La momia de 1999: cuando Brendan Fraser y Rachel Weisz le sacaron polvo a la aventura ochentosa
Stephen Sommers rescató al monstruo clásico de Universal y lo mandó a Hamunaptra con un aventurero de acción, una egiptóloga con manchas de tinta y un sacerdote dispuesto a vengarse de todo el mundo. Acá va el mapa completo de la trilogía que empezó en los noventa y se apagó en 2008.
Volvé por un segundo a la sala oscura del videoclub de tu barrio, esa donde las cajas de DVD brillaban bajo la luz de neón y el cartel de un ojo gigante te prometía sustos imposibles. Eso es exactamente la sensación que deja la primera escena de La momia cuando arranca en 1999: polvo, antorchas, excavadoras y un desierto que parece sacado de un cuento. Ahí está Brendan Fraser, con su sonrisa enorme y algo desprolija, metido en un calabozo del Medio Oriente, a punto de que un guía con cara de pocos amigos le cambie la vida a cambio de una botella de whisky. Esa imagen inicial, medio roñosa y muy simpática, marca el tono de todo lo que viene después: una aventura que se anima a mezclar acción, terror, comedia y romance sin pedirle permiso a nadie.
Un aventurero, una egiptóloga y una maldición muy enojada
Lo que Sommers armó en esa película fue una vuelta de tuerca al monstruo clásico que Universal había popularizado décadas atrás. Pero en vez de tratarlo como una pieza de museo, lo empujó a un relato con dos protagonistas que se gustan sin querer, pelean sin parar y terminan cubriéndose la espalda cuando las cosas se ponen feas. Rick O'Connell es el tipo de héroe que funciona mejor cuando todo le sale mal: carismático, medio bruto, siempre con una salida humorística para bajar la tensión. Evelyn Carnahan, en los pies de Rachel Weisz, es la contraparte perfecta: una especialista en jeroglíficos que se tropieza con sus propios pies, que manosea pergaminos con la misma delicadeza con la que se toma un té, y que igual termina siendo la que descifra el mapa que los lleva a Hamunaptra.
La excusa para juntarlos es una de las más nobles del cine de aventuras: una expedición arqueológica. Los dos llegan a la llamada Ciudad de los Muertos esperando encontrar respuestas, no problemas, y se topan con la tumba de Imhotep, un sacerdote del antiguo Egipto que carga con una maldición que ya le había costado la vida una vez. Cuando esa maldición se rompe, Imhotep vuelve al mundo de los vivos con muy malas pulgas y con un ejército de momias dispuestas a hacer lo que él ordene. La expedición, que había empezado como un viaje académico, se transforma en una carrera contrarreloj para detener a un villano que quiere venganza y, de paso, traer el apocalipsis.
Fraser ya llegaba con una carrera construida en papeles de acción, mientras que Weisz se venía afianzando como una actriz que le daba volumen a cualquier personaje. En la previa a La momia, Sommers había dirigido films como Deep Rising y Huckleberry Finn, y dejaba clara su fascinación por los monstruos grandes, los efectos prácticos y el humor físico. Ese ADN se nota en cada decisión de la película: las trampas en las tumbas, las arenas movedizas, los escorpiones en escenas que parecen diseñadas para hacerte cosquillas en el estómago. Y en el medio, casi como si nada, un romance que va creciendo entre bromas, discusiones y alguna que otra vez que se salvan la vida mutuamente.
Una trilogía con arranque, continuidad y un final abierto
El éxito de aquella primera entrega fue tan grande que Universal no tardó en pedir más. En 2001 llegó El regreso de la momia, que retomó a Rick y Evelyn ya instalados como pareja y con un hijo en camino, y volvió a poner a Imhotep en el centro de la escena con una escala todavía más ambiciosa. Siete años después, en 2008, se estrenó La momia: La tumba del emperador Dragón, que cambió la geografía de la saga y se mudó a China con Jet Li como nuevo villano y una historia centrada en la búsqueda de la inmortalidad. Las tres películas comparten el pulso aventurero y el cruce de géneros de la original, aunque cada una fue ajustando la fórmula a su manera.
- 1999: La momia, dirigida por Stephen Sommers, con Brendan Fraser y Rachel Weisz, presenta a Rick O'Connell y Evelyn Carnahan en su primera expedición a Hamunaptra y marca el regreso de Imhotep como amenaza principal.
- 2001: El regreso de la momia profundiza la relación entre los protagonistas, suma al personaje de su hijo Alex y vuelve a poner a Imhotep como motor del conflicto con una puesta en escena más ambiciosa.
- 2008: La momia: La tumba del emperador Dragón traslada la acción a China, incorpora a Jet Li como el emperador Han y cierra la trilogía original con un cambio de escenario y de villano, sin perder la combinación de acción, terror y aventura.
La influencia más visible de la película, y que el propio material reconoce sin vueltas, es Indiana Jones. La mezcla de exploración, riesgos físicos y romance está calcada del modelo que Steven Spielberg popularizó, pero Sommers le agrega algo distinto: un humor más físico, una buena cuota de terror con la momia convertida en un villano que parece sacado de una pesadilla, y una pareja protagonista que no para de discutir mientras huye de tormentas de arena, escarabajos gigantes y maldiciones milenarias. Esa combinación es la que volvió a La momia una película para ver más de una vez, en distintas edades y con distinta compañía.
Para quien se quiera acercar a la trilogía, el consejo es empezar por la primera entrega. Ahí se conocen los personajes, se entiende por qué Imhotep es tan peligroso, se descifra la maldición que une toda la saga y se esa sensación de aventura clásica con un toque de humor muy noventoso. Lo demás se va completando después. Y sí, lo confieso: cada tanto, cuando pasan La momia por la tele, me dejo tentar. Hay un placer culpable en ver a Fraser esquivando arenas movedizas, a Weisz peleándose con un escorpión del tamaño de un perro y a un villano que vuelve de la muerte con muy mal humor. Después de todo, son más de dos décadas de una saga que sigue dando ganas de volver a Hamunaptra.
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