Una nave, un dardo y un perro: la búsqueda que reescribe a Supergirl
La película dirigida por Craig Gillespie y escrita por Ana Nogueira aterriza en HBO Max con una protagonista que todavía no encuentra su lugar en el mundo. La aventura interestelar que adapta el cómic de Tom King y Bilquis Evely se anima a torcerle el destino al compañero más leal de Kara y eso, lejos de arruinar la historia, le abre un juego nuevo.
Hay una imagen que se me aparece cuando pienso en esta película y todavía no la vi en pantalla: la de una sala oscura con pochoclos y la cara iluminada por el resplandor de una nave que escapa a toda velocidad, mientras un perro blanco y peludo se lleva la peor parte. Esa postal algo ridícula y algo tierna es, en el fondo, la mejor puerta de entrada a Supergirl, la nueva apuesta de HBO Max que dirige Craig Gillespie y que escribe Ana Nogueira, y que se anima a llevar al cine el cómic Supergirl: la mujer del mañana, la celebrada novela gráfica de Tom King y Bilquis Evely.
Lo que me enganchó de entrada, y creo que a muchos lectores de entre cuarenta y tantos y sesenta también, es que la protagonista no llega como la heroína Terminada que uno esperaría. Esta Kara todavía no se siente parte de la Tierra, no termina de reconocerse en los ideales de su primo Superman y carga con esa incomodidad clásica de los cuarenta: la sensación de que el hogar verdadero no aparece nunca. En ese contexto, el vínculo con Krypto, el perro venido de Krypton, ocupa el centro emocional de la película, y el guion se encarga de recordárnoslo con flashbacks que rescatan momentos de la vida compartida entre ellos.
Un dardo envenenado y una decisión de guion
El arranque es directo: un villano llamado Krem ataca, escapa con la nave de Supergirl y, antes de desaparecer, le dispara un dardo envenenado a Krypto. A partir de ahí Kara se asocia con Ruthye, una niña decidida a encontrar al responsable, y juntas se lanzan a una recorrida por distintos planetas en busca de un antídoto. Hasta acá, el planteo sigue de cerca al material original.
La diferencia, y acá es donde la película toma partido, está en lo que pasa con Krypto. En el cómic, narrado desde el punto de vista de Ruthye, hacia el final se descubre que el perro estaba a salvo, escondido en un lugar con sol amarillo, y que el verdadero aprendizaje del viaje para la niña tenía que ver con distinguir venganza de justicia. La película, en cambio, decide mantener el riesgo: trasladar a Krypto es demasiado peligroso y conseguir el antídoto se vuelve una urgencia real durante toda la travesía. Esa sola elección le cambia el motor interno a Kara y resignifica la persecución.
Me parece honesto decirlo: a mí esa torsión me cerró más que la opción literal. Entiendo a quienes extrañan el golpe de efecto del cómic, ese descubrimiento final que corre el velo y te obliga a repensar toda la lectura, pero también creo que el cine pide otra cadencia y que mantener a Krypto en riesgo le da a la historia una urgencia física que se siente en la butaca. No es un capricho del guion, es una decisión de oficio.
Una pregunta que queda dando vueltas
Quedo con la duda, y se la dejo a quien lea: qué lugar deberían tener los cambios cuando una historia pasa del papel a la pantalla. Porque acá no estamos ante un desatino, sino ante una reescritura consciente que entiende que cada lenguaje pide sus propias reglas. Me quedo con la sensación de que esta Supergirl, justamente porque se anima a torcerle la historia al perro, termina encontrando la suya propia.
