El shinrin-yoku, la vieja idea japonesa que invita a caminar entre árboles para bajar el cortisol
Nacida en 1982 como respuesta al estrés laboral crónico, la práctica del baño de bosque propone recorrer espacios verdes sin teléfono ni metas deportivas; los estudios muestran cambios en el cuerpo que se explican, en parte, por el contraste con la rutina urbana.
Son las diez de la mañana de un martes húmedo en Buenos Aires y en la plaza del barrio de Belgrano, justo frente a la biblioteca, María Inés, vecina del lugar desde hace veintidós años, camina muy lento entre los jacarandáes sin mirar el teléfono, con los auriculares colgados del cuello y la vista clavada en el follaje. Dice que la médica del hospital le recomendó algo así como una pausa verde después de meses de dormir mal y de levantarse con el pecho apretado, y que por las dudas empezó a venir dos veces por semana, se sienta un rato en un banco, respira hondo y se obliga a no resolver nada. Yo la miro y pienso que esa escena, tan sencilla, se parece bastante a la idea que un país como Japón tuvo hace ya más de cuatro décadas cuando decidió enfrentar el estrés crónico de su población con una herramienta que no era un medicamento ni una técnica sofisticada, sino algo mucho más modesto: caminar despacio entre árboles.
Una receta de 1982 contra el estrés laboral
La historia oficial del shinrin-yoku, que se traduce como baño de bosado, arranca en 1982, cuando Japón atravesaba una etapa de fuerte transformación industrial y urbana y el agotamiento crónico ligado al trabajo se había vuelto un problema de salud pública. Frente a ese cuadro, el gobierno japonés impulsó una estrategia muy concreta: que la gente volviera a pasar tiempo en los espacios naturales del país, esos bosques que siempre formaron parte de la cultura pero que la vida moderna había transformado en paisaje de postal. Lo que se propuso entonces fue bastante simple en su formulación, porque la idea base consistía nada más que en caminar lentamente por un entorno forestal, sin cronómetro en la muñeca, sin objetivo deportivo, sin récords personales, prestando atención a lo que se ve, a lo que se escucha, a lo que se huele y, sobre todo, a lo que se respira.
- El cortisol, una de las hormonas clave del estrés, tiende a bajar después de las caminatas en entornos arbolados, según distintos registros.
- La frecuencia cardíaca muestra cambios favorables y se reduce la actividad del sistema nervioso simpático, ligado a la respuesta de alerta.
- Se estudia la acción de los fitoncidas, compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque todavía sin conclusiones definitivas.
- El contraste con la ciudad parece pesar tanto como el bosque mismo: el silencio relativo, la luz natural y el aire libre forman parte del efecto.
En las décadas siguientes, varios equipos de investigación se dedicaron a medir qué pasaba en el cuerpo de personas que recorrían bosques durante un par de horas, comparándolas con otras que caminaban por ambientes urbanos. Los resultados más consistentes, vale la pena subrayarlo, muestran descensos en indicadores fisiológicos de estrés, cambios en la frecuencia cardíaca y una menor activación del sistema nervioso simpático, que es el que se dispara cuando estamos en alerta. También se puso la lupa sobre los fitoncidas, esos compuestos aromáticos que liberan los árboles como parte de su comunicación química, y se observó que podrían tener alguna influencia sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite sacar conclusiones definitivas, y conviene leerla con prudencia.
“El sistema nervioso responde al ambiente donde funciona, no solo a técnicas o decisiones conscientes, y durante la mayor parte de la historia humana ese ambiente fue natural.”Lectura que repiten los estudios sobre shinrin-yoku
Por qué no hace falta un bosque lejano
Hay una hipótesis que ayuda a entender por qué algo tan aparentemente chico genera efectos tan notorios, y tiene que ver con la sobrecarga de atención que caracteriza la vida cotidiana moderna, esa lluvia permanente de notificaciones, de pantallas, de decisiones pendientes y de estímulos que nos piden respuesta todo el tiempo. El entorno forestal, en cambio, no nos exige esa vigilancia constante, no nos pide reaccionar, y al bajar esa presión la atención pasa de un modo reactivo a uno mucho más tranquilo, que es justamente esa sensación de claridad mental que muchas personas describen después de caminar entre árboles. Ahora bien, hay un dato clave que los propios investigadores suelen repetir y que a mí me parece importante decir con todas las letras, y es que la mayoría de los estudios comparan el bosque con ambientes urbanos, de modo que todavía no se puede separar con precisión cuánto del efecto proviene de los árboles en sí y cuánto de factores asociados como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o, simplemente, el hecho de alejarse unas horas de las obligaciones habituales.
Lo que sí parece sostenerse, y esto es lo que a mí me queda dando vueltas mientras observo a María Inés volver a su banco con el mate servido, es una idea más amplia, casi incómoda si uno se detiene a pensarla, y es que el sistema nervioso responde al ambiente donde le toca funcionar, no solo a las técnicas que aprendemos ni a las decisiones conscientes que tomamos, y que durante la mayor parte de la historia humana ese ambiente fue, por lejos, un ambiente natural. La vida urbana, en comparación, es bastante reciente, y a nuestro cuerpo todavía se le nota que está aprendiendo a habitarla. Por eso el shinrin-yoku, pese a su nombre japonés y a sus casi cuarenta años de existencia, no exige un bosque lejano ni viajes especiales, porque con una plaza arbolada, con media hora sin pantallas y con la voluntad de caminar despacio, algo de ese efecto empieza a aparecer, y la ciencia, con sus tiempos y sus prudencias, ya empezó a registrarlo.
