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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Aislado o simplemente solo: por qué no es lo mismo y cómo se nota en los años de vida

Un relevamiento con más de 277.000 personas en el Reino Unido mostró que la soledad y el aislamiento social recortan los años sin enfermedades, sobre todo la salud mental de los hombres, y que los hábitos saludables alcanzan para una parte del problema pero no para la otra.

Por Graciela BerardiSociedad y vida · · hace 19 d
Aislado o simplemente solo: por qué no es lo mismo y cómo se nota en los años de vida

Son las nueve de la mañana en un café de la calle Soler, en Palermo, y el termómetro todavía no decidió si el día va a ser de los templados o de esos en los que el sol empieza a picar antes del mediodía. El aire está quieto, casi sin viento, y desde la mesa del fondo se ve a Graciela, de 58 años, pedir un cortado con medialuna mientras me cuenta que esta semana no habló con nadie que no fuera el verdulero. "Y eso que tengo hijos", dice, como si le debiera una explicación al mozo. Es una escena chica, de barrio, pero sirve para entrar en un tema grande: la diferencia entre estar solo y sentirse solo, que no es un capricho de las palabras, sino una distinción que ahora un equipo de la Universidad de Tulane acaba de poner en números, con datos de más de 277.000 adultos del Biobanco del Reino Unido.

La investigación, difundida en un comunicado del 22 de septiembre de 2026, siguió a personas de entre 40 y 69 años que al momento de ingresar al estudio no padecían ninguna de las siete condiciones evaluadas: diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. A partir de los 50 años como referencia, los autores calcularon cuántos años sin esas enfermedades podía esperar vivir cada participante según su grado de aislamiento social y de soledad subjetiva. La conclusión, traducida a lo que se habla en la mesa de un bar, es que las dos situaciones no pegan igual en el cuerpo ni en la cabeza.

Dos problemas distintos, dos huellas distintas

El aislamiento social es la foto: pocas relaciones, poco contacto, interacción limitada. La soledad, en cambio, es la película interna: el malestar por no encontrar una conexión significativa, tal como la define el Consejo Nacional de Envejecimiento de Estados Unidos. Por eso alguien puede tener pocos vínculos y no sentirse solo, y alguien puede estar siempre rodeado y, aun así, experimentar esa especie de hueco en el pecho. Los resultados del trabajo reflejaron esa diferencia en cifras concretas, sobre todo cuando se miró la salud mental de los hombres.

  • Mujeres con soledad y aislamiento social: la estimación de vida sin problemas físicos fue 2,4 años menor que la de quienes no atravesaban esas situaciones.
  • Hombres en la misma condición: la brecha fue de 1,7 años menos sin enfermedades físicas.
  • Mujeres: en salud mental, la diferencia llegó a 3,7 años menos.
  • Hombres: en salud mental, la brecha alcanzó los 5,8 años menos, el número más alto de todo el estudio.
  • El investigador principal, Lu Qi, destacó que los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental.

El dato más llamativo es ese 5,8. Son casi seis años de vida saludable que un hombre que se siente solo y, además, está aislado podría perder respecto de alguien que mantiene vínculos que lo contienen. Y aparece en un terreno, el de la salud mental, donde las mediciones suelen ser más escurridizas que las de presión o colesterol, pero donde la huella de la soledad se vuelve especialmente visible. En la conversación del café, Graciela lo traduce a su manera: "Yo a mi marido lo extraño todos los días, pero si él estuviera y yo no pudiera hablarle de lo que me pasa, sería peor".

Los hábitos alcanzan para una parte, pero no para la otra

El estudio puso a prueba algo que se repite en cualquier consulta médica: si comer mejor, moverse, dormir bien y no fumar compensan los efectos de la falta de vínculos. La respuesta fue matizada. Esos hábitos amortiguaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social, es decir, al contacto escaso con los demás. Pero no lograron reducir de manera significativa los riesgos vinculados con sentirse solo, con esa sensación de que las relaciones que uno tiene no le alcanzan. En la práctica, los investigadores sugieren que las intervenciones para la soledad tienen que ir más allá del consejo de "comer mejor y caminar treinta minutos por día".

Antes de irme del café, le pregunto a Graciela qué hace cuando la invade esa sensación. "Llamo a mi hermana, aunque sea para discutir por los nietos", responde, y se ríe. Después, mientras cruzo la calle Soler ya con el sol instalado, pienso que la investigación inglesa no descubrió nada que los vecinos no supieran de alguna manera: que los vínculos no se reemplazan con ensalada ni con cinta de correr, y que la diferencia entre estar solo y sentirse solo se mide, también, en años de vida. Esa es la cifra que, según el equipo de Tulane, conviene empezar a tomar en serio.

GB
Graciela BerardiSociedad y vida

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