Una aventura animada que nace de un viaje entre amigas y un montón de recuerdos en juego
La nueva película de DreamWorks, dirigida por Joel Crawford y Januel Mercado, lleva a Raissa y Jo por mundos fantásticos atravesados por la cultura filipina y por todo lo que se pone en juego cuando una amistad tiene que reinventarse lejos.
Me imagino la sala oscura, el murmullo de los pochoclos acomodándose, las luces bajando y, antes de que aparezca el primer plano, ya está sonando esa banda sonora que promete mundos enormes. La nueva entrega animada de DreamWorks abre con esa sensación de película grande, de esas que te hacen mirar la pantalla como si fuera una ventana a un lugar que no existe y, sin embargo, te termina resultando conocido. Se titula La isla olvidada, pero bien podría llamarse El viaje que nunca se termina, porque la historia se sostiene sobre algo muy humano: el cariño que sobrevive a la distancia y a los cambios.
La película está dirigida por Joel Crawford y Januel Mercado, y lo primero que uno nota es que no es una animación más: hay una voluntad clara de plantar la historia en un lugar real, con sus texturas, sus colores y sus tradiciones. Filipinas no es solo el decorado de fondo, sino que late en cada escena, en los detalles de la vestimenta, en la música, en la forma en que los personajes se relacionan con la naturaleza y con la memoria. Es una aventura, sí, pero también un retrato amoroso de un país que el cine animado no suele tener en el centro de la escena.
Dos amigas, una separación y un mundo que se abre en recuerdos
Raissa y Jo son las protagonistas, dos adolescentes que están a punto de separarse, y la película entera gira alrededor de ese dolor chico y enorme a la vez, de esos que se cargan a los catorce años. Sus aventuras fantásticas funcionan, en buena medida, como una manera de procesar esa despedida inevitable. Los mundos que atraviesan, los personajes con los que se cruzan y hasta la villana que las persigue son, leído en clave, los obstáculos internos que aparecen cuando un vínculo de toda la vida empieza a mutar. A mí, como espectador, me generó esa mezcla rara de reírse con los gags físicos y, al mismo tiempo, sentir un nudo en la garganta.
El relato combina fantasía, acción y comedia con un ritmo muy rápido, de esos que no dan respiro pero que tampoco marean. Las cámaras se mueven con energía, el humor se apoya mucho en lo visual, en escenas de comedia física que funcionan sin necesidad de un diálogo, y hay guiños a series ochentosas que a los que tenemos entre 40 y 60 nos arrancan una sonrisa cómplice. Mientras las amigas avanzan, van sumando compañeros de ruta, y ahí se arma una segunda capa interesante: la de los lazos que se construyen en el camino, no solo los que se heredan de la infancia.
Lo que se cruza debajo de la aventura
- La separación y el miedo a perder lo conocido, como motor emocional de toda la trama.
- El trauma y la manera en que los personajes lo procesan mientras combaten a la villana.
- El valor de los recuerdos compartidos, que funcionan casi como un personaje más.
- La exploración de la amistad adolescente, con sus diferencias, sus roces y su capacidad de reinventarse.
- La identidad cultural filipina, integrada con naturalidad y sin quedar reducida a un exotismo de turno.
Hay algo que me gustó especialmente y que vale la pena destacar: los personajes no son heroicos todo el tiempo. Tienen fallas, dudan, se equivocan, y eso los hace más queribles. La animación mezcla estilos con muy buen criterio, lo que le da a cada mundo una personalidad visual propia sin perder coherencia. Y el tramo final le da más aire al desarrollo sentimental, algo que se agradece porque en este tipo de películas muchas veces la emoción queda aplastada por el vértigo de la acción.
Por sus temas y por sus protagonistas, La isla olvidada es una película que habla directamente a los adolescentes, pero que les habla también a los que ya no lo son. Como adulta que vio la película en funciones de prensa, me pasó algo que no esperaba: salí pensando en mis propias amistades de la adolescencia, en las que el tiempo y la distancia fueron separando, y en todo lo que sigue vivo igual adentro. Es una historia de fantasía, sí, pero por debajo corre algo muy real: que los vínculos importantes no se acaban cuando cambia la geografía, sino que se transforman, y a veces hasta se vuelven más fuertes. Esa es, en definitiva, la aventura que propone Crawford y Mercado, y a mí me dejó con ganas de volver a llamar a esas amigas que tengo un poco perdidas, para recordar juntas, como Raissa y Jo, todo lo que todavía nos une.
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