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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una huella minera olvidada en el cauce seco del río La Laja, al pie de la Precordillera sanjuanina

Una travesía 4x4 organizada por Mainumby4x4 combinó ripio, arena y piedra suelta para llegar hasta los restos del campamento conocido como Virginia II, sin señalización turística, sin acceso convencional y con datos históricos que todavía no terminan de cerrarse.

Por Paula IturriozAmbiente y agua · · hace 21 d
Una huella minera olvidada en el cauce seco del río La Laja, al pie de la Precordillera sanjuanina

A unos 150 kilómetros al norte de la ciudad de San Juan, medidos sobre la Ruta 40 y las huellas que se internan en la Precordillera, el caudal del río La Laja se reduce hoy a un cauce seco de arena y piedra suelta, marcado por crecientes que borraron los pasos de anteriores temporadas. Sobre ese lecho, una caravana de camionetas 4x4 conducida por Verónica Romaña, al frente de Mainumby4x4, completó el tramo final de una travesía que terminó a pie, en una quebrada donde todavía se levantan las paredes derrumbadas, las chapas oxidadas y los tambores metálicos de un antiguo campamento minero que los vecinos identifican como Virginia II. La propuesta, preparada para lectores y aficionados al turismo de aventura, dejó en evidencia un dato que atraviesa toda la experiencia: el yacimiento no cuenta con camino convencional, no tiene señalización turística ni dispone de un centro de interpretación que ordene la visita.

La salida arrancó en la capital sanjuanina, tomó la Ruta 40 hacia el norte y empalmó con la antigua ruta de ripio que conduce a Mogna. A partir de allí, el itinerario se apartó de los caminos consolidados para meterse en el cauce del La Laja, en un tramo comprendido entre Talacasto y Mogna, donde la marcha se vuelve lenta por la arena, las piedras sueltas y el material acumulado por las últimas crecientes. Las huellas se bifurcan y obligan a detener la marcha para evaluar por dónde seguir; aun siguiendo un track previamente cargado, las crecidas pueden modificar el terreno y hacer desaparecer los sectores que funcionaban como paso. Las camionetas quedaron estacionadas en una quebrada y, desde ese punto, un sendero zigzagueante llevó a la comitiva hasta las construcciones deterioradas del campamento, en un recorrido que en la práctica funciona como la única manera razonable de acceder al sitio.

Lo que queda en superficie y lo que se vio adentro

En superficie, la recorrida permitió identificar chapas, hierros, tambores metálicos, cascos, guantes y prendas que habían quedado dispersos entre las ruinas, testimonios materiales de una actividad que no se encuentra documentada de manera ordenada. En el interior de las galerías se observaron rieles, recipientes para trasladar mineral, utensilios de cocina, bolsas que habían contenido explosivos y cables usados para detonaciones, aunque la visita se limitó a un ingreso de pocos metros en una de las labores y no aporta una evaluación de seguridad del espacio subterráneo. El cuadro general muestra paredes derrumbadas, piques y labores parcialmente cubiertas de material, sin ningún tipo de vallado, cartelería ni indicaciones que adviertan sobre los riesgos de transitar por un sitio que conserva huellas de actividad explosiva.

La identidad del yacimiento, todavía sin cerrar

Sobre la identificación del yacimiento, el material difundido mantiene un margen de incertidumbre que conviene señalar: los lugareños lo llaman Virginia II, pero la documentación pública disponible no permite confirmar ese nombre de manera concluyente, ni tampoco están precisados el inicio y el cierre de la explotación, la cantidad de trabajadores que llegó a tener ni el mineral que se extraía. Esa falta de información escrita contrasta con la abundancia de restos físicos y muestra un patrón que se repite en buena parte de los sitios mineros históricos del oeste argentino: la huella material sobrevive a la abandonment institucional, y son los vecinos, los puesteros y los guías locales los que terminan sosteniendo la memoria del lugar. En una recorrida por ese mismo territorio, un puestero del oeste sintetizó la situación con una frase que sirve como diagnóstico de fondo: "acá la mina se fue, pero los papeles nunca aparecieron".

Una escala intermedia en la Ramada de Carrascosa

El regreso sumó una parada en la Ramada de Carrascosa, un sitio vinculado con la devoción por Santa Bárbara que oficia de pausa dentro de la travesía y que, en muchos casos, es el único punto del recorrido donde el visitante encuentra algún grado de acondicionamiento, agua y sombra. La visita a la Ramada funciona como contrapunto de lo observado en Virginia II: en un caso hay una comunidad que sostiene el lugar con su práctica religiosa; en el otro, queda un campamento minero a la intemperie del Estado, sin cartelería, sin sendero marcado y sin un mínimo de medidas de seguridad para quienes se aventuren a recorrerlo.

“Lo que está pasando en la Precordillera sanjuanina con sitios como Virginia II no es un caso aislado: es la misma lógica que la Corte Suprema señaló cuando ordenó la reparación del cauce del río Atuel, al recordar que el agua, el territorio y la memoria de los pueblos no pueden quedar librados al abandono. Aquí no hay agua, pero hay un patrimonio minero y ambiental que se deteriora sin que nadie lo registre.”Paula Iturrioz
  • Identificar de manera oficial el yacimiento conocido como Virginia II y ratificar o rectificar el nombre que le atribuyen los lugareños, cruzando documentación minera, catastral y archivos históricos de San Juan.
  • Determinar el período de explotación, la cantidad de trabajadores y el mineral extraído, para poder reconstruir la historia laboral del campamento y reconocer a quienes pasaron por el lugar.
  • Elaborar un registro de los restos existentes en superficie y en las galerías, con una evaluación de seguridad que determine si corresponde clausurar, restringir o habilitar el ingreso con condiciones.
  • Diseñar un sendero señalizado desde el punto donde se dejan las camionetas, con cartelería sobre riesgos, recomendaciones y prohibiciones, y un plan de contingencia ante crecientes del río La Laja.
  • Impulsar un acuerdo con operadores locales como Mainumby4x4 para que las travesías al sitio se realicen con protocolos claros, en lugar de quedar libradas a la experiencia de cada guía.
  • Integrar el sitio a un circuito que contemple la visita a la Ramada de Carrascosa, de modo que el turismo de aventura aporte recursos para conservar, en vez de acelerar el deterioro del patrimonio.

La travesía hasta Virginia II deja una fotografía incómoda: por un lado, muestra que todavía existen en San Juan lugares cargados de historia minera que pueden recorrerse, y por otro revela que ese recorrido depende casi exclusivamente de la voluntad de operadores privados y de guías como Verónica Romaña, en ausencia de políticas públicas que ordenen el acceso, preserven los restos y cuiden la seguridad de los visitantes. Mientras esa tarea pendiente no se encare, cada incursión al cauce seco del La Laja será una mezcla de aventura, descubrimiento y riesgo innecesario, y los restos del campamento seguirán deteriorándose al ritmo que imponen el viento, la lluvia y el paso de los vehículos. En un país que todavía debe resolver cómo proteger sitios como éste, lo que falta hacer es, justamente, lo que ninguna gestión parece dispuesto a empezar.

PI
Paula IturriozAmbiente y agua

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