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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Los tres duelos cotidianos que Benjamin Franklin dejó escritos y que siguen vigentes en la era del celular

Discreción, perdón y tiempo: una sentencia del siglo XVIII vuelve a cobrar sentido en medio de la sobreexposición digital y la dispersión permanente. Un repaso por las tres batallas internas que, según el estadista y científico, definen el autocontrol de cualquier persona.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 31 d
Los tres duelos cotidianos que Benjamin Franklin dejó escritos y que siguen vigentes en la era del celular

La mañana en Buenos Aires arrancó con ese cielo gris y húmedo que se pega a la piel, y mientras caminaba por el barrio de Once me crucé con Daniel, un vecino de toda la vida, que me dijo sin rodeos: hoy no tengo un minuto libre, pero no avancé en nada. La frase me resonó como un eco de algo mucho más viejo, una observación que lleva casi tres siglos dando vueltas en la cabeza de la humanidad, y que sin embargo parece escrita para este momento.

La frase que sigue interpelando

Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo. Detrás de esa sentencia atribuida a Benjamin Franklin, una de las figuras centrales de la Ilustración estadounidense, se esconde mucho más que una máxima de calendario: hay una teoría entera sobre cómo funciona el autocontrol humano, y por qué se vuelve cada vez más cuesta arriba sostenerlo en la vida diaria.

Lejos de tratarse de consejos de autoayuda ni de frases bonitas para enmarcar, los tres puntos que Franklin dejó señalados apuntan a una misma habilidad central: gobernar los propios impulsos frente a la tentación constante de soltar lo que conviene sostener, cobrar lo que ya se debería haber soltado o regalarle el día a lo urgente sin elegir qué hacer con él.

Tres batallas internas con nombre propio

  • Guardar un secreto implica renunciar a la gratificación inmediata de compartir información privilegiada, porque revelar datos reservados produce una sensación pasajera de protagonismo que muchas veces se confunde con intimidad.
  • Perdonar un agravio no es justificar el daño ni borrarlo de la memoria, sino soltar el peso emocional que consume energía mental, porque el resentimiento ocupa recursos cognitivos propios de quien lo sostiene y no de quien lo provocó.
  • Aprovechar el tiempo parte de una premisa simple y cruda, que a diferencia del dinero o los objetos, las horas no se recuperan, y que estar ocupado no garantiza haber avanzado porque la actividad constante y el uso inteligente del tiempo son cosas distintas.
“Las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.”Benjamin Franklin

En la práctica, sostiene la psicóloga, sostener la discreción es también un acto de respeto hacia quien confía algo privado, porque cada confidencia supone un compromiso ético que va mucho más allá de la comodidad del momento y que se vuelve especialmente difícil cuando la sobreexposición en redes sociales presenta la reserva como algo casi raro, cuando no directamente anticuado.

Lo mismo ocurre con el perdón, que en la lectura actual funciona como una herramienta para liberar el peso emocional y recuperar el control sobre la atención y el bienestar personal, que de otro modo quedan atados de por vida a las acciones de terceros y a la decisión ajena de seguir lastimando o de dejar de hacerlo, lo que suele ser todavía más agotador.

Y ahí aparece el tercer punto, el del tiempo, que Franklin describía como un activo no renovable y que hoy, en pleno siglo XXI, enfrenta una presión inédita porque diversas industrias compiten de forma activa y sistemática por capturar la atención de las personas durante el mayor tiempo posible, a través de pantallas, notificaciones y algoritmos diseñados para que uno no suelte el teléfono ni un segundo.

La diferencia entre estar ocupado y aprovechar el tiempo, coinciden los especialistas consultados, la marca la alineación entre los propósitos personales de cada uno y las decisiones que se toman hora a hora, porque nadie vuelve a fin de año lamentando haber trabajado demasiado, sino lamentando haber dicho que sí a todo lo que le presentaron sin preguntarse antes qué era lo que realmente quería hacer con su propia vida.

La raíz común: el autocontrol como músculo

Los tres desafíos que Franklin dejó señalados comparten, en el fondo, una raíz común que los une y los explica: el autocontrol, que no consiste en negar los impulsos naturales ni en reprimirlos como si fueran enemigos, sino en ejercitar de manera sostenida la capacidad de tomar decisiones conscientes frente a ellos, incluso cuando lo más fácil, lo más tentador o lo más rápido parece tirar para el otro lado.

Esa práctica, subrayan los expertos, no es un rasgo de personalidad fijo ni un don que se tiene o no se tiene de nacimiento, sino una habilidad que se entrena con pequeñas decisiones cotidianas, y que cuando se la cuida se nota en la calidad de los vínculos, en la salud mental y hasta en la manera en que uno vuelve a su casa cada noche, con la sensación de haber estado presente en lo que hizo en lugar de haber pasado el día en piloto automático mirando la pantalla del celular.

Cuando me despedí de Daniel en la esquina de Corrientes, ya con el sol tibio que se asomaba entre las nubes, me dijo algo que me quedó dando vueltas mientras seguía caminando: hoy entendí que estuve todo el día ocupado, pero no aproveché ni una sola hora. La frase de Franklin, escrita hace casi trescientos años, volvió a pegarme en el pecho como si la hubiera escuchado por primera vez, y entendí que mientras sigan existiendo personas como Daniel, dispuestas a reconocerlo en voz alta y en plena calle, la sentencia del viejo Benjamin va a seguir teniendo tanta vigencia como el primer día.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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