Por qué seguimos mirando el celular aunque no haya sonado: lo que explican dos investigadores del CONICET
Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin describen en (Des)Conectados los mecanismos que mantienen la atención pegada a la pantalla y qué consecuencias tienen en la vida cotidiana, sobre todo en los adolescentes.
Son las siete de la tarde de un martes de noviembre y en el colectivo 29, que cruza Caballito hacia el centro, hay una mujer de unos cincuenta años que cada dos minutos gira el celular sobre el muslo, lo mira de reojo y lo vuelve a dejar boca abajo. No suena. No vibra. Pero ella igual lo controla, como si el aparato le debiera algo. A mí me pasó esta misma mañana, mientras esperaba el café en la confitería de la esquina de mi casa, en el barrio de Once, y me descubrí destrabando la pantalla del teléfono con la excusa de revisar la hora. Eran las nueve y cuarto. Faltaba todavía una hora larga para empezar la jornada.
Esa escena chica, casi sin importancia, es la puerta de entrada a (Des)Conectados, el libro que acaban de publicar el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, donde se preguntan por qué las personas vivimos pendientes del celular incluso cuando no lo estamos usando. La respuesta, me parece a mí, tiene menos que ver con la tecnología y más con lo que pasa adentro de nuestras cabezas.
La notificación que nunca llega
Ballarini y Bonnin describen lo que llaman notificaciones fantasma: esa sensación de que el teléfono vibró en el bolsillo, ese impulso de revisarlo y descubrir que no entró ningún mensaje. Lo que ocurre, explican, es que nuestro cerebro aprende a esperar avisos todo el tiempo y empieza a interpretar cualquier roce de la tela, cualquier ruido cercano, como una señal posible del aparato. La expectativa se vuelve tan fuerte que termina fabricando la ilusión del aviso. En el barrio de Villa Crespo, Jorge, un vecino de 48 años que trabaja en una imprenta, me decía el otro día que ya no recuerda cómo era viajar en subte sin mirar la pantalla cada dos estaciones. Para él, dice, es como un reflejo, casi como pestañear.
Los autores aclaran que no hace falta estar enganchado a una red social ni depender de un chat laboral para que esto pase: alcanza con haber entrenado al cerebro para esperar novedades digitales. Y eso, en la vida de familia, se nota. Las cenas se interrumpen, las conversaciones se cortan a la mitad porque alguien gira el celular para ver quién escribió, y los más chicos miran la pantalla debajo de la mesa creyendo que los adultos no se dan cuenta.
El miedo a quedarse afuera y la ansiedad en los adolescentes
Una de las claves del libro es el FOMO, el miedo a quedar afuera, que los autores traducen como el temor a perderse conversaciones o actividades que están ocurriendo en el mundo digital. Para los adolescentes, dicen Ballarini y Bonnin, perder el acceso a los chats del grupo puede sentirse como una exclusión social concreta, casi como quedarse afuera de la propia clase en el recreo. La preocupación no es solamente por las actividades que se están perdiendo, sino también por los intercambios en los que no pueden participar.
Lo que me preocupa, como madre y como vecina, es que esa ansiedad no se queda en la pantalla. Los investigadores relacionan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención en las tareas cotidianas. Estar pendiente del celular, sostienen, consume recursos mentales que ya no quedan disponibles para estudiar, para escuchar al otro, para registrar lo que pasa alrededor. En definitiva, la atención que se le da al dispositivo se le quita al resto de la vida.
Reconocer el hábito para empezar a cambiarlo
Ballarini y Bonnin insisten en que reconocer la dependencia es el primer paso, y aclaran que no se trata solamente de contar cuántas veces se desbloquea la pantalla: importa también advertir la preocupación por perderse algo y la expectativa constante de que llegue un mensaje. Las pantallas, dicen, alojan conversaciones, vínculos y actividades que son parte de la vida diaria, y por eso dejarlas no siempre se vive como soltar una herramienta, sino como ausentarse de un lugar.
Su planteo apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos terminen concentrando todo el esfuerzo de pensar. Antes de cerrar la nota me quedo pensando en aquella mujer del colectivo 29, en la forma en que giraba el celular sobre el muslo sin que nadie la hubiera llamado, y en la mía propia, esta mañana, en la confitería de Once, revisando la hora cuando todavía no era hora de empezar. Son gestos pequeños, casi invisibles, pero estos investigadores del CONICET nos están diciendo que cuentan. Y que, si los miramos de frente, tal vez empecemos a recuperar un poco de la atención que les estamos regalando a las pantallas.
