Un juicio que desnuda la trastienda: Lucas Grijander, Chiquito y la pelea por una risa prestada
El documental «El otro Chiquito» reconstruye la carrera del humorista español y el conflicto legal que lo enfrentó a Florentino Fernández por un personaje que tomaba sus gestos como materia prima. Entrevista a varias figuras del medio ibero y un formato que combina testimonios con recreaciones.
Me imagino la sala oscura, las butacas todavía tibias, el murmullo de la gente acomodándose y, en la pantalla, un fotomatón italiano levantándose, digo, un Chiquito de la Calzada en blanco y negro contando uno de sus chistes imposibles. Esa es la sensación que me dejó «El otro Chiquito», el largo documental que se propone contar, con la misma paciencia con la que el cómico malagueño desgrana sus trabalenguas, la historia de un hombre que hizo reír a toda España y, de paso, se vio envuelto en una pulseada judicial con uno de los personajes que se habían inspirado, sin pedir permiso, en su manera de estar en el mundo.
La película, que lleva la idea original acreditada a Diego San José, no arranca por donde uno esperaría. No empieza con los abogados ni con los titulares de los portales, sino en una sala de fiestas de Málaga, con un Chiquito joven que todavía no es Chiquito, un showman de TV que todavía no es leyenda. Recién después de esa primera media hora, cuando el espectador ya se encariñó con el hombre de los dedos en forma de pistola y las onomatopyleas, digo, las onomatopeyas imposibles, el documental introduce al otro protagonista: Lucas Grijander, el personaje que interpretaba Florentino Fernández en el programa «Esta noche cruzamos el Mississippi».
La disputa por una identidad prestada
El núcleo del conflicto está a la vista y, sin embargo, la película lo trata con la delicadeza de quien sabe que está pisando un terreno delicado. Grijander no era un clon grotesco, sino una reescritura humorística que tomaba como materia prima el repertorio gestual y lingüístico de Chiquito. A su alrededor se construyó un pequeño imperio: merchandaising, digo, merchandising con la imagen del personaje, giras por teatros españoles con la formación «Lucas y sus janders» y un público que pagaba por ver, justamente, aquella manera de moverse que les recordaba al maestro.
Lo que el documental pone sobre la mesa, con entrevistas a Manuel Jabois, Ramón García y Juan y Medio, además de los propios Fernández y Pepe Navarro, es la pregunta incómoda que sobrevuela todo el expediente: ¿dónde termina el homenaje y empieza la apropiación? No es una pregunta retórica; es la pregunta que un juez tuvo que responder. Y la película, en lugar de sentarse en el banquillo a dar lecciones, deja que los testimonios hablen y que el espectador vaya armando, como en un rompecabezas, su propia opinión.
Una carrera contada en fotogramas
A mí, particularmente, me interesó muchísimo el tramo dedicado al ascenso del cómico. Verlo en aquellos primeros bolos, foguearse en peñas y subir a los escenarios de televisión ya con el personaje masticado, es entender de dónde salió esa comicidad que después sería imitada hasta el cansancio. El documental tiene el acierto de no idealizarlo ni demonizarlo: muestra a un hombre que hizo de sus limitaciones fonéticas una poética propia y que construyó, nota a nota, un lenguaje que sigue siendo estudiado como un caso único en la historia del humor hispano.
Porque, claro, una cosa es mirar a Chiquito de la Calzada desde la butaca del living, riéndose con sus «calamaris» y sus «por la gloria de mi madre», y otra muy distinta es sentarse en una sala a ver cómo ese mismo universo se cruza con un juicio, con contratos, con derechos de imagen y con el dolor de quien siente que le copiaron la manera de mirar al mundo. La película no escamotea esa incomodidad; al contrario, la pone en primer plano y la deja respirar.
“El documental no arranca con los abogados ni con los titulares de los portales, sino en una sala de fiestas de Málaga, con un Chiquito joven que todavía no es Chiquito.”Florencia Cabral
Si algo le reprocho a «El otro Chiquito» es que, tal vez por tratarse de un caso todavía fresco en la memoria de los españoles, se queda un poco corto a la hora de profundizar en los vericuetos legales. Pero, en compensación, deja algo que para mí vale oro: la sensación de que la risa, cuando es verdadera, nunca es del todo de quien la inventa. Pertenece también a quien la recibe, a quien la imita y, por qué no, a quien se pelea por ella en un juzgado. Como lectora y como espectadora, salí de la sala con una sonrisa y con ganas de volver a poner en el reproductor los cassettes, perdón, los videos del maestro. Y eso, a esta altura de la vida, es mucho más de lo que uno esperaba encontrar en un documental sobre un juicio.
