Cuando decir no también es una forma de querer: por qué los límites importan en la crianza
Especialistas en infancia aseguran que la ausencia de normas claras puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración. La frontera, dicen, no está en gritar más fuerte sino en sostener la palabra con afecto y sin violencia.
La jornada en el barrio de Belgrano amaneció templada, con esa bruma fina que suele cubrir las veredas después de la lluvia, y en la puerta del colegio, mientras los chicos entraban con sus mochilas colgadas, varias madres conversaban sobre una preocupación que reaparece en cada reunión de padres: cómo poner límites sin pasar por autoritarios. Entre risas nerviosas y mates compartidos, coincidían en algo que las especialistas repiten hace años: el diálogo no reemplaza la autoridad, la acompaña.
Porque en los últimos tiempos se instaló la idea de que conversar con los hijos equivale a negociar todo, y de que cualquier orden es un retroceso. Pero la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo desmiente con una frase tajante: conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.
La diferencia entre autoridad y autoritarismo
La especialista distingue con claridad los dos términos. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder. Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas. En esa línea, la psicóloga Deborah Bellota apunta que muchos padres permisivos son muy afectuosos, pero evitan poner límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.
“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
- Estilo autoritario: reglas rígidas y poca escucha, propio de modelos tradicionales basados en el miedo al castigo.
- Estilo permisivo: predominio del afecto pero ausencia de normas claras, donde todo se negocia hasta el hartazgo.
- Estilo democrático o autoritativo: combina normas firmes con diálogo y contención afectiva, y es el más recomendado por los especialistas.
Esa clasificación, que la psicóloga Diana Baumrind describió en los años sesenta, sigue vigente porque permite entender que no se trata de elegir entre el grito y la permisividad, sino de construir un punto de equilibrio donde los chicos sepan qué esperar de los adultos. En ese marco, Bellota aclara que el trabajo no termina cuando se dice no. Un límite sin explicación se vuelve una orden vacía; un límite sostenido con palabras se convierte en aprendizaje.
Lo que quedó flotando en la vereda del colegio, mientras el sol terminaba de asomar entre los jacarandás, fue una sensación compartida entre los vecinos: criar no es ceder en todo ni imponer a cualquier costo. Es, como dijo Raschkovan, saber que los límites también son una forma de cuidado, y que cada no dicho a tiempo puede ser, a la larga, un sí a la autonomía y al bienestar de los hijos.
