Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Comer en compañía: la mesa familiar como escuela de sabores que la pediatría argentina vuelve a poner en valor

Un consenso presentado en el Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica recupera la idea de comensalidad y sostiene que el aprendizaje de una alimentación saludable empieza mucho antes de los dos años y se prolonga hasta la adolescencia, atravesado por las rutinas, las conversaciones y los modelos que los chicos tienen a su alrededor.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 3 d
Comer en compañía: la mesa familiar como escuela de sabores que la pediatría argentina vuelve a poner en valor

En el comedor de Camila, en el barrio de Villa Crespo, la tarde se arma alrededor de la mesa como si fuera un ritual de todos los días: la pava empieza a silbar cerca de las siete de la tarde, alguien baja a abrir la puerta del edificio porque vuelve el padre del trabajo y los dos chicos, de ocho y doce, van dejando lo que están haciendo para sentarse juntos. Ayer, mientras cortaba el pan, Camila me decía entre risas que su hija menor probó por primera vez una ensalada de rúcula porque la vio en el plato de la abuela, y que el varón, que era de los que solo aceptaba milanesas con papas fritas, se animó hace dos semanas con un guiso de lentejas después de una cena en lo de un amigo. Esas escenas, cotidianas y casi invisibles, son exactamente las que la pediatría argentina acaba de poner bajo la lupa en su último congreso: el contexto en el que se come importa tanto como lo que se sirve en el plato.

La jornada en la Ciudad de Buenos Aires amaneció este jueves con una brisa tibia y un cielo gris que amenaza lluvia, y el rumor de los cafés sobre la calle a los vecinos que se acercan al centro para participar del 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría. Allí, profesionales de PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil) presentaron el consenso NutreAR, un documento que recorre desde los dos hasta los diecisiete años con una idea fuerza: la comensalidad, es decir, todo lo que rodea al acto de comer, es tan decisiva como los nutrientes que los chicos incorporan.

Aprender a comer mirando al otro

El mecanismo que los especialistas remarcan con más fuerza es el de la imitación, y la verdad es que a mí me cuesta no pensar en los comentarios de Camila mientras lo escribo: los chicos que ven a padres, hermanos, tíos o amigos comer variado amplían más fácilmente su propio repertorio de alimentos. Cuando, en cambio, la selectividad alimentaria se instala temprano, con un chico que se niega a probar nada que no sea lo conocido, revertirla se vuelve una tarea cuesta arriba si no hay referencias cercanas que muestren otras opciones. La recomendación que atraviesa todo el consenso es tan simple como difícil de sostener en la rutina diaria: ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea rechazado, y evitar consolidar menús demasiado restringidos que terminen encorsetando la alimentación de los más chicos.

Las cuatro etapas que el consenso propone mirar de cerca

  • Entre los 2 y los 5 años, el foco está puesto en la incorporación progresiva de alimentos y en evitar que la selectividad se cronifique, siempre con adultos que ofrezcan modelos variados en la mesa.
  • De los 6 a los 9 años, los chicos comienzan a participar en la preparación de las comidas y a sumar conversaciones sobre el origen de los alimentos, lo que ayuda a sostener la curiosidad.
  • Entre los 10 y los 13 años, la autonomía crece y aparecen las primeras decisiones fuera del hogar, por lo que se vuelve clave mantener al menos una comida compartida por día.
  • Desde los 14 a los 17 años, la tendencia a comer solos, en el cuarto y frente a una pantalla se profundiza, y por eso la cena en familia o con amigos se plantea como el espacio a preservar.

El consenso hace una advertencia que a muchos padres les va a sonar conocida: a partir de los catorce o quince años crece la costumbre de comer aislado, y esa práctica reduce las oportunidades de construir los vínculos que la mesa habilita. Por eso los pediatras sugieren sostener al menos una comida compartida por día, y reconocen que, en la mayoría de los hogares argentinos, la cena termina siendo la más viable porque los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas conspiran contra el desayuno y el almuerzo en conjunto. La buena noticia es que la mesa no tiene que ser familiar en su sentido más estricto: cenar con amigos, como le pasó al hijo de Camila en lo de su compañero, cumple la misma función de socialización y aprendizaje.

La comensalidad tampoco se agota en el hogar. En la escuela, los comedores con menús planificados con criterios nutricionales y las viandas preparadas en casa en casa amplían el repertorio y abren conversaciones que después se trasladan a la mesa familiar. Para los especialistas, lo importante es que los adultos dejen de pensar la alimentación infantil como una lista de alimentos permitidos y prohibidos, y empiecen a mirarla como una práctica cultural que se transmite de generación en generación, sentados uno al lado del otro, con el ruido de la pava y las preguntas de los chicos de fondo.

Cuando me fui del edificio de Camila, ya había caído esa llovizna persistente que suele complicar la vuelta en colectivo, y me quedó dando vueltas una imagen que resume bastante lo que el consenso intenta instalar: la cocina encendida, los platos servidos, los chicos llegando con hambre después de la colonia, y la abuela esperando para ver si esta vez, finalmente, alguien le pide repetir el estofado. Comer juntos, parece decirnos la pediatría argentina, es mucho más que compartir un menú: es la manera más concreta y barata que tenemos de enseñarles, con el cuerpo y con el ejemplo, que alimentarse es también una forma de quererse.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

Te puede interesar