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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una huella en el tiempo: caminar por las entrañas del volcán Malacara en La Batra

En el sur mendocino, la familia Quezada abrió las puertas de un campo cercano a Malargüe para recorrer dos de las tres cárcavas del Malacara y subir a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. Una geóloga de la UBA fue clave para entender de dónde vienen los colores.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 26 d
Una huella en el tiempo: caminar por las entrañas del volcán Malacara en La Batra

El sol pega firme sobre el paraje La Batra y el viento del sur arrastra un aire seco que se mete hasta los huesos cuando uno se interna en las grietas del volcán. Son pasadas las diez de la mañana y el cielo está limpio, sin una nube, con esa luz blanca que tienen las mañanas de octubre en el sur mendocino. Ahí, a unos kilómetros de Malargüe, el Malacara deja que se le camine por dentro, entre paredes onduladas, roca amarilla y depósitos negros que se desgranan al menor roce.

La historia que cuenta este cerro empezó hace miles de años, cuando el magma se encontró con agua —probablemente de una laguna que ya no está— y la interacción fragmentó la lava. Esa alteración, según explica la geóloga Corina Risso, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, es la que pintó de amarillo buena parte de las superficies que hoy se recorren a pie. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió y acumuló materiales oscuros encima de los anteriores. Mucho después, la erosión del agua y del viento abrió los pasadizos por donde ahora se camina.

Una salida entre cárcavas y mirador

El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas del volcán y suma una subida hasta un mirador, desde donde a lo lejos se distingue la laguna de Llancanelo, con su reflejo cambiante según la hora. Los tres cráteres de la parte alta quedan prácticamente ocultos para quien recorre desde abajo, por la forma del terreno y por la vegetación que los rodea.

“La luz entra por las aberturas superiores y el aire frío circula entre las grietas. Los depósitos son frágiles, se pueden desgranar con sólo tocarlos, así que la caminata pide mirarlos más que tocarlos.”Corina Risso, geóloga e investigadora de la UBA
  • Cómo se formaron los distintos colores del volcán, entre el magma y el agua.
  • Por qué la roca amarilla es una alteración y los depósitos negros son erupciones más tardías.
  • Qué se observa desde el mirador, incluida la laguna de Llancanelo al fondo.
  • De qué manera la erosión abrió los pasadizos que hoy se transitan.
  • El rol de la familia Quezada en la administración del predio y de los guías locales.
  • Cómo cambió el acceso: primero a caballo, después por una huella petrolera y finalmente con maquinaria.

La apertura turística transformó el uso del campo. Donde los Quezada criaban animales, hoy entran visitantes que bajan de camionetas acomodadas y caminan por los senderos señalados. La historia empieza en 2000, cuando la geóloga Corina Risso llegó al lugar con la ayuda de Alberto “Beto” Quezada. Dos años más tarde, en 2002, presentó sus investigaciones en Malargüe, mientras la familia empezó a trabajar con guías de la zona. "Beto siempre dice que el cerro les cambió la vida —comenta Mirta Quezada, su esposa, mientras prepara un termo con mate en la tranquera del campo—; antes era sólo el puesto, y ahora es también esto, gente que viene a conocer lo nuestro."

El acceso también fue mutando. Las primeras salidas se hacían a caballo por senderos del propio predio, con la geóloga y los dueños del campo abriendo camino. En 2006, una antigua huella petrolera dejó pasar una camioneta y, con el tiempo, se acondicionó con maquinaria para que hoy se pueda llegar con vehículos hasta el pie del recorrido.

La propuesta es sobria y directa: una caminata, la observación de las formaciones y una vista del paisaje desde el mirador. Para quien decida ir, conviene llevar ropa cómoda, algo de abrigo para el viento y, sobre todo, las manos quietas: estos depósitos, formados por sucesivas erupciones, siguen contando su historia al primer descuido.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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