Recordar sin anclar: la advertencia de Gabriel Rolón sobre quedar atrapado en lo que ya fue
El psicólogo y escritor repasó el peso de los recuerdos editados y los sueños postergados. Para él, la felicidad no debería vivir siempre en otro tiempo, sino también en el ahora que todavía se puede habitar.
Es una mañana templada en Buenos Aires, con el cielo cubierto y esa luz gris que no termina de decidir si va a llover. Mientras camino hacia el café donde suelo escribir, la radio del kiosco repite una frase que me deja pensando: hay personas que desean más haber sido felices que ser felices. La dijo Gabriel Rolón, y por un momento la frase se mezcla con el ruido de los colectivos y con el aroma a medialunas que sale de la puerta entreabierta de la confitería.
Vuelvo a escucharla con más calma cuando llego a la mesa. El psicólogo y escritor acaba de repasar, en una entrevista, un tema que toca a cualquiera que alguna vez haya cargado sus recuerdos como si fueran la única casa habitable. Para Rolón, los recuerdos cumplen un papel importante: permiten reconocer que hubo momentos buenos, entender el recorrido personal, los esfuerzos hechos y los vínculos que se fueron tejiendo. Sin embargo, aclaró, esa mirada sobre lo vivido puede convertirse en un problema cuando ocupa demasiado espacio y deja poco margen para construir bienestar en el presente.
Una memoria con fotomontaje
Lo que más me llamó la atención de su planteo es la idea de que la memoria no conserva las cosas tal cual ocurrieron. Rolón lo dijo con una imagen muy gráfica: hacemos como una edición, un photoshopeo de los recuerdos. Según explicó, es común que las personas recuerden a sus padres ya fallecidos como si hubieran sido más nobles o más sensibles de lo que fueron en realidad, o que reconstruyan la infancia como una etapa más bella de lo que efectivamente se vivió. Esa operación, frecuente y hasta comprensible, no es inocua: cuando la imagen idealizada se vuelve demasiado potente, sostuvo, puede dejar de funcionar como motor y empezar a funcionar como refugio.
“Hay personas que desean más haber sido felices que ser felices.”Gabriel Rolón
En la mesa de al lado, Carlos, vecino de Villa Crespo, lee el diario y levanta la vista cuando le cuento de qué se trata la nota. Con la franqueza de los que ya juntan varias décadas, me dice que él suele pensar en los veranos de su infancia en Mar del Plata y que cada vez le cuesta más ubicarse en el día que está viviendo. La escena me parece casi una postal de lo que describe Rolón: alguien que reconoce el valor de lo que fue, pero que advierte, al mismo tiempo, el riesgo de quedar mirándolo desde la vereda.
Los sueños, sin postergar la vida
Rolón no habló solo del pasado. También se detuvo en el futuro y en la manera en que muchos solemos alojar la expectativa de bienestar en algo que todavía no llega. Aclaró que los sueños siguen siendo valiosos y que pensar en una felicidad futura no es, en sí mismo, un error. El punto, dijo, aparece cuando esa búsqueda se vuelve una postergación permanente de la posibilidad de sentirse bien ahora. La frase que eligió para resumirlo fue directa: intentemos algo aquí, ahora.
Cuando salgo del café, la mañana sigue gris, pero algo cambió en la manera de mirarla. Pienso en la advertencia de Rolón, que suena casi a consejo de alguien que conoce bien las trampas del alma: no nos bajemos de la vida antes de tiempo. Y me acuerdo de Carlos, que volvió a su diario y a sus veranos en Mar del Plata, pero que esta vez, mientras pedía la cuenta, me dijo que a lo mejor este finde se acerca al mar a ver si el presente también le da motivos para ser feliz.
