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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el cuerpo cambia y el asma responde: la deuda hormonal que pagan las mujeres adultas

Después de la pubertad la balanza se inclina para el lado femenino: más crisis, más guardias y más internaciones. Investigadoras de Estados Unidos empiezan a desentrañar por qué estrógeno y progesterona pueden transformar una inflamación en una pesadilla respiratoria, y cómo el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia suman complejidad a un cuadro que ya no se puede mirar con la misma receta que se usa con los varones.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 40 d
Cuando el cuerpo cambia y el asma responde: la deuda hormonal que pagan las mujeres adultas

Son las nueve de la mañana en el barrio de Villa Crespo y la consulta de la neumonóloga ya tiene a cuatro mujeres esperando con el mismo gesto entre ansioso y resignado: tres de ellas cuentan que en la semana previa a la menstruación el pecho se les cierra como si les apretaran un cinturón, que la noche se vuelve una pelea con el puff y que el spray que durante meses les alcanzó para respirar tranquilas ahora parece un placebo. Afuera está fresco, el cielo tiene esa claridad lavada de los días de junio en Buenos Aires, y la rutina de la ciudad sigue su marcha mientras adentro del consultorio se repite, paciente tras paciente, una historia que la medicina empieza a registrar con nombre y apellido: asma con sesgo de género.

El dato de arranque es elocuente y está medido a escala global: un análisis publicado este año en BMC Pulmonary Medicine, que tomó como base el estudio Global Burden of Disease 2021, calculó que alrededor de 260 millones de personas conviven con asma en el mundo. Hasta la pubertad, los varones llevan la delantera en prevalencia. A partir de la adolescencia, la curva se da vuelta y no vuelve: en la adultez las mujeres no solo son más propensas a la enfermedad, sino que consultan más en guardias, requieren más internaciones y muestran peor control de los síntomas. La pregunta que incomoda a los consultorios es por qué.

Hormonas en la mira: lo que encontraron las investigadoras

Un equipo encabezado por Dawn C. Newcomb, de la Universidad Vanderbilt, publicó en The Journal of Allergy and Clinical Immunology un trabajo que pone el foco en células inmunitarias de pacientes con asma grave. Lo que observaron es que el estradiol y la progesterona pueden empujar al alza la producción de IL-17A, una proteína clave en los procesos inflamatorios, y que en las mujeres con diagnóstico severo hay mayor actividad de células llamadas TH17 que en los varones con el mismo cuadro. Los propios autores aclaran los límites: el grupo fue pequeño y parte de los experimentos se hicieron en modelos animales, por lo que el hallazgo no prueba causalidad directa ni se puede extrapolar a cualquier paciente.

La investigadora Patricia Silveyra, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana, aporta una lectura complementaria que a mí me resulta la más honesta para explicar lo que pasa en el cuerpo: no se trata de que mujeres y varones tengan genes distintos en materia de asma, sino de que un mismo gen se expresa de manera diferente según el sexo, en diálogo con el ambiente hormonal y con lo que pasa afuera del laboratorio. Es decir, la biología no viene con un manual único: se ajusta al contexto.

Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: tres capítulos que reescriben el asma

  • Ciclo menstrual: una revisión sobre asma premenstrual estimó que hasta un 40 por ciento de las pacientes podría percibir cambios ligados al ciclo, aunque la cifra todavía no es definitiva. La hipótesis más sólida apunta a las oscilaciones de estrógeno y progesterona en los días previos a la menstruación, que pueden aumentar la inflamación bronquial y la sensibilidad de las vías aéreas.
  • Embarazo: la evolución no es predecible y la regla clínica clásica es que un tercio de las embarazadas con asma empeora, otro tercio se mantiene estable y un tercio mejora, lo que obliga a un seguimiento personalizado y a ajustar medicación con el equipo de obstetricia y neumonología.
  • Menopausia y etapa adulta: la caída de estrógenos y los cambios metabólicos suman variables, y muchas pacientes notan que el asma se vuelve más rebelde, con nuevas desencadenantes y con la necesidad de revisar tratamientos de fondo.

En la sala de espera, mientras tanto, una vecina del barrio de Once, a quien voy a llamar Laura para preservar su identidad, me cuenta entre mate y mate que lleva quince años con asma bien controlada y que de un tiempo a esta parte nota que la noche previa a la regla se vuelve un calvario. Su médica le sugirió llevar un diario de síntomas y revisar el plan de acción escrito: qué hacer ante un empeoramiento, cuándo sumar el corticoide inhalatorio, cómo identificar la señal de alarma para ir a la guardia. Es un detalle chico, me dice Laura, pero la hizo sentir acompañada y no a la deriva.

Por qué esta mirada importa y qué se puede hacer hoy

La consecuencia práctica de todo esto es enorme y a veces se pierde en la vorágine del consultorio: si la ciencia sabe que las hormonas pueden amplificar la inflamación y que el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia son puntos de inflexión, entonces el seguimiento clínico tiene que incorporar esa variable con la misma naturalidad con la que pregunta por alergias o por antecedentes familiares. No alcanza con la misma receta unisex: hay que mirar la etapa hormonal, el peso corporal, la exposición a desencadenantes ambientales y, sobre todo, escuchar lo que la paciente cuenta sobre su propio cuerpo. La genética, los kilos de más y el aire que se respira en la ciudad también pesan en el resultado final, y por eso la medicina personalizada deja de ser una expresión de moda para convertirse en una necesidad concreta.

Vuelvo a la sala de espera de Villa Crespo, ya casi vacía. La neumonóloga termina con la última paciente, anota en la historia clínica la fase del ciclo menstrual, ajusta la dosis del inhalador y le pide que vuelva en quince días con el diario de síntomas completo. Afuera el día sigue fresco y la ciudad late como cada mañana de invierno. Lo que cambió, en realidad, fue la forma de mirar: ya no se trata solo de abrir bronquios, sino de entender por qué en las mujeres adultas esa tarea se vuelve, con frecuencia, una pelea más larga y más injusta. La buena noticia es que la ciencia empieza a poner nombre a esa injusticia y, con ella, herramientas para corregirla.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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