Un museo de adobe y silencio que la Puna jujeña guarda como un secreto a voces
Lo fundó un fotógrafo porteño que se quedó enamorado de la quebrada. No tiene carteles en la ruta, pero igual llegan visitantes de toda la Argentina y del exterior. La historia de un lugar que apuesta a que el público lo descubra solo, mientras forma a los nuevos retratistas del norte.
Son pasadas las cuatro de la tarde en la Quebrada de Huichaira y la luz cae como una cortina dorada sobre los muros de adobe del museo. El viento mueve apenas las hojas de los churquis y el silencio parece tan espeso como la altura: dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar. Frente a la ruta 9, del otro lado del ripio, Tilcara late con su movimiento habitual de turistas y comedores, pero acá, en este rincón de la Puna jujeña, todo parece transcurrir en otra frecuencia. El cielo está limpio, sin una nube, y la temperatura ronda los quince grados: un abrigo liviano alcanza justo. Entonces aparece él, Lucio Boschi, un fotógrafo de sesenta años nacido en la provincia de Buenos Aires, con la sonrisa cansada de quien lleva toda la jornada trabajando entre obras y visitantes, y me dice, mientras señala la entrada sin cartel que da al camino, que esto es exactamente como lo soñó: un lugar al que la gente llega porque alguien se lo contó, no porque un letrero luminoso lo imponga desde la ruta.
Una casa de barro que se volvió museo
La historia del Museo Entre los Cerros empieza, como tantas historias jujeñas, con alguien que llegó siguiendo el curso de un río. Boschi cuenta que caminó durante horas por la quebrada del Huichaira hasta que una formación natural del paisaje lo detuvo en seco. Compró el terreno, levantó primero una casa de barro para vivir y, varios años después, convirtió esa misma construcción de adobe en un museo dedicado por entero a la fotografía argentina y latinoamericana. Fue en 2012. Lo que terminó de convencerlo fue una idea muy concreta: la arquitectura de tierra permite que la luz del norte se cuele por los vanos sin filtro y que el cerro entre a las salas como si fuera una obra más. Por eso no hay luces artificiales sobre los cuadros, por eso las paredes respiran y por eso, también, no hay un solo cartel que avise desde la ruta que acá adentro hay un acervo de primer nivel.
Lo que más me llamó la atención, mientras recorría las salas, fue el ritmo del lugar. No es un museo que apura al visitante. Hay bancos de madera distribuidos entre las obras, ventanales que enmarcan el paisaje como si fueran cuadros vivos y ese silencio del adobe que obliga a caminar despacio. En la colección permanente se pueden ver fotografías donadas por autores como Marcos López, Graciela Iturbide, Martín Chambi, Alessandra Sanguinetti, Irina Werning y Rodrigo Abd, entre otros. Boschi consiguió esas piezas a fuerza de cartas enviadas a colegas y de contactos cultivados durante años de trabajo internacional con galerías y coleccionistas. Todos, dice, terminaron diciendo que sí.
Empezaron llegando los chicos de la escuela
Aquella decisión de no promocionar el museo fue, en los primeros tiempos, una prueba dura. Me lo cuenta Raúl Mamaní, un vecino de Tilcara que guía visitantes hace veinte años y que ahora trabaja en la zona: «Los primeros que vinieron fueron los pibes de la escuela de Huichaira, después nosotros los guías, después grupos de fotógrafos, y al final aparecieron curadores y directores de museos internacionales de primer nivel. Todo de boca en boca. Lucio siempre dijo que el público tenía que encontrar el lugar por su cuenta, y la verdad es que funcionó». Esa lógica, que podría parecer caprichosa, terminó dándole al Museo Entre los Cerros una mística particular: la de un espacio al que se llega casi por iniciación, recomendado por alguien que ya estuvo.
Formar fotógrafos del norte, en el norte
Con el tiempo el museo dejó de ser únicamente una sala dees para convertirse en un centro cultural con varias patas. Hoy el MEC ofrece una biblioteca especializada, talleres periódicos, residencias artísticas y, sobre todo, un programa gratuito de formación orientado a jóvenes fotógrafos de las provincias del norte argentino. La idea, me explica Boschi mientras atravesamos un patio interior donde se escuchan las voces de un taller en curso, es que los retratistas de Jujuy, Salta y Tucumán no tengan que irse a Buenos Aires para profesionalizarse. El espacio funciona además como punto de encuentro para la comunidad local: los vecinos de la quebrada se acercan a las inauguraciones, a las charlas y a los ciclos de cine que se programan durante el año.
- El museo está en la Quebrada de Huichaira, sobre la ruta 9, justo frente a Tilcara, en la provincia de Jujuy, a 2.700 metros de altura.
- No hay señalización desde el camino: la referencia más práctica es Tilcara; el GPS puede no estar actualizado en los tramos finales.
- La visita conviene hacerla con tiempo: hay bancos para detenerse, luz natural en las salas y un ritmo que invita a caminar despacio.
- La entrada es por la ruta 9 desde Tilcara; el museo no cobra publicidad ni cartel, pero abre sus puertas de manera regular.
- Se puede combinar la visita con otras paradas de la Quebrada: Purmamarca, el Pucará y Maimará están a pocos kilómetros.
Cuando me fui del Museo Entre los Cerros, ya con el sol cayendo detrás de los cerros y la temperatura bajando rápido, volví a pasar por la entrada sin carteles sobre la ruta 9. Lucio Boschi estaba despidiendo a una pareja de fotógrafos tucumanos que habían llegado recomendados por un amigo en común. Los tres se reían como si se conocieran de toda la vida. Pensé que ese era, en definitiva, el espíritu del lugar: un museo que no necesita gritar para que lo escuchen, una colección de primer nivel que se descubre de a poquito, y un fundador porteño que entendió, hace ya más de una década, que en la Puna jujeña las cosas importantes se siguen contando de boca en boca, igual que las recetas, igual que las canciones, igual que las historias que merecen ser recordadas.
