Cuando la mochila pesa más fuera del aula: cómo acompañar a los chicos frente al estrés escolar
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las calificaciones puede instalarse en el hogar con cambios de humor, problemas de conducta o síntomas físicos, y subraya la importancia de que los adultos respondan desde la calma, ordenen las obligaciones y sostengan los vínculos presenciales y el descanso.
Son las siete y cuarto de la tarde en La Paternal y el termómetro ya marca treinta y dos grados; el aire se pega al cuello apenas se sale del colectivo. En la cocina de Adriana, una vecina de cuarenta y pocos, suena la pava mientras su hija de nueve años revolea la mochila en una silla y se deja caer en la otra con esa cara larga que, en casa, ya es casi un parte meteorológico. "Hoy me saqué un cuatro en lengua y la seño dijo que tengo que mejorar", le tira al pasar, y antes de que Adriana pueda acomodar la frase ya está encerrada en el cuarto. La escena, que esta semana se repite en muchas mesas argentinas, es el punto de partida para entender por qué el estrés escolar no termina cuando suena el timbre.
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, lo explica con una idea que a los padres les cuesta aceptar: la manera en que responden los adultos que rodean a un estudiante condiciona cómo ese estudiante procesa la tensión. No se trata de tener una respuesta perfecta, aclara, sino de hacerse el tiempo para hacer una pausa antes de reaccionar y, sobre todo, mostrar con el ejemplo que pedir ayuda es un recurso legítimo y no una derrota. Esa contención, dice, puede empezar por la familia y extenderse a otros adultos de confianza que también sepan manejar sus propias emociones antes de acompañar al chico.
Cuando la presión se muda a la sala
Albers advierte que la exigencia del colegio rara vez llega en formato de queja explícita; lo más frecuente es que se exprese con cambios de humor, con dificultades de conducta o con molestias físicas que no encuentran diagnóstico clínico. A las tareas y a las calificaciones se suman hoy las comparaciones en redes y los mensajes que mantienen al estudiante enchufado a la demanda escolar mucho después de que la jornada terminó, lo que prolonga la sensación de estar bajo evaluación permanente.
La especialista distingue entre una exigencia que puede resultar estimulante y una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado prolongada. En el segundo caso, el cuerpo pierde oportunidades de recuperarse y, lo que es clave para los chicos que están rindiendo, la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que se necesita en el examen para manejar la información en el momento y para recuperar lo aprendido. Explicarles esa relación, dice, los ayuda a entender por qué cuidar el bienestar también es cuidar el aprendizaje.
Ordenar la mochila antes que la cabeza
- Revisar qué tareas piden resolución inmediata, qué admite una espera y qué se puede delegar o directamente sacar de la lista para no atragantarse.
- Partir la obligación prioritaria en acciones más chicas y concretas, de modo que lo que parecía un bloque imposible se convierta en pasos manejables.
- Sostener el descanso y los vínculos presenciales como parte de la rutina, no como premio posterior.
- Reemplazar el desplazamiento continuo por pantallas por actividades artísticas o instancias de meditación que devuelvan la atención al presente.
Adriana, en La Paternal, todavía no leyó a Albers, pero algo de esto ya lo viene ensayando: cuando la nota llega como un baldazo, primero sirve la merienda, después pregunta cómo se siente y recién después mira la carpeta. "No le digo que no pasa nada, porque pasa", cuenta mientras la pava empieza a silbar. "Le digo que la vamos a mirar juntas mañana, con la cabeza fresca". Para la especialista de Cleveland Clinic, esa pausa no es evasión: es justamente el modo en que los adultos enseñan, sin sermón, que la presión se puede administrar y que la calma, en casa, también se construye.
