El escudo cotidiano contra la demencia: cuando la cocina, la caminata y el control de presión se vuelven aliados del cerebro
Especialistas de once países, incluida la Argentina, presentaron en Buenos Aires los resultados del estudio LatAm-FINGERS, que durante dos años siguió a más de mil adultos mayores para medir qué pasa cuando se combinan alimentación saludable, movimiento, estímulo mental, vida social y cuidado cardiovascular. Una estrategia que se adapta a cada barrio, a cada cocina y a cada costumbre.
El sol entra a través de los ventanales del salón donde se realizó el encuentro y afuera, sobre la avenida, la mañana porteña muestra ese cielo limpio y fresco que suele regalarnos el otoño. Adentro, sin embargo, la discusión gira en torno a un enemigo silencioso que avanza con los años: la demencia. Y lo que se ventila aquí no es un descubrimiento mágico ni una pastilla revolucionaria, sino algo mucho más terrenal, más cercano y, por eso mismo, más poderoso. Hablo de la comida del mediodía, de la caminata por la plaza, de la charla con el vecino y del chequeo de presión que muchos postergan.
Una estrategia que suma, no que reemplaza
La propuesta que se puso sobre la mesa en Buenos Aires es lo que los especialistas llaman un enfoque multifactorial. En criollo: en lugar de buscar una sola causa o una sola solución, se entiende que el cerebro se cuida desde varios frentes al mismo tiempo. La alimentación entra en primer término, porque lo que se come termina alimentando o deteriorando las neuronas. El movimiento aparece, como un motor que mantiene la sangre circulando y llega con oxígeno a cada rincón del cerebro. La actividad mental, leer, hacer cuentas, aprender algo nuevo, actúa como una gimnasia silenciosa. Los vínculos sociales, esa conversación cara a cara que muchos creen perdida, funcionan como un escudo emocional que también protege lo cognitivo. Y, finalmente, el cuidado cardiovascular: controlar la presión arterial, la glucosa, el colesterol y dejar el cigarrillo, porque un corazón que funciona mal termina arrastrando a una cabeza que, de otro modo, podría haberse mantenido lúcida mucho más tiempo.
“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS
Lo que se discutió no fue un ensayo clínico cualquiera. El estudio LatAm-FINGERS, que se presentó en el encuentro, reunió a 1.065 personas de entre 60 y 77 años, distribuidas en 11 países de la región, y las acompañó durante dos años. A algunos se les ofreció un programa estructurado, con actividades organizadas y contacto frecuente con equipos de salud. A otros, recomendaciones para incorporar los hábitos con mayor autonomía. Ambos grupos recibieron orientación preventiva, porque la idea no fue comparar placebo contra tratamiento, sino entender qué pasa cuando se intentan cambios sostenidos en la vida cotidiana.
- El grupo con intervención más estructurada registró una mejora en la cognición global al cabo de los dos años.
- El 80% de los participantes alcanzó una adhesión moderada o alta al programa propuesto.
- El 84,9% completó la evaluación final, una cifra alta para un estudio de seguimiento prolongado.
- Las recomendaciones alimentarias y las actividades se adaptaron a los recursos y costumbres de cada comunidad.
- El cuidado cardiovascular se incorporó como pieza central, junto con la alimentación, el ejercicio, el estímulo cognitivo y la vida social.
Ahora bien, y acá viene lo que muchas veces se pierde de vista en los títulos resonantes, estos resultados no significan que comer bien, caminar y controlar la presión alcancen para evitar la demencia en todos los casos. Lo que muestran es que existe un camino posible, con evidencia concreta, para reducir riesgos y ganar tiempo de calidad. La genética, el entorno, el acceso a la salud y otras variables siguen pesando. Pero el mensaje que dejó el encuentro en Buenos Aires es razonablemente esperanzador: nunca es tarde para empezar, y lo que se hace en la cocina, en la vereda y en el consultorio puede marcar una diferencia real en cómo envejecemos.
Antes de salir del salón, mientras la luz de la tarde se filtraba por los ventanales y los especialistas intercambiaban sus últimas conclusiones, uno no podía dejar de pensar en algo simple: que cuidar la memoria, en definitiva, se parece bastante a cuidar la vida entera. No hace falta esperar a que la cabeza avise. Basta con mirar el plato, medir la presión, dar una vuelta por la manzana y sentarse a charlar con alguien. Como dice doña Elsa, vecina de Belgrano con quien suelo cruzarme en la vereda, la cabeza se mantiene despierta cuando uno se niega a quedarse quieto. Y esa frase, aunque parezca de abuela, tiene hoy el respaldo de la ciencia más rigurosa.
