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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando la infancia pide auxilio y el sistema responde en partes: la crisis de salud mental que nadie quiere ver

Chicos que no duermen, que se lastiman, que cargan violencias en silencio y se cruzan con servicios saturados: la postal cotidiana que repiten escuelas, consultorios y guardias, mientras los equipos especializados se cuentan con los dedos de una mano y la atención llega fragmentada.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 35 d
Cuando la infancia pide auxilio y el sistema responde en partes: la crisis de salud mental que nadie quiere ver

Son las nueve de la mañana y el sol todavía pega flojo sobre la vereda de siempre, esa donde el colectivo pasa cada veinte minutos y los vecinos se cruzan con cara de sueño. En una escuela primaria del barrio de Floresta, la maestra Daniela sube la persiana con el gesto cansado de quien ya sabe lo que viene: una alumna de ocho años que otra vez no durmió, otra que se niega a almorzar y un nene de cuarto grado que se corta los brazos con la tapa de un compás y se esconde en el baño cuando la tarea le pesa más de lo que puede. "Acá no tenemos con quién hablarles como corresponde, hacemos lo que podemos", dice Daniela, mientras acomoda los bancos y prepara el primer recreo de un día que, sabe, será largo. Esa escena, multiplicada por miles de aulas, consultorios y guardias del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, dibuja el mapa de una crisis que ya dejó de ser un dato de manual y empezó a ser, como dice la propia Daniela con la voz un poco rota, "lo que nos toca todos los días".

Lo que les toca, en concreto, es un aumento sostenido de chicos, niñas y adolescentes que llegan a los servicios de salud con dificultades para dormir, aprender y alimentarse; que muestran marcas de autolesiones; que expresan que no quieren seguir viviendo o que cargan historias de violencia que llevan años guardadas en silencio. Esos son los síntomas que se repiten, una y otra vez, en las guardias hospitalarias, en los centros de salud y en las aulas de todo el país, según reconstruyó este medio a partir de testimonios de profesionales y de estadísticas oficiales y de organismos internacionales.

La violencia como punto de partida

El cuadro tiene un motor que casi nunca se dice en voz alta: la violencia. Las estimaciones de UNICEF a las que accedimos indican que una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse, literalmente, durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en algún expediente y que, sin embargo, pesan como una mochila enorme sobre chicos que todavía están aprendiendo a nombrar lo que les pasa.

Pantallas, apuestas y aprendizajes que no cierran

Como si lo anterior fuera poco, las plataformas digitales sumaron una dimensión nueva del problema: niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, un fenómeno que dejó de ser excepcional para instalarse, con naturalidad inquietante, en las conversaciones de los recreos. El uso intensivo de pantallas, además, no es solo un hábito de época: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.

Los resultados de las pruebas PISA 2025, divulgados en las últimas semanas, suman una señal más a este escenario complejo: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender, bien se sabe, exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta, entera, en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono.

Un sistema que llega en partes

Cuando una familia por fin advierte que algo está mal y pide ayuda, puede chocar con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar, además, fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción, y el chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que muchas veces ni siquiera se comunican entre sí. Los equipos dedicados a salud mental infantil y adolescente son escasos en casi todas las jurisdicciones, y la formación de nuevos profesionales no alcanza para cubrir la demanda acumulada durante los últimos años.

  • Chicos que no duermen o que duermen demasiado, sin causa médica clara.
  • Trastornos alimentarios que van desde la negativa a comer hasta la ingesta compulsiva.
  • Aislamiento progresivo, retraimiento social y abandono de actividades antes disfrutadas.
  • Autolesiones y pensamientos o intentos de suicidio, que aparecen cada vez a edades más tempranas.
  • Síntomas físicos recurrentes sin explicación clínica, como dolores de panza o de cabeza persistentes.
  • Dificultades sostenidas para aprender, concentrarse y sostener la escolaridad.
  • Malestares emocionales vinculados a violencias vividas, dentro o fuera del hogar, que permanecen silenciadas durante años.

La escena con la que abrí estas líneas se repite, mientras tanto, en muchas otras escuelas del país, y me deja una sensación que reconozco como propia y como colectiva: la de saber que estamos ante un problema enorme que, sin embargo, todavía se discute en voz baja, como si admitir su magnitud fuera a hacer todavía más difícil lo que ya lo es. Por eso, cuando Daniela me cuenta que esta semana volvió a contener a una nena que se quería ir de su propia casa, yo no puedo menos que pensar que cada chico que se nos pasa por alto hoy es un adulto roto que mañana va a tener que sostener, a su vez, a otros. Y que el costo de no escuchar, en definitiva, lo terminamos pagando todos.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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