a ponerse las mangas largas. En la tranquera de la chacra, una bandada de gallinas picotea alrededor de la cocina mientras dos conejos blancos, atentos al movimiento, levantan las orejas como pequeños radares. Ahí están Silvana Aiello y Jorge Stelrrig, los dueños de casa, dándole de comer a los animales antes de arrancar la jornada laboral en sus respectivos trabajos. La escena, simple y cotidiana, resume el pacto que hicieron hace tres años: vivir como habían crecido, aunque eso implique trabajar el doble.

La historia empieza, curiosamente, en una puerta de colegio. Allí se conocieron hace diecinueve años, esperando a sus hijos. "Nos empezamos a hablar, nos dimos cuenta de que los dos veníamos del campo, los dos habíamos tenido animales de chicos, y los dos queríamos volver a eso", cuenta Silvana, hojeando mentalmente aquel primer encuentro. Habían pasado los dos por familias chacareras de la zona, habían compartido la educación de los chicos en el pueblo y, sobre todo, compartían un mismo deseo postergado. La idea fue madurando a la par de los años: juntar materiales con lo que iba sobrando de los sueldos, guardar bolsas de cemento, hierros y ladrillos, comprar cuando se podía. Hasta que llegó el momento.

Volver a la tierra que les dejó el viejo Ricardo

Hace tres años se produjo la mudanza. Silvana heredó de su padre, Ricardo, tres hectáreas que él había trabajado hasta el final de sus días. "Cuando él se fue, la tierra empezó a ganarse sola: aparecieron el monte de olivillo, el humedal, los yuyos". Eso dice Jorge, parado al lado del tractor que a veces no arranca. Hoy la están desmontando de a poco, con paciencia de hormiga: sembraron alfalfa para forraje, levantaron otra vez el gallinero, armaron corrales para conejos. Donde antes había manzanos y perales, ahora hay un pequeño emprendimiento familiar que combina tradición y oficio.

Lo que sostiene la chacra no es la chacra. Lo que sostiene la chacra son dos sueldos. Silvana trabaja desde hace casi veinte años como secretaria en una escuela técnica; Jorge es empleado en el área de educación de la zona. Sus salarios son los que financian el alimento balanceado, la compra de animales, las horas extras que a veces precisan para mantener todo en pie. "Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta", explica Silvana, con una mezcla de pragmatismo y de cariño por lo que hacen.

“Antes la chacra sostenía a la familia. Ahora la familia sostiene a la chacra, con sus sueldos, con su esfuerzo, con el tiempo libre que le roban al descanso. Antes no cumplían horario, ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atiende los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello, secretaria y chacarera

A pocas horas de la entrevista, en el barrio lindante, una vecina se acerca a la tranquera con un tarro de maíz para los pollos. Se llama Marta y vive a tres cuadras, sobre calle 7. "A mí me criaron mis abuelos en la chacra de Añelo, y cuando veo a esta pareja, con los chicos ya grandes, volver a la tierra, se me caen las lágrimas de emoción. Es lo que nosotros nunca pudimos sostener cuando éramos jóvenes, y que hoy ellos están haciendo con tanta ganas", dice, mientras los animales se le acercan confiados. La escena grafica algo que Silvana repite en la cocina: esto lo hacen los tres, a pulmón. Ella, Jorge y Lucas.

El heredero inesperado: Lucas, su incubadora y los 600 pollos

  • Lucas, de 17 años, estudia para técnico mecánico en la escuela técnica donde trabaja su mamá, pero ya tiene su propio emprendimiento dentro de la chacra.
  • El año pasado crió 600 pollos parrilleros, sumó gallinas ponedoras y conejos, y armó una incubadora de manera artesanal con sus propias manos.
  • Cuando termine la secundaria quiere estudiar veterinaria y quedarse a vivir en la chacra que le están dejando armada sus padres.
  • Para Jorge, en tanto, el próximo paso es plantar frutales y viñas, y vender la producción en el mismo campo, sin intermediarios.

El campo, además, carga una historia familiar que se remonta cuatro generaciones atrás. El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con doce años, alrededor de 1920, y el abuelo fue quien empezó la chacra original. "Es algo que viene de la sangre", reflexiona Jorge, mientras acomoda unos fardos con la ayuda de su hijo. "Yo no nací en una chacra, pero me crié cerca, y cuando uno empieza con esto se da cuenta de que es una forma de vivir, no un pasatiempo. Es laburar de sol a curda, literalmente, y después sentarte a mirar el cielo y sentir que vale la pena".

Al atardecer, mientras el sol empieza a pintarse de naranja sobre los álamos del límite con Vista Alegre, Silvana y Jorge terminan de cerrar los corrales. Las gallinas vuelven por su cuenta al gallinero, los conejos se esconden en sus cuevas, y Lucas revisa una vez más la temperatura de la incubadora antes de entrar a cenar. La jornada laboral en sus respectivos empleos sigue intacta, esperando mañana a primera hora. Pero ellos ya están pensando en qué plantar la próxima temporada. La chacra, mientras tanto, sigue creciendo a su ritmo, al ritmo de esta pareja que decidió, después de diecinueve, volver al principio.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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