Chapelco: una avalancha sobre el filo que dejó dos esquivadores a metros del barranco blanco y por qué ese sector sigue siendo territorio vedado
La masa se desprendió el jueves por la tarde a casi mil novecientos ochenta metros sobre el nivel del mar, en la cara posterior del cerro, donde no hay pistas habilitadas; los protagonistas cuentan cómo se salvaron y los especialistas explican por qué ese tipo de episodios se repite cada temporada
La tarde del jueves bajó pesada sobre San Martín de los Andes, con ese cielo plomizo que se queda enganchado a las copas de los lengas y un viento del sudoeste que mueve las ramas como si fueran banderines de un pueblo chico del que uno se acuerda de golpe, y yo todavía estaba ordenando las notas del día cuando empezó a correr por los grupos de whatsapp un video que alguien había filmado desde la base del Cerro Chapelco: se veía una lengua blanca, espesa, bajando a toda velocidad por el filo posterior del cerro, y dos puntos oscuros, casi imperceptibles, que se movían con desesperación hacia un costado.
Lo que mostraban esas imágenes caseras era el momento exacto en que una avalancha se soltó en la zona más alta del complejo, a casi mil novecientos ochenta metros sobre el nivel del mar, en un sector que no integra el dominio esquiable habilitado y que la propia administración del centro de skiing repite hasta el cansancio que no se debe pisar. Dos esquiadores que estaban haciendo un descenso en zigzag por la cara posterior quedaron a pocos metros del frente de nieve, según relataron después, y la suerte, esa amiga caprichosa que aparece cuando uno menos la espera, les permitió alejarse del barranco blanco sin un solo raspón.
Un vecino de Chapelco que vio el video cuenta lo que sintió
Jorge, vecino del barrio Chapelco, me dice por teléfono mientras mira de reojo su termo de mate: "Lo vi tres veces seguidas, mi señora me retó, pero es que uno no sale del asombro. Esos chicos pasaron a dos metros, dos, de quedar tapados por la nieve, y la montaña los soltó como quien abre la mano y deja caer un puñado de sal. Acá en el pueblo todos conocemos a alguien que esquía fuera de pista, y después de lo del jueves la conversación en la verdulería, en el kiosco de diarios y en la estación de servicio cambió de tono, porque la montaña no perdona, aunque a veces parezca que sí".
Qué pasó en el cerro y cómo reaccionó el operativo
- La avalancha se originó en el filo del Cerro Chapelco, en el sector posterior, fuera del área habilitada para la práctica del esquí, durante la tarde del jueves, en pleno desarrollo de la temporada invernal.
- Dos personas que descendían en zigzag por la zona quedaron muy próximas al avance de la masa de nieve y lograron alejarse sin lesiones físicas, según confirmó el complejo.
- El centro de skiing activó de inmediato el protocolo de seguridad: cerró el acceso al área, mantuvo la zona despejada y comenzó la evaluación de la estabilidad de la ladera para descartar nuevos desprendimientos.
- No se reportaron personas heridas ni daños materiales en el incidente, más allá del sacudón que significó para los protagonistas y para los testigos que grabaron la escena.
- La temporada de esquí en Chapelco se extenderá hasta el 30 de septiembre, y las autoridades pidieron respetar de manera estricta las pistas señalizadas y las indicaciones del personal de patrulla.
Las avalanchas, vale la pena recordarlo porque no siempre lo tenemos presente cuando calzamos las tablas o nos calzamos las botas de trekking, se producen cuando la nieve acumulada en una pendiente pierde estabilidad y comienza a deslizar ladera abajo como una masa que se va compactando a medida que avanza, y los especialistas suelen enumerar cuatro factores que, combinados, terminan por armar el escenario ideal para el desastre: la acumulación de capas de nieve con consistencias distintas, los cambios bruscos de temperatura que debilitan la adherencia entre esos estratos, el viento que redistribuye la carga hacia determinados puntos del filo, y la inclinación misma del terreno, que cuando supera cierto ángulo deja de ser una ladera y se convierte en una rampa de salida.
Después de una nevada intensa, el viento hace el resto del trabajo sucio: levanta la nieve de las laderas expuestas y la deposita en forma de cornisas y placas en las zonas protegidas del cerro, y esas placas, que parecen sólidas y tranquilizadoras desde abajo, pueden volverse trampas mortales cuando la unión entre la nieve vieja y la nieve nueva no es lo suficientemente firme, sobre todo si alguien pasa por encima y suma una sobrecarga que termina por hacer colapsar el equilibrio precario de toda la estructura. Por eso los centros de esquí delimitan con precisión las zonas seguras, marcan con banderines los accesos a los fuera de pista y recomiendan, con una insistencia que a veces parece exagerada pero que casos como el del jueves vuelven a poner en su justo lugar, no abandonar nunca las pistas señalizadas ni internarse en los sectores donde la montaña trabaja a su propio ritmo.
Vuelvo a la imagen del principio, a ese video que durante un rato corto muestra una ladera entera borrándose bajo la nieve como si una sábana blanca se desplegara sobre el cerro, y me quedo pensando que la diferencia entre la tragedia y el milagro, en estos casos, se mide en metros, en segundos y en decisiones que uno toma sin tiempo para pensarlas demasiado, y que la montaña, que es generosa y hermosa y nos regala paisajes de esos que uno se lleva puestos toda la vida, también tiene su carácter, y ese carácter hay que respetarlo con las mismas ganas con las que uno se sube a la aerosilla y se acomoda las antiparras para tirarse por la nieve polvo.
