La herencia silenciosa: cuando lo que los padres sueñan se vuelve mochila para los hijos
La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, asegura que las expectativas familiares pueden transformarse en exigencias imposibles de satisfacer. Un recorrido por los mandatos que pesan en la crianza y que muchas veces sobreviven en la vida adulta.
Son las siete de la tarde de un martes gris en Buenos Aires, con esa llovizna finita que no termina de decidirse, y en la cocina de un departamento de Villa Urquiza, Marta, vecina del barrio desde hace más de veinte años, me cuenta que todavía hoy, a los cincuenta y cuatro años, escucha la voz de su madre cada vez que tiene que tomar una decisión importante. No es una voz que la ataque, aclara mientras ordena unos papeles sobre la mesa, sino una voz que pregunta, que sugiere, que deja entrever una decepción silenciosa si las cosas no salen como ella hubiera imaginado. Esa escena, tan cotidiana como entrañable, es exactamente el punto de partida de las reflexiones que la psicóloga Cynthia Wila despliega en su ensayo La culpa, publicado por Paidós, y que me parece valioso compartir porque toca una de las preguntas más incómodas que podemos hacernos como madres, padres, hijos e hijas: cuánta responsabilidad cargamos por cosas que en realidad son expectativas ajenas que fueron cayendo sobre nuestros hombros sin que nadie las pidiera en voz alta.
Wila parte de una idea que parece simple pero que cuesta poner en práctica: preguntarnos qué parte de lo que nos reprochamos responde a nuestras propias decisiones y qué parte es el eco de deseos que otras personas depositaron en nosotros, muchas veces con la mejor de las intenciones. La autora advierte que las aspiraciones de los padres pueden incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar, y que cuando esas metas se trasladan a los hijos aparece una demanda que, desde su perspectiva, resulta imposible de satisfacer, porque nadie puede cumplir con los sueños pendientes de otra persona, por más afecto con que se transmitan.
El peso de un pedido dicho con cariño
Hay algo en la crianza que solemos pasar por alto, y la psicóloga lo señala con mucha claridad: no hacen falta palabras hirientes para generar una carga enorme. Un pedido expresado con dulzura, una pregunta inocente sobre qué vas a estudiar, una observación sobre cómo le fue al primo que se recibió de abogado o a la vecina que compró su casa antes de los treinta, pueden dejar abierta la misma inquietud, la de no saber bien qué esperan los adultos de uno y qué habría que hacer para conseguir su aprobación. Para Wila, esa búsqueda permanente puede convertirse en una fuente inagotable de angustia y de culpa, sobre todo cuando la persona no distingue si el deseo de estudiar una carrera, de casarse, de tener hijos o de elegir un trabajo es realmente propio o es el eco de un mandato familiar que lleva décadas sonando.
“Cuando el pedido se dice con cariño, la presión no desaparece; muchas veces se vuelve más difícil de identificar, porque se confunde con cuidado y con amor.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa (Paidós)
Normas que cuidan y mandatos que aprisionan
Wila distingue con cuidado dos cosas que a menudo se mezclan en la conversación familiar. Por un lado están las normas que ayudan a convivir, las que ponen límites a la agresividad, las que enseñan a respetarnos, a compartir, a hacernos cargo de nuestros actos. Esas normas, explica, son necesarias y hasta saludables. Pero hay otras, a las que llama mandatos, que no regulan la convivencia sino que restringen las elecciones personales, las que dicen cómo hay que vivir, qué profesión hay que elegir, con quién hay que casarse o qué tan lejos está permitido llegar. Y lo más importante que señala es que muchas de esas exigencias quedan asociadas, desde la infancia, al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, de modo que las decisiones adultas pueden quedar condicionadas por ese temor, sin que la persona se dé cuenta.
La culpa que se muda a la adultez
Estas presiones, según cuenta la especialista, no desaparecen mágicamente al cumplir dieciocho años ni al irse del hogar paterno. Wila sostiene que las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, como una especie de fiscal interno que sigue funcionando mucho después de que los padres dejaron de formular la exigencia en voz alta. Por eso, en la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien que la diga desde afuera, y la persona sigue buscando aprobación donde antes la buscaba de chico. Frente a ese mecanismo, la propuesta de la autora es bien concreta: detenerse a pensar qué está pasando, examinar la responsabilidad efectiva por los propios actos y revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo que termina volviéndose una costumbre.
Vuelvo a la cocina de Marta en Villa Urquiza, donde la llovizna sigue cayendo fina sobre los balcones del barrio. Me dice que, después de años de sentirse culpable por cada paso que daba fuera del guion que imaginó su madre, hace poco empezó a hacerse esa pregunta que propone Wila: de todo lo que me reprocho, ¿qué es realmente mío y qué es de ella? No tiene una respuesta terminada, me aclara, pero por primera vez siente que la mochila pesa un poco menos y que tiene permiso para mirar qué sueños son los suyos. Quizá de eso se trata, le digo, y me quedo pensando que si la culpa es una herencia que muchas veces recibimos sin pedirla, también puede ser una herencia que decidamos dejar de transmitir, empezando por preguntarnos, con honestidad y con cariño, qué les estamos pidiendo a los que vienen detrás.
