La frase que define todo lo que Naruto es: el día que su director eligió no traicionar a Kishimoto
Hayato Date, director del anime, reveló que desde el primer episodio hubo presiones internacionales para moldear la serie. Optó por lo contrario: contar la historia tal como la pensó el mangaka, aunque eso le costara quejas en el mercado más grande fuera de Japón.
Me lo imagino a Hayato Date sentado en aquel de producción —perdón, en aquella sala de reuniones del estudio— con la traducción simultánea sonando en sus auriculares y una lista de pedidos que llegaba desde afuera. Eran los primeros años dos mil, Naruto ya era un fenómeno editorial en el país, y todo el mundo tenía una opinión sobre cómo debía verse en pantalla. Pero la presión no venía solo de adentro: medios de prensa de Estados Unidos y de otros países se habían sentado en la conferencia de producción, atentos como nunca a una serie animada japonesa. Date, que ya tenía en el currículum la dirección de Naruto y antes había estado al frente de Hellsing, reconoce hoy, con una honesty que sorprende, que esa presencia internacional lo condicionó desde el arranque. Y sin embargo, decidió no hacerle caso.
Lo contó él mismo, en una presentación en Anime India, con una frase que sirve para entender toda la serie: “Para ser sinceros, cuando hicimos Naruto, incluso entonces, ya había una gran presión para hacer que la serie vendiese bien fuera de Japón.” Ahí nomás, antes de que nadie pudiera suavizarlo, el director estaba admitiendo lo que cualquier productor japonés de la época hubiera preferido callar: que las decisiones se tomaban mirando de reojo a Occidente. Pero entonces vino la parte que importa, la decisión que define cuarenta años de carrera.
“Simplemente no se puede crear algo si te estás preocupando constantemente sobre gustar a la audiencia extranjera.”Hayato Date, director del anime de Naruto
La pregunta que ordenó todo
El equipo, según contó Date, se hizo una sola pregunta antes de cada decisión: qué necesitaba la serie para funcionar en Japón. Lo demás —el mercado europeo, el latinoamericano, el norteamericano, los foros de fans que ya empezaban a multiplicarse en internet— quedó en un segundo plano que el director se negó a atender. No es que ignorara al público global, ojo: es que entendió, con una lucidez que el tiempo le terminó dando la razón, que una obra que se cocina pensando en todos termina sin sabor para nadie.
Las kunai, las quejas y un mercado que igual compró todo
La consecuencia más visible de esa postura fue el escándalo que se armó en Estados Unidos por el uso de armas de filo —kunai, shuriken, espadas— en las peleas de los ninja. Hubo quejas formales, hubo pedidos de censura, hubo discusiones en foros y en cadenas de televisión. Date las miró pasar y las dejó pasar. “Si quitas los kunai, ya no es Naruto”, dijo, con esa claridad tajante que tienen los artistas cuando saben exactamente dónde está la línea que no están dispuestos a cruzar. Su objetivo, insistió, era que el público extranjero viera la serie tal cual era, sin retoques que la hicieran digerible pero irreconocible. Y los números le dieron la razón: Naruto se convirtió, junto a Dragon Ball y One Piece, en uno de los animes de mayor alcance global de las últimas décadas —y eso sin haber cedido un milímetro en su identidad.
La pregunta que vuelve, ahora con película de carne y hueso
Hoy la discusión se reabrió con otra piel. Está en marcha una adaptación a película de acción real bajo la dirección de Destin Daniel Cretton —el mismo de Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos—, y la pregunta que flota es inevitable: ¿se mantiene la obra intacta, con sus armas de filo incluidas, o se la adapta para un mercado que, se sabe, es más quisquilloso con la violencia? Date construyó Naruto desde la autenticidad de la fuente, desde lo que Masashi Kishimoto escribió en sus páginas, y esa decisión fue, a la larga, la que volvió a la serie inmortal. El equipo estadounidense que tome el relevo va a tener que decidir si honra ese camino o toma otro, y me da la sensación —es una opinión, y me la banco— de que cualquier intento de “suavizar” a Naruto para que no ofenda a nadie va a terminar produciendo algo que ya no es Naruto.
Y acá me permito la primera persona, porque este tema lo pide: hace años que vengo pensando que las mejores versiones internacionales de las grandes obras japonesas —el cine de Takeshi Kitano doblado por él mismo, los animes que llegaron sin cortarle las escenas más oscuras, los mangas editados sin alterar el dibujo de Kishimoto o de Akira Toriyama— son las que se respetan. Las que se traducen, sí, pero no se domestican. La frase de Date, “si quitas los kunai, ya no es Naruto”, debería ser una especie de mandamiento para cualquier adaptador: entender que la identidad de una obra no es un detalle que se puede borrar para comodidad de un mercado. Es lo que la hace valiosa en primer lugar.
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