Elegir en serio: dos preguntas que separan lo propio de lo prestado
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio sencillo para distinguir los deseos genuinos de las presiones familiares, sociales y culturales. La idea, respaldada por un metanálisis, es que vivir según los valores propios no es un capricho sino un camino hacia el bienestar.
La mañana en el barrio de Belgrano amanece tibia, con esa bruma que se pega a las ventanillas y un cielo plomizo que amenaza pero no termina de romper. En la vereda de un café de la avenida Cabildo, Marta tiene 52 años, vive en Saavedra, y se sienta a la mesa con el celular en una mano y el ticket del supermercado en la otra. Me dice, mientras ordena un cortado con dos medialunas, que la pregunta más difícil que escuchó en su vida no se la hizo un médico ni un jefe: se la hizo su hijo de 28 años, que volvió de un viaje por Europa con una mochila y ninguna intención de retomar la carrera de ingeniería que los padres soñaron para él. ¿De quién es la vida que estás viviendo?, le soltó. Marta se ríe, le moja la punta de la medialuna en el café y me dice que todavía no sabe la respuesta, pero que ya no puede sacársela de la cabeza.
Dos preguntas que incomodan porque obligan a revisar el guión
Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, en Estados Unidos, viene trabajando hace años con una idea que suena simple pero que a la mayoría de las personas descoloca: la mayoría de las decisiones importantes de la vida se toman respondiendo a un libreto que escribieron otros. Para empezar a separar lo propio de lo prestado, Bedzow propone detenerse frente a dos preguntas concretas. La primera, de quién es la vida que uno está viviendo, suele recibir una respuesta rápida: mías, solemos decir. La segunda, en cambio, quién debería determinar cómo vivimos, genera más silencio, más cruces de piernas y más café a medio tomar, porque obliga a aceptar que el rumbo no está escrito en ninguna parte y que nadie, ni los padres ni los amigos ni la sociedad, tiene la obligación de fijarlo por uno.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, filósofo y director del Emory Purpose Project
Esa comodidad de la que habla Bedzow, la de seguir un camino ya marcado, es la que a veces lleva a vivir durante años un guión ajeno sin haberse preguntado nunca si uno lo eligió o lo heredó. No se trata de tirar a la basura la opinión de los demás ni de encerrarse en un mundo de uno solo. El propio Bedzow aclara que recibir perspectivas externas, como conversar con un colega sobre una oferta de trabajo o escuchar a un amigo que cuestiona una idea sobre una relación de pareja, puede abrir los ojos a cosas que uno no había considerado. La diferencia, insiste, está en quién toma la decisión final y desde qué criterios: si desde los propios, por más imperfectos que sean, o desde los que vinieron dados por la familia, el barrio o la época que nos tocó.
Lo que dice la ciencia: las metas propias se persiguen con más ganas
Un metanálisis encabezado por Sezer y un grupo de colaboradores fue sumando estudios durante años y encontró algo que, mirado con detenimiento, no es tan obvio como parece. Quienes persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar niveles más altos de bienestar que quienes orientan sus objetivos por expectativas de los padres, por presión de estatus o por el viejo miedo a la culpa. No es que los demás no importen: importa, y mucho, el contexto. Lo que el trabajo viene a decir es que cuando la brújula apunta hacia adentro, las personas no solo se mueven: también se sostienen mejor en el tiempo, aceptan mejor los tropiezos y duermen con más tranquilidad. Cuando la brújula apunta hacia afuera, en cambio, el esfuerzo suele ser más corto, más tenso y más propenso a la frustración cuando los demás no reconocen el sacrificio.
La filósofa Susan Wolf, de la Universidad de Carolina del Norte, le puso otro nombre a ese movimiento interno: el sentido de la vida, sostiene, no aparece solo cuando uno satisface un deseo, sino cuando uno se compromete con algo que es genuinamente valioso. Es el paso siguiente, el que se pregunta si lo que se busca merece ser buscado, y no simplemente si se lo quiere. Para Bedzow, esa segunda capa es la que completa el ejercicio: no alcanza con saber qué quiero, también importa saber por qué lo quiero y a qué costo estoy dispuesto a sostenerlo.
- Empezar por las decisiones chicas: elegir qué cenar, qué serie mirar, qué regalarle a un amigo, son entrenamientos diarios para decisiones más grandes.
- Anotar la presión que se siente: escribir si la elección responde a un deseo propio, a un mandato familiar, a un miedo o a la mirada de los demás.
- Escuchar perspectivas sin entregar el control: pedir opiniones está bien, siempre que la decisión final quede en manos de uno.
- Repasar los resultados: cada elección, salga bien o mal, deja información sobre los propios criterios, y esa información vale oro la próxima vez.
Bedzow aclara que la autorreflexión que él propone no tiene nada que ver con quedarse mirándose el ombligo horas en el sillón, sino con revisar, con método, las razones por las que se elige lo que se elige, sopesar alternativas y aprender de los errores. Practicarlo en temas de bajo riesgo, como un menú, un cambio de rutina o un viaje corto, fortalece el criterio para cuando las apuestas son más altas, como un cambio de trabajo, una separación o el regreso de un hijo con la mochila y la cabeza puesta en otro lado. Afuera, en Cabildo, ya escampó. Marta guarda el celular, me mira y me dice, mientras se levanta para cruzar la calle, que va a llamar a su hijo para contarle que la pregunta le llegó, y que esta vez la va a responder ella. La mañana en Belgrano, mientras tanto, sigue su curso: gris, apacible, con olor a café recién hecho y con la rara sensación de que, a veces, las preguntas más simples son las que mueven el piso.
