Decir que no también se aprende: el costo de callar lo que uno siente y el de no tolerar el no del otro
Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolores sin causa orgánica clara pueden ser la forma en que el cuerpo pone los límites que la persona no se anima a poner. La psicopedagoga y psicoanalista Marina Moguillansky explica cómo se construye esa dificultad desde la infancia y por qué no es un rasgo definitivo.
Son las ocho y cuarto de la mañana de un martes de octubre en Buenos Aires y la térmica todavía no marca la temperatura que va a sentirse después. En la vereda de un bar de Palermo, Carolina, vecina de Villa Crespo y madre de dos chicos en edad escolar, cuenta entre mate y mate que lleva años diciendo que sí a todo lo que le piden en el trabajo, en la familia y en el grupo de amigas, y que recién ahora, después de dos ataques de pánico seguidos y de noches enteras sin pegar un ojo, empezó a preguntarse qué le pasa. Yo le decía que no a todo el mundo menos a mí, se ríe con la voz todavía un poco ronca, y agrega: me di cuenta de que confundía ser buena con no tener derecho a enojarme. La escena de una mujer que sonríe mientras enumera sus malestares sirve como punto de partida para entender por qué cuesta tanto decir que no y qué consecuencias concretas puede traer no hacerlo.
El fenómeno no es nuevo, pero la pandemia lo puso en primer plano. En la consulta se vio gente que nunca había pedido nada y de golpe se encontró conviviendo con padres, suegros o hijos grandes en la misma casa, sostiene Marina Moguillansky, psicopedagoga, psicoanalista y autora del libro Resiliencia y vínculos. Lo que pasó fue que, al tener que poner límites todo el tiempo, apareció todo lo que no se había podido poner antes: la ansiedad, el insomnio, los dolores. La especialista apunta que, en muchos casos, el cuerpo empezó a hacer lo que la persona no se animaba a hacer con la palabra.
De dónde viene la dificultad de poner un límite
Moguillansky explica que la capacidad de decir que no no aparece de la nada, sino que se construye desde los primeros meses de vida. El bebé llega al mundo sin noción de que él y la madre son dos personas distintas, y necesita que un afuera le marque qué es propio y qué es del otro. El pecho que no está siempre disponible, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido como frustración en su momento, es lo que después va a permitir diferenciar el deseo propio de la realidad y, sobre todo, aceptar que el otro también es un otro con deseos propios. Cuando ese proceso falla, se instalan dos patrones opuestos que la especialista ve con frecuencia en el consultorio.
- El patrón del que no puede decir que no. Aprendió, en general de chico, que su deseo molesta o que poner un límite pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. La ansiedad, el resentimiento acumulado y un cansancio que ningún descanso alcanza son las consecuencias más comunes, y a veces se suman síntomas físicos como dolores difusos, contracturas o insomnio sin causa médica clara.
- El patrón del que no tolera el no del otro. Cualquier límite ajeno se vive como una ofensa personal o como un desafío a vencer. Aunque por fuera puede parecer fortaleza, la especialista lo lee al revés: hay una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse imponiéndose. Las relaciones, de pareja, de familia o de trabajo, terminan organizándose alrededor de la voluntad de uno solo y eso, con el tiempo, las vacía.
La salida: ni sumisión ni imposición, sino el ejercicio de escuchar y decir
Entre esos dos extremos existe un punto medio que Moguillansky describe como la capacidad de decir que no sin aplastarse de culpa y de escuchar un no ajeno sin sentirlo como una amenaza. Es un lugar al que no se llega gratis, advierte: implica arriesgar un vínculo con alguien de quien se depende, sea en lo afectivo o en lo económico, y eso da miedo. Pero el costo de no intentarlo suele ser más alto, porque las alternativas son el resentimiento crónico, la enfermedad o el deterioro de los lazos más importantes. La buena noticia es que esto no es un rasgo de carácter inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, se puede revisar. Un tratamiento apropiado, dice Moguillansky, ofrece un espacio para reaprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro, y para tolerar que el otro también diga hasta acá sin tomárselo como un ataque.
Vuelvo a la mesa de Carolina en Palermo, donde el sol ya empieza a picar. Antes de pedir la cuenta, resume lo que aprendió en estos meses: hoy puedo decir que no sin sentir que estoy siendo egoísta, y a veces hasta me sale decir que necesito esto o esto otro sin pedir disculpas. Todavía me cuesta, aclara, pero ya no me pasa la factura el cuerpo. La frase, simple y cotidiana, condensa algo que la especialista repite en cada entrevista: aprender a poner límites no es dejar de querer ni dejar de ser buena persona, es empezar a tratarse como uno ya aprendió a tratar al otro.
