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Miércoles, 21 de octubre de 2026
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Una cena, dos lecturas: la nueva versión que se anima a desarmar la pieza original

Olivia Wilde toma la película de Cesc Gay, conserva la estructura de la velada que se desborda y se permite cambios de fondo en los personajes y en el cierre. Resea desde el living donde todo se cocina.

Por Florencia CabralCultura y espectáculos · · hace 2 h
Una cena, dos lecturas: la nueva versión que se anima a desarmar la pieza original

A veces uno entra a una sala convencido de que conoce la obra y termina sorprendido de cuánto se puede modificar sin traicionar la idea original. Eso fue lo que me pasó con esta nueva versión de La invitación, que vuelve sobre los mismos pasos de Sentimental, la película de Cesc Gay, pero se toma atribuciones que la distinguen con claridad. Sigue siendo una cena que se descontrola, sigue siendo una noche encerrada en un departamento, pero los personajes respiran distinto, la cámara se mueve con más soltura y, sobre todo, el final se anima a ser otra cosa.

El mismo punto de partida, otra temperatura

Wilde parte exactamente del mismo lugar que el filme que versiona: una pareja acepta compartir mesa con vecinos a los que apenas conoce y, mientras la noche avanza, las costuras del matrimonio empiezan a ceder. Ahí están los mismos hitos que uno recuerda del original: el músico que se entera tarde del plan, la vecina que aparece desnuda frente a la ventana del edificio de enfrente y la sesión de terapia con la psicóloga que funciona como una especie de espejo incómodo para los comensales. Pero la directora no se limita a calcar la puesta en escena; por el contrario, le imprime a las secuencias una dinámica distinta, con una cámara que recorre el departamento con más libertad y le deja a los actores espacio real para moverse dentro del cuadro.

El corazón de las diferencias está en cómo están construidos los personajes. El papel que interpreta la propia Olivia Wilde, por ejemplo, gana densidad con referencias a una carrera artística que dejó en el camino y con pequeños gestos cotidianos que la definen mejor: la manera en que organiza los platos, las miradas que le escapan hacia la ventana, las medias pinceladas de humor ácido que le pone a cada respuesta. Edward Norton, por su parte, recibe un pasado que recién hacia el final se completa y que ayuda a entender esa actitud suya tan despreocupada en la superficie, como si supiera algo que los demás todavía no terminaron de ver.

El punto de quiebre más importante respecto a Sentimental aparece cuando se revela que la pareja que forman Norton y Penélope Cruz mantiene una relación poliamorosa. En la película de Gay, esa revelación funcionaba como un mazazo que generaba rechazo; acá, en cambio, el personaje de Seth Rogen responde con una mezcla de curiosidad e incomodidad, como si más que escandalizarse necesitara entender qué dice eso de su propio vínculo. Esa inflexión es la que sostiene el cambio de tono en el tramo final, cuando la comedia empieza a ceder paso a un drama más reflexivo, menos ruidoso, más atento a lo que no se dice.

El final que se anima a ser ambiguo

Wilde desiste del cierre que proponía la versión original. Donde Gay terminaba en un encuentro sexual que parecía cerrar la grieta, acá la película cierra con una imagen mucho más serena y, al mismo tiempo, más cargada: Rogen vuelve a sentarse frente al piano que había dejado de lado y Wilde se ubica a su lado para acompañarlo. La escena está rodada con una intimidad buscada a propósito, sin subrayado emocional, y deja abierta la pregunta sobre lo que ese momento significa para los dos. ¿Se están reencontrando después de la tormenta o se están despidiendo sin palabras? Esa indecisión es, a mi entender, lo más valioso de toda la película, porque le devuelve al espectador algo que la versión original le regalaba ya servido en bandeja.

Salí del cine con la sensación de haber visto la misma obra por la puerta de al lado. No es una copia más oscura ni más edulcorada de Sentimental: es una relectura que se permite tomar partido por sus personajes y por su propio ritmo. Me quedé pensando en el piano, en esa melodía corta que Rogen deja inconclusa y en la manera en que Wilde se apoya en su hombro sin decir nada. Hay cineastas que entienden que un buen final no es el que cierra todo, sino el que deja a la gente hablando en la vereda de la sala, y eso, justamente, es lo que yo estaba haciendo cuando terminé la película.

FC
Florencia CabralCultura y espectáculos

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