El médico que pone en números el miedo a volar: cuando la turbulencia suena peor de lo que es
Conrado Estol, neurólogo, repasó en su columna semanal las claves para pensar el temor a los aviones: mirar radares en vivo, entender que se sacude también con cielo despejado y dejar el alcohol fuera del plan.
Son las siete de la mañana de un miércoles y la fila para sacar el turno en el aeroparque se estira como si fuera la cola del banco un día de pago. La gente mira el reloj, mira el techo, mira el celular. En una de las puntas, una señora le dice a su marido, en voz baja, que ya no quiere viajar más, que la próxima vez vayan en remise hasta Mar del Plata aunque tarden doce horas. Más atrás, un chico de unos treinta años le pregunta a la chica que tiene al lado si las turbulencias son siempre así de feas o si esta vez va a ser peor. Y así, con el runrún de los valijeros y el runrún de los pasajeros, empieza, muchas veces, el verdadero vuelo: el que ocurre antes de subir al avión, con la anticipación, la fila, el check-in y el miedo como si fueran parte del trámite.
La ansiedad empieza en la fila, no en el asiento
Para el neurólogo Conrado Estol, esa sensación que invade a varios pasajeros mucho antes de que el avión se mueva del aeropuerto tiene nombre y apellido: anticipación. En su análisis, explicó que el malestar puede aparecer en los controles, en los trámites migratorios y hasta en el simple hecho de pensar si se va a llegar tarde al embarque, aunque aclaró que la claustrofobia también puede mezclarse en el cóctel y complicar la lectura de lo que se siente. Lo que el médico propuso, entonces, fue correr el foco del miedo hacia la información: saber que volar es, estadísticamente, una de las formas más seguras de trasladarse no borra la respuesta emocional que aparece cuando el viaje se vuelve algo ajeno a la rutina de la vida en tierra.
Una de las recomendaciones concretas que compartió fue mirar una aplicación de seguimiento de vuelos en vivo. La idea, según dijo, es dimensionar cuántos aviones están circulando en ese mismo momento por el mundo y ubicar el viaje propio dentro de un movimiento cotidiano que, visto desde la pantalla del celular, deja de parecer excepcional. Si en un minuto hay cientos de aeronaves en el aire, la probabilidad de que algo salga mal se ordena sola, aunque la panza siga un poco revolucionada.
Por qué se sacude aunque el cielo esté despejado
Una vez arriba, las sacudidas concentran buena parte de la preocupación. El neurólogo distinguió dos grandes tipos de turbulencias: las que están asociadas a tormentas y las que se producen en aire claro, sin nubes a la vista. Esa segunda categoría, explicó, es la que suele desconcertar más al pasajero, porque desde la ventanilla todo parece tranquilo y, sin embargo, el avión se mueve como si estuviera bailando un tango en el medio de la nada. La razón, según Estol, tiene que ver con corrientes de aire que no siempre se ven ni se anuncian.
El especialista también se detuvo en otro punto clave: la expectativa de cuánto durará una turbulencia. Mientras más larga parece, más crece la inquietud. Para desarmar esa idea, propuso comparar lo que se siente en el avión con lo que se tolera sin chistar en un viaje en tren o en colectivo, donde los sacudones forman parte del paisaje y nadie se para a dramatizarlos.
- Mirar un radar de vuelos en vivo para dimensionar cuántos aviones circulan al mismo tiempo.
- Tener presente que hay turbulencias con cielo completamente despejado, sin nubes ni tormenta a la vista.
- Pensar que un episodio fuerte suele durar segundos o pocos minutos, aunque la percepción sea otra.
- Comparar el movimiento del avión con el de un tren o un colectivo, formas de transporte que se toleran sin mayor drama.
- Confiar en que los pilotos cuentan con herramientas para identificar tormentas y modificar la ruta en el momento.
- Evitar el alcohol como forma de calmar el miedo: puede generar insomnio y deshidratación.
Tormentas, alcohol y el papel de los protocolos
Sobre el mal tiempo, Estol fue claro: los pilotos tienen a disposición radares meteorológicos y la posibilidad de cambiar el recorrido si aparece un fenómeno que pueda comprometer la operación. A eso se suman los protocolos de cabina, que apuntan a reducir distracciones y a mantener al equipo concentrado durante las maniobras que requieran mayor atención.
Donde el neurólogo fue más firme fue en el capítulo del alcohol. Desaconsejó expresamente tomarlo como herramienta para sobrellevar el miedo: además de no resolver la ansiedad de fondo, puede provocar insomnio y deshidratación, dos efectos que arruinan un viaje largo y dejan al pasajero peor de lo que empezó. Su planteo general, en definitiva, apuntó a que el miedo a volar no termine condicionando los traslatos ni las vacaciones, porque rendirse antes de subir al avión es, también, una forma de perder el viaje.
“El planteo general fue que el miedo no termine condicionando los viajes o las vacaciones, porque perderse un vuelo por temor suele ser peor que cualquier turbulencia.”Conrado Estol, neurólogo
Afuera del aeroparque, el sol de la mañana ya calienta las veredas de la Ciudad y la señora que decía que no quería volar más termina despidiéndose de su marido con un gesto resignado, mientras el chico de la fila se acomoda los auriculares y la chica que tenía al lado le pasa, sin que se la pidan, una pantalla abierta en una app de seguimiento de vuelos. En esa imagen, un poco desordenada y un poco tierna, aparece la mejor síntesis de lo que dijo el médico: el miedo a volar no se vence con un trago ni con cerrar los ojos, sino con información concreta, un poco de contexto y, sobre todo, con la decisión de subir igual al avión.
