El poder silencioso del contacto físico: cómo una caricia o una mano tomada bajan el miedo y la ansiedad
Una especialista en Neurociencias Afectivas explica por qué tocar a otro modifica respuestas del sistema nervioso, qué diferencias hay con el autocontacto y de qué manera la cultura marca la distancia entre las personas.
Son las cuatro de la tarde en un consultorio de Palermo y la consulta entra con los ojos húmedos. Me mira, le tiembla la voz y estira la mano antes de terminar la primera frase. La tomo, se queda callada un instante y respira. No es un truco: es la confirmación cotidiana de algo que la ciencia viene estudiando hace años. Aquel gesto mínimo —un contacto físico genuino, ni forzado ni protocolar— puede convertirse en una herramienta concreta para regular el miedo y la ansiedad. Quien sostiene la mano de un chico que tiene miedo, quien abraza a un amigo que atraviesa un duelo o quien simplemente apoya la palma en el hombro de alguien que está quebrado no está sólo cumpliendo un rito social: está interviniendo, sin saberlo, sobre el sistema nervioso del otro.
Lo explica con paciencia de laboratorio y voz de universitaria la doctora Paula Salamone, especialista en Neurociencias Afectivas, que investiga cómo los estímulos que recibe la piel dialogan con el cerebro, la médula espinal y el resto del cuerpo. Para Salamone, el punto de partida es casi obvio pero pocas veces se dice en voz alta: cuando alguien siente miedo o angustia, una mano tomada, un abrazo o una caricia pueden bajar la ansiedad. Y hay una escena que ella repite como ejemplo y que cualquier padre o madre reconoce: la del chico que en plena tormenta toma la mano de un adulto y, a partir de ese contacto, empieza a calmarse. No es capricho infantil: es un mecanismo que empieza a ser entendido por la ciencia.
Cómo interviene el sistema nervioso
El recorrido que hace una caricia desde la piel hasta el cerebro es más complejo de lo que parece. Salamone lo describe como un camino en el que participan receptores cutáneos, vías espinales y regiones cerebrales que procesan el tacto y, al mismo tiempo, el estado emocional de quien lo recibe. Una caricia lenta, un masaje o incluso el simple hecho de tomar la mano de alguien pueden modificar respuestas fisiológicas asociadas al estrés y disparar señales vinculadas a la relajación. Lo notable, según la especialista, es que ese efecto no se explica sólo por la intensidad del estímulo, sino por la calidad del vínculo entre las personas que intervienen en el contacto.
Y acá aparece una distinción clave: tocarse a uno mismo no produce lo mismo que ser tocado por otro. Salamone lo aclara con dos ejemplos de la vida diaria. Una persona que se pasa la mano por el cabello cuando está nerviosa o que se acaricia la barba mientras piensa está usando el autocontacto como forma de regular lo que siente, una estrategia válida y conocida. Pero cuando el estímulo llega desde afuera —la mano de un amigo, la palmada en la espalda, el abrazo inesperado— la respuesta es distinta. El cerebro registra que la fuente del contacto es otra persona y procesa esa información de manera diferente, porque para el organismo no es lo mismo un gesto propio, anticipable, que una señal que llega del entorno y siempre trae un componente de sorpresa.
“Las cosquillas son un buen ejemplo de esa diferencia: cuando uno intenta hacerse cosquillas, el cerebro predice el lugar, el momento y la forma del contacto, y esa previsión baja la sorpresa y la intensidad. Cuando las hace otro, queda un resto de incertidumbre que cambia la sensación, y además forman parte del juego y del vínculo social.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
