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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Pipa, el balneario de los acantilados rojos y los delfines que llegan solos a la orilla

Sobre la costa de Río Grande del Norte, el pueblo que los surfistas brasileños descubrieron en los años ochenta conserva once playas con perfiles muy distintos y una escala humana que se va perdiendo en el resto del litoral brasileño.

Por Paula IturriozAmbiente y agua · · hace 31 d
Pipa, el balneario de los acantilados rojos y los delfines que llegan solos a la orilla

Pipa creció despacio desde que los surfistas la descubrieron en los años ochenta y hoy suma once playas con perfiles que no se parecen entre sí: hay sectores de olas fuertes para correr tabla, pozas naturales donde el agua se aquietra, un arco de acantilados colorados que recortan la costa y un tramo de dunas extensas al cruzar el río hacia el sur. La localidad está en el estado de Río Grande del Norte, sobre la costa noreste de Brasil, y el acceso desde Buenos Aires es directo a Natal, con un traslado posterior por tierra de alrededor de una hora y media hasta el pueblo. Los precios de alojamiento van de los 50 dólares la noche en las opciones más sencillas hasta los 400 en temporada alta.

Un nombre que viene de un barril

El topónimo tiene una explicación concreta. Los portugueses que llegaron a esta costa en el siglo XVII divisaron desde el mar un acantilado con forma curva que les recordó a los barriles de madera que transportaban en sus barcos. En portugués de Portugal, pipa significa exactamente eso, y con el paso de los siglos la palabra quedó pegada al pueblo.

Durante décadas, Pipa fue territorio casi exclusivo de pescadores. En los años ochenta la descubrieron los surfistas, el rumor se extendió y el lugar empezó a crecer sin perder del todo la escala humana que lo distingue de otros destinos de playa del Brasil. La costa se organiza en once playas con su propio carácter, y conviene leerlas como un menú antes de elegir dónde instalarse.

Once playas, once perfiles

  • Praia do Amor: la más fotografiada, debe su silueta a la forma de corazón que dibuja vista desde lo alto del acantilado; el oleaje es más intenso que en el resto y es la preferida de los surfistas; se llega por una escalera tallada en la roca durante la marea alta o caminando por la arena cuando el mar se retira.
  • Praia do Centro: la versión más calma, con aguas tranquilas, pozas naturales que aparecen con la bajante y una hilera de barcos de pescadores que siguen trabajando junto a los turistas.
  • Baía dos Golfinhos: los delfines se acercan a comer cerca de la orilla y se pueden ver sin excursión ni guía.
  • Tibau do Sul y el sur del río: al cruzar en balsa se abren dunas extensas, cajueiros entre los médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim.

Cómo moverse y cuánto sale

Para quienes se animan a moverse un poco más, cruzar en balsa hacia Tibau do Sul abre otro paisaje: dunas extensas, cajueiros entre médanos y playas de nombres poco conocidos como Malembá, Barreta y Camurupim. El paseo en buggy por ese litoral cuesta desde 85 dólares por vehículo, hasta cuatro personas, y puede extenderse a versiones de día completo por alrededor de 110. El ferry que cruza el río suma unos 2 dólares por persona.

La gastronomía local tiene su propio ritmo: la mayoría de los locales abre recién a media tarde y reserva la mañana para el mar. Sobre la avenida Baía dos Golfinhos la franja vespertina se transforma en mesas al aire libre y música en vivo, y el plato de referencia de la cocina potiguar, como se llama a la del Río Grande del Norte, es la moqueca, un guiso de pescado que concentra el repertorio del litoral.

PI
Paula IturriozAmbiente y agua

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