Chicos que tocan un instrumento rinden mejor en la escuela, según un estudio de la Universidad Northeastern
Una investigación con 76 niños de entre 7 y 9 años halló diferencias a favor de quienes practicaban música en pruebas de memoria, razonamiento y desempeño escolar. Los autores aclaran que el trabajo no prueba que las clases sean la causa y advierten sobre los costos que dejan a muchas familias afuera.
Cuarenta y seis chicos de 7 a 9 años que tocan un instrumento desde hace al menos un año vuelven a sus casas con el cuaderno abierto y la cabeza todavía llena de escalas. La escena se repite en los barrios porteños donde las familias apuestan a la música como parte de la crianza, y ahora un estudio de la Universidad Northeastern, en Estados Unidos, les da un argumento más para sostener esa decisión: los pequeños que practicaban un instrumento obtuvieron mejores resultados en pruebas de memoria, razonamiento, vocabulario y en evaluaciones de lectura, escritura y matemáticas que otros 30 niños de condiciones similares que no tenían formación musical.
El trabajo, difundido en los últimos días, reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años organizados en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad tocaba un instrumento, en su mayoría piano o instrumentos de cuerda, y dedicaba a la práctica un mínimo de 30 minutos semanales. La otra mitad no había tenido formación musical. Los investigadores aclararon que la investigación no permite asegurar que aprender a tocar sea la causa directa de esas diferencias, porque las familias que ofrecen esa actividad también podrían facilitar otras experiencias educativas.
Qué se pone en juego cuando un chico toca
Para entender por qué los números arrojan esa ventaja, los especialistas consultados por el equipo de Northeastern describen lo que sucede en el aula o en el living de casa cuando un nene lee una partitura, mantiene el ritmo y coordina ambas manos al mismo tiempo. Esa tarea exige atender varias exigencias a la vez, algo que en psicología se conoce como funciones ejecutivas: la capacidad de planificar, sostener la atención, controlar impulsos y adaptarse a los cambios. Psyche Loui, profesora de música de esa universidad, vinculó esas demandas con el desarrollo cognitivo de los más chicos.
La educadora musical Anita Collins, en tanto, suele resumir el fenómeno con una frase que repiten los pedagogos: aprender un instrumento ejercita la escucha, la planificación y la autorregulación. En criollo, significa que el chico que practica debe recordar una consigna mientras ejecuta otra, regular el volumen de lo que toca, esperar el momento justo para entrar y corregir errores sobre la marcha. Esas mismas habilidades se ponen en juego cuando un nene resuelve un problema de matemáticas, entiende un texto o copia del pizarrón sin perder el hilo de lo que está haciendo.
“Los niños que practican un instrumento no solo afinan el oído: entrenan la atención, la memoria y la capacidad de organizarse, que son las mismas habilidades que después se reflejan en los rindes escolares.”Lectura en diálogo con los planteos de Psyche Loui y Anita Collins
Qué midió el estudio y qué dicen sus autores
Además de las pruebas cognitivas, los investigadores evaluaron el desempeño escolar de los participantes. Las diferencias más marcadas aparecieron en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras, tres áreas sensibles al desarrollo del lenguaje. También se observaron ventajas en razonamiento, vocabulario y en el llamado aprendizaje visual y auditivo, que es la capacidad de incorporar información a través de lo que se ve y se escucha. El análisis incluyó resonancias magnéticas a 50 de los chicos y detectó diferencias en una vía cerebral que conecta regiones asociadas con la audición, el lenguaje y el movimiento.
Los autores, sin embargo, fueron cuidadosos a la hora de sacar conclusiones. Como los participantes no fueron distribuidos al azar para recibir clases de música, no se puede descartar que otros factores expliquen parte de la ventaja. Para atenuar ese riesgo, los grupos se equipararon por edad, sexo y nivel socioeconómico, un paso que en la investigación se considera clave, porque las familias con mayor capacidad económica suelen ofrecer a sus hijos más y mejores estímulos. Aun así, los propios investigadores reconocieron que esa precaución no termina de cerrar la discusión.
Otro punto que resaltaron tiene que ver con el acceso. Aprender un instrumento implica, en la mayoría de los casos, pagar clases, comprar o alquilar el instrumento y sostener la práctica en el tiempo. Para muchas familias argentinas, ese costo sigue siendo una barrera difícil de sortear, sobre todo en un contexto de inflación y ajustes en el presupuesto del hogar. Por eso, los autores sugieren que los próximos estudios exploren formas de acercar la formación musical a chicos de distintos contextos y midan también qué pasa cuando la práctica se realiza en escuelas o en programas comunitarios.
Mientras tanto, la escena del comienzo se repite cada tarde en los barrios de la ciudad. Los chicos que hoy ejecutan sus primeras escalas con ayuda de un docente, o de un familiar que sabe un poco más, están entrenando, sin saberlo, las mismas herramientas que después les van a servir para resolver una cuenta, entender una consigna larga o seguir el ritmo de la escuela. Que la música les dé, además, un empujón en los rindes es, para sus familias, una razón de más para insistir con la práctica.
