Terranova, el mar y un secreto que no quiere aflorar: así es la serie que tiene a Josh Hartnett pegado a las redes
La miniserie canadiense conquistó a la audiencia con su mezcla de misterio sobrenatural y drama familiar en un pueblo pesquero rodeado de frío. Recorrido por una historia que devuelve al actor a un lugar protagónico tras años de papeles secundarios.
Hay una imagen que se repite mucho en estas últimas semanas en las pantallas de miles de argentinos y que tiene más de viento salado que de living room: la de un pueblo de pescadores colgado del Atlántico, con casas de madera que parecen resistir a pura obstinación contra el gris permanente del cielo, y un hombre en el muelle que mira el agua como quien le tiene miedo pero no puede dejar de mirarla. Esa imagen es la puerta de entrada a Bajo la superficie, la miniserie canadiense que en apenas cuatro días se llevó 17 millones de visualizaciones en la plataforma y se metió, sin hacer ruido, en la conversación de los que todavía creen que una buena historia de seis episodios bien contados le puede ganar de mano a cualquier blockbuster de doce horas.
Para mí, lo primero que llama la atención es ver a Josh Hartnett otra vez en el centro de la escena, ya no como el joven galán de Pearl Harbor o de Operación Valquiria, sino como un tipo curtido, con cara de cansado y de cansado de mucho más que un día largo, un padre de familia que carga con la muerte reciente de su viejo y con un pueblo entero que depende de lo que él pueda sacar del agua. La serie sabe aprovechar muy bien eso: le devuelve al actor un cuerpo, un acento y un paisaje, después de años de papeles secundarios que no le terminaban de hacer justicia.
Un pueblo chico, un misterio enorme
La historia arranca en Snooks Arm, una localidad costera de Terranova que en la vida real existe y que la producción eligió como locación para que el lugar no quedara en decorado de estudio. Allí vive Calvin Penney, el personaje de Hartnett, un pescador que va tirando la vida como puede hasta que empiezan a aparecer señales raras en el mar que no hay manera de explicar con la experiencia de toda una vida subido a un barco. Y acá aparece el motor de la serie: la tensión entre lo que se puede medir y lo que se siente, entre la ciencia que llega de afuera y el saber acumulado de generaciones que han peleado contra ese océano.
Del otro lado de esa tensión está Fonda Howander, la investigadora marina a la que le pone cara y cuerpo Mackenzie Davis, un nombre que a los lectores de cuarenta para arriba les va a sonar por su paso por Black Mirror o por Tully, y que acá se luce con una científica conurbada, un poco de impermeable y un poco de traje de, que llega al pueblo a buscar respuestas racionales y se encuentra con gente que ya tiene las suyas, bastante menos amables.
- La amenaza del mar funciona como espejo de los conflictos familiares no resueltos del protagonista.
- El aislamiento geográfico del pueblo define el ritmo: sin ayuda externa, los vecinos son la única red de contención.
- La producción filmó en Terranova para que el paisaje no quedara en un decorado de estudio.
- El terror es más de atmósfera que de sobresaltos, con el suspenso sostenido fuera de campo.
Un thriller íntimo con olor a sal
Lo que me termina de conquistar de Bajo la superficie es que nunca elige entre ser una historia de monstruo en el agua o un drama de gente rota intentando arreglárselas. Decide ser las dos cosas al mismo tiempo, y ahí está la gracia: el mar no es el malo de la película ni el símbolo de nada, es un personaje más, con sus propios tiempos, sus propias rabias y sus propios secretos. Y cuando uno termina el tercer episodio y se queda pensando en por qué esa cara de Hartnett mirando la línea del horizonte le resultó tan reconocible, se da cuenta de que la serie le apostó a algo bastante viejo y bastante eficaz: contar una historia chica en un lugar chico, con actores grandes dejándose afectar por el viento.
Mi opinión, para cerrar: si te copan las series que no te gritan el sobresalto en la oreja, que prefieren el silencio del mar y una pregunta que se va cargando de sentido episodio a episodio, esta es de las pocas apuestas serias que aparecieron en lo que va del año. La estuve maratonendo un domingo a la tarde, con la ventana abierta para que entrara algo de aire, y me pasó algo que hacía rato no me pasaba con una serie nueva: terminé un capítulo y me quedé mirando la pantalla en negro, esperando un poco antes de empezar el siguiente. Eso, para mí, vale más que cualquier número de visualizaciones.
