Lo que Messi le deja a una mesa familiar que ya no quiere hablar solo de fútbol
La retirada del capitán de la selección abre una conversación que Verónica y Florencia Andrés vienen planteando hace tiempo en ¡Messirve!: cómo usar su carrera para charlar con los chicos sobre esfuerzo, error y vínculos.
Es un mediodía cualquiera en un barrio porteño y en la mesa de los Pereyra todavía se habla de la noticia que sacudió la semana: Lionel Messi anunció que se va de la selección argentina y la sobremesa se llenó de recuerdos, pero también de preguntas. Yo me acerco hasta el comedor de la casa de Carlos Pereyra, en Villa del Parque, y lo encuentro con la taza de café en la mano y la mirada puesta en la ventana, como si todavía estuviera procesando lo que vio por televisión.
El cielo de Buenos Aires está gris, con esa llovizna finita que no termina de caer y obliga a quedarse adentro, y eso parece haber extendido la sobremesa más allá de lo habitual. Carlos me cuenta que su hijo menor, Tomás, de nueve años, le preguntó anoche por qué se va el diez si todavía puede jugar, y que la pregunta lo dejó pensando. No es una pregunta sobre fútbol, me dice, es una pregunta sobre cuándo se termina algo que uno quiere mucho.
Esa conversación casera es exactamente la que vienen promoviendo desde hace tiempo Verónica de Andrés y Florencia Andrés, autoras de ¡Messirve! (Ediciones B), un libro que usó la figura del capitán rosarino como hilo conductor para hablar de valores que se pueden llevar a la vida cotidiana, sin idealizarlo ni convertirlo en estatua.
Talento, pero sobre todo disciplina
Uno de los ejes que las autoras rescatan es la distancia entre el talento y el trabajo sostenido. Messi dijo alguna vez que ser un éxito de la noche a la mañana le llevó diecisiete años y ciento catorce días, una frase sin dramatismo que condensa algo que en la Argentina muchas familias conocen de cerca: lo que parece un golpe de suerte casi siempre tiene historia invisible detrás.
- La diferencia entre talento y disciplina, con el ejemplo concreto de los años de formación del jugador.
- El vínculo con el error: la excelencia no es perfección sino la pregunta sobre cómo mejorar la próxima vez.
- El peso de la familia como reguladora del estado de ánimo y como transmisora de valores.
- El lugar del equipo: la insistencia del capitán en que sin compañeros no habría logrado nada.
Carlos Pereyra, mientras tanto, sigue dando vueltas a la pregunta de su hijo. Lo que más le interesa, me dice, no son los goles ni los títulos, sino la manera en que Messi siempre volvió a pararse después de una derrota, y eso le parece algo que vale la pena enseñar en la casa y en la escuela.
“Los resultados visibles tienen historia invisible detrás, y eso los chicos lo entienden mejor cuando se lo contás con alguien que conocen.”Carlos Pereyra, vecino de Villa del Parque
La despedida de Messi cierra un ciclo largo y deja a familias como la de los Pereyra con una tarea concreta: decidir cuál de esos ejemplos quieren volver a contar en la próxima sobremesa. Yo me despido en la puerta de la casa, con la llovizna que sigue cayendo finita sobre la calle, y me quedo pensando que tal vez la mejor herencia de un jugador no está en los goles sino en las preguntas que le dejó a un nene de nueve años mirando a su padre.
