El susurro de Craven que quebró a Drew Barrymore en la primera escena de Scream
Una nota sobre crueldad animal leída la noche anterior, un director que la usó como detonante y una campaña promocional que engañó a medio mundo: la trastienda de la secuencia que redefinió al slasher hace casi treinta años.
Lo confieso: la primera vez que vi Scream fui una espectadora bastante ingenua. Salí del cine convencida de que había visto una película más del montón, una de esas copias serializadas de Viernes 13 que aparecían en la videoteca del barrio cada dos por tres. Me equivoqué de punta a punta, por supuesto, y tardé un buen rato en entender por qué esa apertura, esa secuencia inicial filmada con una luz doméstica y un teléfono fijo sonando como si fuera una llamada cualquiera, se me había quedado tatuada. Hace poco, releyendo unas notas sobre los rodajes de Wes Craven, me topé con un detalle que le devuelve a la película algo que yo había dado por sentado: el llanto de Drew Barrymore en esa escena es genuino, y no hay ningún truco de cámara ni de actuación detrás. Es, literalmente, el recuerdo de una crueldad real.
Una nota en el diario y un director que sabía escuchar
Cuenta la producción que la noche previa al rodaje de la apertura de Scream, Drew Barrymore estaba en su tráiler hojeando material periodístico cuando se topó con una historia que la golpeó fuerte: el dueño de un perro que había quemado vivo al animal. La actriz habla seguido de su amor por los animales, y según los testimonios que se fueron cruzando con el correr de los años, ese día no pudo sacarse la imagen de la cabeza. Cuando llegó al set y le contó al director lo que había leído, Craven hizo algo que a cualquier director de género le podría haber costado el puesto: en lugar de pedirle que se compenetre con el personaje, le susurraba al oído, mientras la cámara rodaba, una frase aparentemente nimia. Estoy encendendo el mechero, le decía, casi como un mantra. Y Barrymore volvía a quebrarse.
Julie Plec, que por entonces era asistente personal de Craven y después se consagró como creadora de Crónicas vampíricas, recordó desde fuera del set lo que se vivía en aquella jornada. Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: pero qué coño está pasando ahí dentro. Y era Wes, que la estaba animando. La anécdota tiene algo de pequeña leyenda de rodaje, de esas que suelen circular entre equipos técnicos como muestra de oficio, y a la vez dice mucho de un director que entendía el terror como un estado emocional antes que como una lista de movimientos codificados.
El engaño publicitario como parte del guion
Lo que el público argentino que vio Scream en el cine o en VHS probablemente nunca imaginó es que la muerte temprana del personaje de Barrymore no fue solo una decisión estética sino también una operación de marketing perfectamente diseñada. La actriz aparecía en todos los materiales promocionales de la película: afiches, tráiler, notas en revistas, hasta en la tapa del VHS que después terminó en mi casa y en la de miles de familias. La idea, según reconstruyó Richard Potter, por entonces director de desarrollo de Dimension Films, era elemental y arteramente efectiva a la vez. Vas a ver el tráiler y los anuncios y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, vas a pensar que cualquiera puede morir.
La tirada remite directamente al abuelo de todos estos golpes, Alfred Hitchcock, que en Psicosis venía a hacer exactamente lo mismo con Janet Leigh. Pero aquí lo que cambió fue el contexto: el público de los años noventa llegaba al cine saturado de slashers con reglas fijas y sabía, más o menos, quiénes eran los personajes descartables. Matar a la figura más reconocible del elenco era, además de un guiño cinéfilo, una promesa de que esta película no iba a respetar ninguna de esas reglas.
A treinta años del estreno, la escena sigue apareciendo en cualquier ranking que se precie de los grandes del género, y se estudia en escuelas de cine como un ejemplo de cómo tres capas muy distintas (la dirección de actores, el guion y la campaña de difusión) pueden empujar para el mismo lado. Que las lágrimas sean reales, logradas con un susurro incómodo en vez de con un recurso técnico, le termina de dar a la secuencia un aire casi de confesión íntima.
A mí, en lo personal, me reconcilia con una película que en su momento subestimé. Si Craven necesitaba recordarle a su protagonista una noticia horrorosa para arrancarle un llanto verdadero, es porque sabía que el terror funciona mejor cuando se nutre de algo que ya nos duele en la vida real. Y eso, más allá del slasher, del maquillaje y del cuchillo, es lo que sigue haciendo que Scream nos incomode cada vez que vuelve a sonar ese teléfono.
