Raccoon City, de vuelta en pantalla grande: la nueva entrega de Resident Evil que entiende a quienes jugaron la saga
La película dirigida por Zach Cregger recupera la ciudad maldita de Umbrella con criaturas, linternas y mecanismos de supervivencia que cualquier fan va a reconocer. Un homenaje sin desatender al público que nunca tocó un joystick.
Llegué a la sala con la misma mezcla de expectativa y desconfianza que siente un jugador veterano cuando anuncian una adaptación de su saga favorita. Sonó el proyector, se apagaron las luces y la pantalla mostró lo de siempre: una ciudad que se desmorona, sombras que se arrastran, un tipo solo que tiene que arreglárselas con lo que encuentra en el camino. La nueva película de Resident Evil, dirigida por Zach Cregger, abre la puerta con una imagen que ya es un clásico: las calles vacías de Raccoon City, ese escenario que la saga construyó con paciencia durante casi tres décadas.
El protagonista se llama Bryan y su recorrido es, en gran parte, el mismo que cualquier gamer recorrió alguna vez frente al monitor. Tiene que moverse por una ciudad infestada, atravesar una alcantarilla, pasar por una granja y terminar en un hospital. No es casualidad: Cregger eligió escenarios que funcionan como niveles y los encadenó con la lógica de un videojuego, donde cada lugar guarda un secreto y cada puerta cerrada es un problema más para el personaje.
Los guiños que reconoce cualquiera que haya jugado
También están los accesos bloqueados y las cerraduras que cuestan abrir, una decisión de diseño que en los juegos administra el ritmo del jugador y que acá se traduce en tensión cinematográfica. La linterna es otro elemento clave: Bryan la lleva por la nieve, las alcantarillas y los pasillos del hospital, y cumple la misma función doble de los títulos de Capcom, donde ilumina pero también puede delatar la posición de quien la usa frente a ciertos enemigos.
Las criaturas que Bryan se cruza
Para darle contexto a todo esto, la película suma a dos científicos de Umbrella, la farmacéutica responsable del brote, interpretados por Paul Walter Hauser y Zach Cherry. Funcionan como anclaje narrativo: representan a la compañía que soltó el problema y que ahora intenta, tarde y mal, frenarlo.
El vínculo con la saga iniciada en 1996 aparece en cada decisión del guion. En aquel primer juego, Chris Redfield y Jill Valentine quedaban atrapados en una mansión llena de zombis. La secuela del año siguiente llevó la acción a Raccoon City con Claire Redfield y Leon S. Kennedy. Cregger no cuenta de nuevo esas historias, pero las usa de fondo: la ciudad, las criaturas y los mecanismos de supervivencia son un reconocimiento explícito a quienes recorrieron esos mismos pasillos con un joystick en la mano.
Salí de la sala con la sensación de que Cregger entendió algo elemental: que Resident Evil, antes que una historia, es una forma de jugar. Y al llevarla al cine sin copiar ninguna trama conocida, le rinde homenaje a la saga sin atarse a ella. A los que jugamos durante años, nos devuelve los mecanismos que extrañábamos. A los que nunca tocaron un juego, les entrega una película de terror con su propio ritmo. Me quedé conforme, algo que no esperaba decir al salir de una adaptación de Resident Evil.
