Chacarita, vinilos y parlantes de 1954: el refugio donde la música se escucha sin pantallas
Artlab, en Roseti 93, cierra este domingo la octava edición porteña del festival MUTEK con una propuesta que invita a dejar el celular en el bolsillo y volver al ritual de escuchar un álbum completo en sistemas analógicos que algún cine porteño supo usar.
Son las seis de la tarde de un sábado todavía tibio en Chacarita y, en la puerta de Roseti 93, un grupo de gente joven espera la apertura con la misma paciencia con la que se espera la salida del sol: sin apuro, mirando la vereda, comentando qué disco van a poner esta noche. Adentro, en un galpón de 540 metros cuadrados que desde 2015 funciona como Artlab, el aire huele a madera y a polvo de vinilo, y los parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954, ya están tibios, listos para sonar como sonarían en una sala de cine de las de antes. Esta vez, la excusa es la gran despedida: este domingo cierra allí la octava edición porteña del festival MUTEK, que Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, trajo al país en 2018 desde su Canadá natal, donde el ciclo arrancó en el año 2000.
Un galpón, ocho sistemas y dos ciclos para prestar atención
El corazón del lugar late alrededor de dos propuestas bien distintas pero complementarias. Audiófilos es, como me cuenta Solimano mientras acomoda un disco sobre el plato, "un ciclo para escuchar un álbum completo, de punta a punta, sin distracciones". El programa puede ir desde Miles Davis hasta Pink Floyd, desde Invisible hasta Massive Attack, y la elección del formato —vinilo, CD o archivos lossless— depende de qué soporte rinda mejor para cada obra, una decisión que se toma disco por disco. Círculo de Sonido, en cambio, mantiene viva la tradición bailable del house: Solimano y otros DJs se relevan en la consola para que la pista no se apague. "En un mundo donde todo pasa por una pantalla, queremos volver a construir un ritual alrededor de la música", me dice con la convicción de quien lleva años predicando lo mismo.
Los parlantes son la otra vedette del lugar. Solimano armó toda la propuesta alrededor de una colección de ocho sistemas Altec modelo A7, fabricados en 1954, y según me cuenta hay indicios de que los equipos vienen de un cine porteño emblemático, aunque la procedencia todavía no pudo verificarse del todo. Lo que sí se confirma al escucharlos es que el sonido tiene esa presencia cálida y envolvente que muchos asocian con las salas de los años cincuenta: voces que se sienten cerca, bajos que se sienten en el pecho, y una imagen estéreo que parece dibujarse en el aire.
MUTEK llega a su cierre con escala íntima
Este domingo, el festival MUTEK cierra su octava edición porteña en Artlab, con una programación enfocada en la música electrónica experimental, el arte audiovisual y las nuevas tecnologías, pero con una escala y un perfil muy distintos a los festivales masivos del género. No es un predio con escenario montado: es un galpón en Chacarita, con barras, con público de pie, con DJs que a veces mezclan con vinilo y a veces con archivos digitales de alta resolución. La idea, me insiste Solimano, es que la tecnología esté al servicio de la escucha, y no al revés.
“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab
Y si de tecnología hablamos, no podemos esquivar el tema del momento: la inteligencia artificial en la creación musical. Solimano lo piensa en voz alta, sin pelos en la lengua. "Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos", resume, y la frase, lejos de sonar a declaración marketinera, suena a regla de oficio, casi a mandamiento de taller. A su alrededor, además de los ciclos de electrónica, Artlab aloja propuestas de jazz y eventos de arte visual, aunque la electrónica en sus distintas variantes sigue siendo el eje principal del lugar.
Mientras terminamos la charla, en la vereda de Roseti 93 ya se va armando una fila corta y tranquila, con vecinos del barrio y con gente que cruzó media ciudad para llegar. Carmen, que vive a dos cuadanas, en Villa Crespo, me dice que viene siempre que puede: "Acá vengo a dejar el teléfono en el bolsillo, algo que en cualquier otro lado ya no puedo hacer". Le pregunto si extraña algo de la vida digital, y se ríe: "Cuando salgo de acá, ya lo extraño de nuevo. Pero mientras dura la música, no". Esa es, me parece, la mejor definición de lo que se vive en Artlab: una pausa larga, en vivo, con parlantes de 1954, donde la única aplicación que importa es la que hace el disco al girar. ¿Irías a escuchar un álbum entero sin mirar el teléfono? ¿O el formato te resulta demasiado alejado de cómo consumís música hoy?
