Una noche para sacarse el polvo de encima: Black Eyed Peas llenó el Movistar Arena a pura nostalgia bailable
La banda californiana volvió a Buenos Aires después de más de una década y media, mostró su catálogo completo y hasta fue escenario de un pedido de matrimonio: el chico se había enamorado de su ahora prometida en el show de 2010.
El Movistar Arena vibraba como si el reloj se hubiera quedado atascado en algún punto lejano de la primera década del 2000. Luces bajas, murmullos cruzados, banderas argentinas asomando entre las gradas y esa sensación eléctrica que solo aparece cuando el cuerpo entiende, antes que la cabeza, que lo que viene es una fiesta larga. A esa hora todavía temprana de la noche, ya se olía que la espera valía la pena: dieciséis años no son nada para una banda acostumbrada a sobrevivir modas enteras, y mucho menos cuando viene a cobrar deudas pendientes con un público que la recibió con el cariño de los reencuentros familiares. Black Eyed Peas pisó Buenos Aires, esa ciudad que se le había hecho esquiva desde aquel Cosquín Rock de 2010, y lo hizo con la formación que hoy sostiene el legado: Will.i.am, apl.de.ap, Taboo y J. Rey Soul, la incorporación que reemplazó a Fergie hace ya varios años y que, a fuerza de giras y de escenario, se ganó su lugar en un grupo donde no se regala nada.
La apertura fue casi un aluvión. Let's Get It Started, Boom Boom Pow y Rock That Body sonaron una detrás de la otra, sin respiro, como si la banda hubiera decidido no dejar que el público se siente a digerir lo que estaba pasando. Y la verdad es que les funcionó: a esa altura, el gentío de las populares ya estaba saltando, los teléfonos estaban en alto y la pista se había convertido en una sola masa de brazos y voces. La puesta visual acompañó con pantallas que mutaban de forma, colores saturados y una lectura del escenario muy del estilo festival europeo, donde lo importante es que la imagen sea lo suficientemente impactante como para que el celular grabe algo decente. A los hits de los 2000 se les fueron sumando, con lógica y sin que se notara demasiado el empalme, los temas de las etapas más recientes: Ritmo (Bad Boys for Life), Mamacita y Mabuti dejaron en claro que el grupo ya piensa en clave latina, algo que en Buenos Aires se agradece porque entra solo, sin explicación.
Los momentos solos y la cuota filipina
- Apl.de.ap se adueñó del escenario con Bebot, un tema que siempre se recuerda como uno de los puntos altos del repertorio porque celebra sus raíces filipinas y porque, encima, suena distinto a todo lo demás del setlist.
- Will.i.am hizo una pausa para repasar su etapa como solista, con #thatPower y Scream & Shout, dos canciones que muchos asocian más con él que con la banda, y volvió después al grupo con Pump It, Girl Like Me, Somebody to Love Me y Don't Stop the Party, en una seguidilla que no dejó respirar a nadie.
- Taboo, fiel a su costado más extrovertido, frenó el show, agarró un mate y se lo cebó arriba del escenario mientras le decía a la gente que quería sentirse bien argento; después se lo regaló a una chica de las primeras filas, que se fue con el mejor souvenir de la noche.
“Es un placer ser latino y estar en Argentina”Taboo
El tramo más emotivo de la noche llegó cuando la banda tocó Where Is the Love? e I Gotta Feeling, dos temas que para una franja enorme del público funcionan casi como un himno generacional. En medio de I Gotta Feeling, una mujer del público subió al escenario invitada por la producción, empezó a cantar con el micrófono en la mano y, cuando todavía estaba procesando lo que le pasaba, vio aparecer a su pareja con un anillo. La propuesta de matrimonio se hizo en vivo, frente a unas doce mil personas que se quedaron en silencio un instante y después estallaron en un aplauso largo, de esos que se escuchan en todo el estadio. La pareja, según lo que se contaría después, se había conocido en 2010, justamente en el show que la banda había dado en el país años atrás. La coincidencia, si se quiere mirar con un poco de incredulidad, tiene la precisión melodramática de las películas: la misma banda, la misma ciudad, la misma canción sonando de fondo y un noviazgo que empezó esa noche y se cerró en esta.
El cierre llegó con Meet Me Halfway, My Humps y Shut Up, en una secuencia que reconoció sin pudor la vena más popera del grupo, esa que a veces los críticos miran de reojo pero que el público canta a los gritos. Después, como no podía ser de otra manera, volvieron a I Gotta Feeling para una última pasada que funcionó como bálsamo y como despedida al mismo tiempo. En la última imagen de la noche, los cuatro levantaron una bandera argentina mientras las pantallas la replicaban en grande, en un gesto que ya es una marca registrada de cualquier artista internacional que quiere despedirse bien de este país. Salí del Arena con la sensación de que había visto un show pensado para cerrar un círculo, no para abrir una nueva etapa: Black Eyed Peas no vino a probar nada nuevo, vino a recordarles a miles de personas por qué les había gustado en primer lugar. Y, la verdad sea dicha, lo logró. Si me obligan a elegir una canción que me habría gustado escuchar en vivo y que esta vez no sonó, me quedo con Where Is the Love? cantada de punta a punta por las doce mil gargantas del Movistar Arena, con la luz baja y el estadio quieto. Habría sido el momento más humano de toda la noche, y esta vez, aunque se acercó bastante, se lo llevó una propuesta de matrimonio.
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